Jean Améry, la ilustración insatisfecha

“En Auschwitz no nos hemos hecho más sabios, nada se nos transformó en una guía práctica. Tampoco en el campo hemos llegado a ser más “profundos”. Salta a la vista, creo, que en Auschwitz ni siquiera nos hemos hecho mejores, más humanos, más filantrópicos, ni más maduros moralmente. No se puede ser testigo de los crímenes del hombre deshumanizado sin cuestionar todas las nociones sobre la dignidad innata del ser humano. Del campo salimos desnudos, expoliados, vacíos, desorientados y tuvo que pasar mucho tiempo antes que reaprendiésemos el lenguaje cotidiano de la libertad. Por cierto, todavía hoy lo hacemos con malestar y sin verdadera confianza en su validez”.

 

EL 31 de octubre de 1912 nació en Viena, de padre judío y madre católica, Hans Mayer, quien luego devendría, (decisión forzada por las circunstancias), en Jean Améry. Una vida sin alegría, solo el tiempo de la infancia y de la juventud -según sus palabras- escapaba a la seriedad que había revestido su vida. Era una persona de una sensibilidad extrema y desde joven fue conducido a tomarse la vida muy en serio. Por de pronto, él, que nunca se había preocupado por su judeidad, la descubrió en 1935 al leer en la prensa, en la peluquería, un artículo sobre las leyes raciales de Nuremberg, comprendió que podrían aplicárselas a él, pues el estado nazi era el representante legítimo del pueblo alemán y era el que decidía acerca del carácter ario o no de los germanos. Decía Hannah Arendt que respondía como judía cuando era atacada como tal, lo mismo podría aplicársele a Primo Levi, o a nuestro hombre… “judíos por obligación”.

 

Había cursado estudios de filosofía y letras, sin culminarlos, y trabajado en una librería/editorial; mientras frecuentaba los cursos de los componentes del círculo de Viena, deviniendo un abanderado de las posturas positivistas, además de un sesudo crítico literario; pues bien, Mayer hubo de tomar las de Villadiego dejando su ciudad natal con motivo de la Anschluss (anexión de su país a Alemania) para desplazarse a Bélgica, en 1938, que es donde cambió de nombre: Jean Améry (jugando con las letras de su nombre original y afrancesándolo) a la vez que entraba en crisis con respecto a su idioma vehicular a la hora de escribir. Este también fue el momento en que se implicó con las redes de la Resistencia belga, siendo arrestado cuando repartía propaganda entre las tropas invasoras, por la Gestapo y deportado al campo bearnés de Gurs, de donde logró escapar.

 

Volvió a tomar contacto con la Resistencia belga y fue detenido otra vez por los alemanes que, tras torturarlo brutalmente en la fortaleza de Breendonk, le llevaron al campo de Auschwitz, en donde pasó un año en el campo de Auschwitz III- Monowitz trabajando en la fábrica de IG-Farben (la misma en la que había ejercido de químico Primo Levi), siendo evacuado posteriormente a Buchenwald y finalmente al siniestro lager de Bergen-Belsen, hasta la liberación en enero de 1945 por el Ejército Rojo.

 

Así como otros testimoniaron en caliente, él tardó más de veinte años para entregar sus “tentativas de superación de una víctima de la violencia” en su libro Más allá de la culpa y la expiación. En este híbrido de literatura y ensayo, aborda el papel de los intelectuales en los campos, llegando a la conclusión de que éstos estaban peor preparados que el común de los detenidos para poder soportar las penalidades del siniestro lugar: por una parte, ya que les faltaba fuerza y habilidad para desenvolverse en los trabajos manuales y prácticos, a lo que había de sumarse, por otra parte, el tipo de educación recibida, que no les preparaba para vivir entre tramposos y seres violentos… Añadía más inri a las dificultades de adaptación la finura a la hora de plantearse las situaciones y cavilar sobre ellas, haciendo que uno se sintiera más raspado por las situaciones vividas que quienes no estaban acostumbrados a analizar los hechos que les sucedían o les rodeaban. La obra deja asomar una visión de los intelectuales unida a las humanidades, literatura, filosofía, etc.; igualmente rezuma en sus reflexiones, un dolor enorme -él que era de cultura germánica- ante la usurpación de todos los grandes maestros de las letras y las artes por parte de los verdugos.

 

Améry nunca negó la herida que había sufrido al ser torturado, herida profunda que le hacía sentir “que ya no podía ver el mundo como su hogar”. Dolor que venía a sumarse al sufrido anteriormente al sentirse un extraño con respecto a cualquier tipo de comunidad (la vienesa, la judía…), impasible ante la amenaza creciente de ruptura de la civilización que traducía una “pérdida de confianza en el mundo”, lo que le llevaba a considerar que los pilares ilustrados y liberales de la civilización occidental no estaban demasiado arraigados en la sociedad como para poderse sentir vacunados contra la reaparición de la barbarie. Hasta podría decirse que su implicación en la resistencia fue un intento por recuperar la identidad de una comunidad ausente o perdida.

 

Con el fin de luchar contra esta situación de falta de defensas, Améry no se cansó de proponer la obligación de que libros sobre Auschwitz pasasen a formar parte de las lecturas obligatorias en los centros de enseñanza superior como necesaria formación para los tiempos posteriores a la Shoah.

 

Su palabra devino la propia de una víctima que no pide compasión sino justicia y si ésta no llega, sólo el resentimiento sería el arma que le quedaría ante la pasividad de una sociedad enferma y olvidadiza. Si para el autor de La genealogía de la moral el resentimiento era la base de la moral judeo-cristiana, para Améry -cuyo el propio título de su obra esencial supone un guiño inversor del ‘más allá del bien y del mal’- el resentimiento era la única manera de mantener presente aquel pasado, en lucha permanente contra el olvido y frente a la minimización de los hechos, forjado de ignominia, que no debía ser considerado como un mero accidente sino como una señal de una grave ruptura histórica.

 

Tras la salida del lager, volvió a Bélgica, en donde comenzó a escribir como ensayista y crítico literario hasta el final de sus días. Indudablemente, la experiencia del nacionalsocialismo le dejó una honda huella suponiendo un giro radical en sus preocupaciones a la hora de escribir.

 

La reflexión sobre lo padecido, sobre su propio existir -la huella del existencialismo sartreano se deja notar- va a pasar a constituir el eje de su quehacer que no sirve sólo a modo de terapia o aclaración consigo mismo sino que adquiere un nivel más generalizable o universalizable a la hora de enfocar aquellos años oscuros, enfocados por una mirada que vivió todo aquello en primera persona, y con una lucidez extraordinaria y apasionada. Desde sus dolorosas reflexiones sobre la tortura como proceso de despersonalización, el rapto de lo germano por los bárbaros pardos, y la deshumanización programada en el campo de exterminio, y el padecimiento del exilio, son expuestos en la obra ya citada, sus cavilaciones no van a cesar, así sobre el paso del tiempo en Revuelta y resignación. Acerca del envejecer, o sobre el suicidio, Levantar la mano sobre sí mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria; pues si Améry nombrase a Primo Levi como ‘el que perdona’-siendo puntualizado por éste en un magnífico texto, El intelectual en Auschwitz recogido en Los hundidos y los salvados- la verdad es que desde luego él no perdonaba a quienes habían dirigido aquella masacre brutal (“A diferencia de Levi no soy un perdonador y no tengo ninguna comprensión con respecto a los señores que formaban parte del “personal dirigente” de Auschwitz”), pero es que no se perdonaba ni a sí mismo como puede verse en su texto autobiográfico Años de andanzas poco magistrales en donde recuerda las veleidades campestres prefascistas de su juventud.

 

La obra de Améry se convierte así en el análisis genealógico de la constitución de su yo a través de las circunstancias que fueron acumulándose en su vida, experiencias difíciles de asumir y soportar por un solo sujeto y por una única vida; podría hablarse de un exceso de realidad y su escritura da cuenta de todo ello entreverándose con una naturalidad increíble lo autobiográfico con lo ensayístico y lo literario, y hasta lo novelístico. Ahí está su soberbia novela-ensayo Lefeu o la Demolición. Y en toda su escritura la lucidez deslumbrante asoma con fuerza pues la rumia del pensador no es de superficie sino que está trazada desde las mismas vísceras de la ignominia vivida. Améry en el epicentro del huracán siempre mantuvo la cabeza muy alta, sin caer en la desesperanza ni el desánimo, aun sin disimular para nada su angustia, y plasmándola con palabras “desnudas y rugosas”, siendo consciente de que la Ilustración, con sus bellos principios, había sido negada por los hechos, resultando una necedad enorgullecerse de la Europa como cuna y culminación de tales principios luminosos: el desastre vivido y la decadencia posterior estaba en las antípodas de las promesas de los philosophes des Lumières, pero en vez de renunciar, Améry no cesa en su afán combativo por abrir paso a una ilustración impulsada por los sentimientos y por la pasión, y no solo por la autosuficiente razón, una ilustración apasionada que luchara por hacerse hueco frente al conformismo complaciente de los ganadores, que se arrogaban el monopolio de la verdad.

 

Un grito a favor de la memoria y contra el olvido de “uno estuvo allí, en un estado de relativa lucidez intelectual, como testigo y actor, durante aproximadamente cuatro décadas”, y excavando como avezado arqueólogo de su propia existencia, nos entrega una obra que es una vida entera.

 

Compromiso airado que quedó truncado por el persistente dolor del “naufragio”: viajó a Salzsburgo, alquiló una habitación de hotel -Hotel Österreichischer/Corte Austriaca- y allá ingirió una fuerte dosis de somníferos. La decisión de “levantar la mano contra sí mismo” fue puesta en práctica el 17 de octubre de 1978, confirmando con tal acto la calificación que de él había hecho Primo Levi, “el filósofo suicida”.

 

 

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