La caída del muro español

La fecha del 9 de noviembre de 2014 quedará para siempre en Cataluña como símbolo de la libertad de expresión. Será recordada como el día en que el pueblo catalán, reafirmándose en sus principios democráticos, se sublevó pacíficamente contra un Estado absolutista, que no sólo le niega el derecho a la libertad, sino incluso la condición de pueblo, y trazar una línea más allá de la que ya nada será como antes. Es cierto que hemos tardado mucho en llegar hasta aquí, mucho más de lo que algunos queríamos, pero todo proceso de liberación de un pueblo es un proceso colectivo, y, para que esto ocurra, es necesario primero una tarea titánica, como es la conjunción de millones de procesos individuales. Y menos mal si sólo fuera eso, porque estos procesos, en el caso catalán, han tenido que decodificar las claves de una colonización mental de trescientos años. Es decir, los catalanes no sólo hemos tenido que despertar nuestra conciencia colectiva, también hemos tenido que luchar contra un poder que nos la aturdía y nos decía que no teníamos ni pasado ni futuro porque no éramos nadie.

El 9 de noviembre ha transmitido un mensaje muy nítido a España. Le ha dicho que las amenazas y los augurios apocalípticos contra Cataluña sólo provocan en nosotros la misma sonrisa que provoca el perrito pequeño que ladra ruidosamente para disfrazar su inseguridad. Prohibir que la gente vote, prohibir que la gente se exprese por medio de una papeleta en una urna, es un signo diáfano de inseguridad y de pánico. Pánico de afrontar la realidad, pánico de admitir el fracaso espectacular de la tiranía. Por eso, cuanto más quieren intimidarnos, cuanto más furibundos son los insultos que recibimos, como más delirantes y rabiosas son las descalificaciones que nos dirigen, más manifiestan su impotencia y la desesperación que les causa saber que han perdido.

Fijémonos en cuál ha sido la evolución de la reacción española ante el proceso catalán durante estos últimos años. Comenzó con desprecio y maniobras de ridiculización; a continuación, al ver que el proceso no se detenía, recurrió al miedo y a los malos augurios; después, pasmados ante nuestra firmeza, empleó la amenaza y las medidas intimidatorias; y ahora, desconcertada, enfurecida y excitada de despecho, intenta bloquear nuestra vida política. Cegada como está por su absolutismo, ni se da cuenta del descrédito internacional que este comportamiento le genera. Un descrédito que ahora mismo, más allá de los dos mil casos de corrupción que arrastra, se ve incrementado por la demanda de la justicia argentina de detener a dos ex-dirigentes fascistas, Rodolfo Martín Villa y José Utrera Molina, por su responsabilidad en crímenes contra la humanidad . España no sólo se niega a investigar estos crímenes, sino que protege a sus responsables para que queden impunes.

Mientras tanto, Cataluña mantiene la cabeza fría, no cae en la trampa de las provocaciones y se mantiene firme en su camino hacia la libertad. El muro, ya lo vemos, está a punto de caer por la fuerza de la gente. El muro del absolutismo, de la arrogancia y del desprecio está a punto de ser abatido con mucha más facilidad de lo que millones de catalanes pensaban. En 2006, cuando escribí el libro “La palabra contra el muro” / “Hitza hormaren kontra” (*), para explicar cómo y por qué razones la palabra catalana se estrellaba indefectiblemente contra el muro español, el independentismo aún era minoría. Hoy, en cambio, nuestro país ha dado un vuelco maravilloso y ha comprendido que la libertad sólo está al alcance del rehén que desobedece las leyes del secuestrador. Estamos muy cerca de ser libres, y cuando esto ocurra entenderemos que éramos débiles porque no sabíamos que éramos fuertes.

(*) http://www.nabarralde.info/denda/es/libros/hitza-hormaren-kontra-independentzia-ez-da-pribilegioa-detail

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