La asfixia política va en tren

Tenía previsto hablar de la notable oferta de recuerdos ‘egarenses’ (de Terrassa) y de su calidad, pero a la hora de escribir este artículo, creo que el “recuerdo” que tenemos en mente es el viejo mal estado de las líneas ferroviarias, y no mucho mejor el mantenimiento de las carreteras.

Dejando aparte el grave y lamentable accidente de los trenes de alta velocidad en Adamuz, e incluso más allá de la mala suerte de la coincidencia del caso de Cercanías en Gelida, el problema de fondo de nuestros trenes es el del abandono endémico de este servicio, si se puede llamar “servicio”. Y como Terrassa está en medio de esta fatídica red de Cercanías, la R4, el derrumbe del sistema ferroviario nos coge de lleno.

El desastre es enorme y tiene causas diversas y consecuencias difíciles de medir. Pero es obvio que nuestra red de ferrocarriles en manos del Estado no está a la altura del país que somos, o al menos de lo que pensábamos que éramos o que podríamos haber sido. No voy a entrar ahora en la cuestión de las cifras de inversión que desde hace años han estado favoreciendo regiones como Madrid -más inversión de la planificada- en detrimento de las catalanas, siempre muy por debajo de lo presupuestado. Lo que me interesa es destacar que la constancia de este abandono no es casual -éste sí que no es un desgraciado “accidente”-, sino que forma parte de una estrategia calculada para depauperar a nuestro país e ir concentrando ventajas diferenciales en la capital española. Cataluña había sido la locomotora -no sólo económica- de España, pero el proyecto político español no podía soportarlo, ni ideológica, ni políticamente. Y nos ha puesto en el vagón de cola.

Se trata, pues, no sólo de la cuestión de dinero invertido, como a veces parece que incluso el gobierno de Salvador Illa quiere hacernos creer, como si con más inversiones se tuviera que acabar el problema. No: la cuestión de fondo es de proyecto de Estado que es algo mucho más profundo que el de las voluntades y decisiones de los gobiernos de cada momento. Más allá de si gobiernan PP, PSOE o quien sea, existe toda una estructura de poder en la segunda y tercera línea de mando del Estado -parientes de los magistrados, de los registradores de la propiedad y tantos otros que pueblan Madrid-, que son quienes realmente diseñan un país radial, con un centro fuerte y periferias dependientes, como ya hace años describió a la perfección el profesor Germà Bel en “España, capital París” (2010). Da igual si Renfe es una empresa participada por la Generalitat de Cataluña -en minoría-, como si se presupuesta una nueva lluvia de millones en inversiones, que quien tiene el modelo de Estado bien sujeto sabrá hacer naufragar cualquier intento de disimular -como el del supuesto nuevo modelo de financiación- la voluntad de perjudicar social, cultural, económica y políticamente a Cataluña. Quienes no lo ven, o no quieren verlo, o no pueden permitirse verlo, acaban tapando el proyecto colonizador cuando aplauden medidas que sólo tienen por objetivo ocultar el gran objetivo final.

En cuanto a las consecuencias, en primer lugar, cabe hablar del malestar individual que se crea al usuario, que en lugar de un servicio público se encuentra con una administración que acostumbra a tener la espalda doblada con resignación y una indignación exhausta. Pero, y, en segundo lugar, desde un punto de vista de país lo necesario es prestar atención al coste económico al que nos aboca la dejadez del servicio ferroviario. Estamos hablando de millones de horas personales y de trabajo perdidas, y de un descenso de la productividad y competitividad de las empresas, aparte de otros costes por la desincentivación de inversiones futuras.

Nos hacen poner la mirada en un debate por la reducción de la jornada laboral que, bien calculado, seguro que tendría un menor impacto sobre personas y empresas que todo lo que se ganaría con unos trenes rápidos y puntuales.

Sólo la fatalidad política, que acepta con resignación el castigo a nuestros ciudadanos y a nuestra economía, hace que parezca ahora mismo que el principal problema es la seguridad. No: el problema es, por decirlo como Ramon Trias Fargas, “la narración de una asfixia premeditada”.

DIARI DE TERRASSA