Jimeno Jurío, Medalla de Oro de Navarra

ENTREGA DE LA MEDALLA DE ORO EL DÍA DE NAVARRA

El historiador navarro recibirá a título póstumo el Día de Navarra la Medalla de Oro.

Su intelectual atípico e indiscutible, del que destaca su prolífica producción científica y sus trabajos históricos, etnográficos y toponímicos, además de su labor en el campo de la lengua y el folclore, fue la causa de que, a lo largo de su carrera, recibiera numerosos reconocimientos populares, culturales y académicos. Ahora, por su defensa, promoción y fomento de los valores característicos de Navarra, trece años después de su muerte, José María Jurío (Artajona 1927-Pamplona 2002) recibe a título póstumo la Medalla de Oro de Navarra, un reconocimiento instituido por el Gobierno de Navarra y que constituye una de las condecoraciones más importantes que se otorgan en la Comunidad Foral. El galardón será entregado a los familiares del historiador este próximo miércoles, 3 de diciembre, en el marco de los actos por el Día de Navarra.

En una sociedad artajonesa donde imperaba el integrismo y el inmovilismo de los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, nació el 13 de mayo de 1927 el hijo mayor de Zacarías Jimeno y Cornelia Jurío, José María. Transcurrió su niñez, al igual que sus hermanos Jesús, María Soledad y Tomás, en un ambiente en el que la economía era fundamentalmente agropecuaria y asomaban tímidamente nuevas técnicas agrícolas en los sistemas tradicionales.

Recién estallada la Guerra Civil, ingresó en el colegio que los Misioneros de los Sagrados Corazones acababa de crear en Artajona, y continuó sus estudios en el colegio de Lluch, en Mallorca. A su regreso a Artajona, comenzó los estudios de Magisterio, en unos años de nacional-catolicismo, de auge de la Acción Católica y de congresos eucarísticos-marianos. En 1946 terminó la carrera y pronto comenzó a desempeñar su profesión en las escuelas de Noáin y Lerga.

En los años 50, se estaba gestando en la trayectoria vital de Jimeno Jurío un cambio radical, propiciado por el entusiasmo religioso del momento, la exaltación de ciertos valores, la influencia directa de algunos sacerdotes y la coyuntura socio-política.

Poco después de obtener la licencia militar, fue aceptado en el seminario de Pamplona, donde a la sazón estudiaban 593 seminaristas. De espíritu dinámico, el mismo año en que fue ordenado diácono ponía en marcha en su pueblo la Asociación de la Aurora, a través de la cual seleccionó letrillas y escribió otras nuevas para jornadas que carecían de ellas.

 

De pueblo en pueblo

De las misas a una mayor conciencia social

Cantó su primera misa como sacerdote en la boda de su hermano en Artajona, tres días después de haber sido ordenado para tal oficio. Pronto se movió por diferentes localidades navarras, lo que le hizo estar en contacto con gentes de distintas comarcas, iniciando y desarrollando labores de investigación en archivos y estudiando la historia del pueblo vasco.

Después de pasar por diferentes destinos, fue en Estella donde entró en contacto con un personaje clave en el futuro proceso dinamizador jacobeo, Francisco Beruete Calleja, fundador de los Amigos del Camino de Santiago y de su revista Ruta Jacobea. Dispuesto a conocer la situación de las poblaciones enclavadas en la ruta, Beruete remitió una encuesta que sería recogida por Jimeno Jurío, Antonio Roa y Jaime Eguaras, quienes iniciaron su peregrinación en Roncesvalles y terminaron en Compostela. La experiencia fue impulsora del fenómeno cultural jacobeo experimentado en décadas posteriores.

Durante la década de los sesenta, el régimen franquista se abría al exterior y con los planes de desarrollo llegó la Iglesia, que celebró el concilio Vaticano II. A su clausura acudió un entusiasta párroco rural a bordo de su Citroën Dos Caballos. Por esos años, fueron objeto de su investigación y estudio la romanización y su villa natal, a la que dedicó publicaciones de gran calidad como La enseñanza y la beneficencia en Artajona.

A partir de 1963, asignado a las parroquias de Asiáin y Arteta, intensificó su producción científica. El sentimiento vasquista de un sector de la población navarra cobraba cada vez más fuerza, llegándose incluso a celebrar el Aberri Eguna en Pamplona. Además, surgieron las primeras ikastolas y continuaba el activismo de una ETA popular. En este contexto, José María vivía cada vez más concienciado por lo social. Eran tiempos de renacimiento de la cultura vasca, un renacer que tuvo una de sus plasmaciones más emocionadas en la película Ama Lur (1968). Años después, el propio Jimeno colaboró en el libro homenaje a esta cinta.

Entre los exiliados que regresaban al país estaba José Miguel de Barandiarán, que proseguía con su empeño por desentrañar el pasado de Euskal Herria y por recuperar la memoria etnográfica. En Pamplona se crearon los Grupos Etniker, de los que Jimeno Jurío formó parte. En este ambiente el surgió en el autor un amor hacia el euskera y comenzó a recoger los testimonios perdidos de la lingua navarrorum, empezando por la toponimia vasca de Artajona.

 

Cambio personal y profesional

De sacerdote a historiador y etnógrafo

La transición particular de José María Jimeno Jurío culminó en 1970. La profundidad del drama personal vivido entonces se palpa en unas palabras que él mismo escribió: “Yo era un vacío vestido de nada”. Pronto rechazó su vida y conoció a Elena Aranguren, joven asistente social con la que contrajo matrimonio en 1972. Juntos recorrieron multitud de pueblos de Navarra recogiendo testimonios etnográficos, base de futuros estudios. Al año siguiente, vino al mundo su único hijo, Roldán.

Su actividad científica continuó y cada vez se interesaba más por los temas políticos. Cabe subrayar su relación con Miguel Javier Urmeneta durante el primer lustro de los setenta. Entre las consecuencias de aquella relación destacan dos encargos de Urmeneta: las colaboraciones en los calendarios anuales de la Caja Municipal y la Hoja del Sábado, compendio de historias menudas y descripciones de costumbres pintorescas. El hito más importante de la relación fue el libro Historias de Pamplona. Síntesis de una evolución (1974), que descubrió la realidad teocrática ciudadana, rompió tabúes y mostró un rostro histórico de la ciudad más objetivo.

Con la muerte de Franco, el vasquismo cobraba un nuevo auge y miraba al futuro con esperanza, a la vez que Jimeno Jurío enfilaba los nuevos tiempos con renovadas ansias de saber. Durante la Transición, influido por la realidad política circundante, decidió dedicarse a la historia más reciente para indagar en los rasgos más profundos de la identidad de Navarra.

Vehículo canalizador de la nueva corriente temática en la que se embarcó el escritor artajonés fue la revista Punto y Hora de Euskal Herria, donde los temas giraban fundamentalmente en torno al Estatuto Vasco-Navarro y a la pérdida de vidas humanas ocasionada por la represión durante la Guerra Civil. Llamadas y amenazas anónimas le hicieron desistir del empeño. Parte de los materiales recogidos sirvieron de base para la obra Navarra 1936. De la esperanza al terror (1986).

En el mismo contexto se inscribe Amayur, símbolo de Navarra, canto y homenaje a los hombres que lucharon por la independencia de Navarra contra Castilla. Jimeno Jurío pretendía con este libro recuperar para la conciencia de un pueblo la memoria histórica, consciente de que “un pueblo sin memoria histórica, sin información, sin conocer sus propios valores, su identidad, es campo muy apto para una colonización”.

 

Compromiso con el euskera

Investigación, toponimia e historia

Su compromiso con la investigación sobre la lengua nacional del reino navarro alternaba con su participación en actos populares en favor de la misma, como las dos primeras ediciones de la Korrika. Los Nafarroa Oinez, campañas de euskaldunización de adultos y matriculación infantil en euskera y un largo etcétera de proyectos contaron con el incondicional apoyo del artajonés.

A partir de 1983 se dedicó a la investigación, sobre todo la toponimia. Durante un tiempo se afanó en recuperar la lengua ágrafa, el euskera, un pasado mudo apenas vislumbrado en fondos archivísticos. En noviembre de 1983 accedió a la vicepresidencia de Eusko Ikaskuntza. Asimismo, tuvo la preocupación de potenciar las secciones de trabajo y las tareas de investigación, para lo cual propugnó para Navarra la unión de las instituciones y entidades interesadas por la cultura.

Dedicó gran parte de su tiempo a la toponimia de diversos lugares, un material histórico que sirvió de base para la confección del Nafarroako Herri Izendegia. Nomenclator euskérico de población de Navarra (1990), una guía para la normalización de los nombres de las poblaciones navarras, por la que se rige en la actualidad el Gobierno foral.

Digno colofón de su labor en este campo fue el macro-proyecto, pionero a nivel internacional, Nafarroa, toponimia eta mapagintza. Navarra, toponimia y cartografía. Bajo la dirección de Jimeno Jurío, un equipo de filólogos e historiadores han dado fin a la recogida de materiales, plasmados en dicha colección, que lleva publicados 45 volúmenes y que constará finalmente de unos 60.

Durante los últimos años dedicó un gran esfuerzo a la investigación de la historia del euskera. Buscó divulgar la verdad histórica en un clarificador artículo, La voz euskera, ¿invento moderno? (1996). La mayoría de sus artículos estaban dedicados a observar el fenómeno lingüístico y el progresivo retroceso de la lengua de los naturales en poblaciones y comarcas de la Navarra Media. Su última gran aportación en este campo fue una obra clásica desde su misma gestación: Navarra. Historia del Euskera (1997).

Pero su labor no se limitó únicamente a la historia del euskera, la toponimia o la etnología. Siguió abordando diferentes temas y épocas históricas, así como realidades sociales, políticas, económicas y lingüísticas. Su última aportación fue el libro Estella y sus calles (1997), un recorrido por la historia del callejero ciudadano.

Además, la Academia de la Lengua Vasca le nombró académico de honor en 1991 en reconocimiento a las aportaciones realizadas al euskera con sus trabajos toponomásticos. En 1997, la fundación Sabino Arana le concedió el premio Trayectoria de toda una vida, y en 1998 recibió el Premio Manuel Lekuona, de la Sociedad de Estudios Vascos.

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