Italia, tras las cortinas

Hay tres cónclaves este mes de marzo en Roma. El primero, el más importante, se resolvió el miércoles por la tarde con la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa de la Iglesia católica. El segundo cónclave comenzó ayer en la colina de Montecitorio con la sesión constitutiva de la Cámara de los Diputados, primer paso para la formación del nuevo Gobierno después de las elecciones legislativas de los pasados días 25 y 26 de febrero. La primera fumata de Montecitorio fue ayer más negra que el carbón. Más negra que la del Vaticano. “Tan negra como si ardiese la mismísima cola del Diablo”, como diría un eclesiástico con unos cuantos años de antigüedad en la sede romana. El tercer cónclave comenzará a mediados del mes de abril, cuando se reúna el colegio (Cámara, más Senado, más representantes regionales) que deberá elegir al presidente de la República, para un mandato de siete años. El primer cónclave ya está resuelto. Con sorpresa. El segundo y el tercero forman una unidad dialéctica y dan forma al más enrevesado momento de la política italiana, ante el estupor europeo.

 

El Papa saluda al cardenal Angelo Sodano en su encuentro con los cardenales electores y numerosos octogenarios en la sala ClementinaLa elección del Papa de Roma es un episodio muy relevante en la vida social italiana. Es así desde hace casi dos mil años. La Iglesia católica es en muchos aspectos heredera del antiguo imperio romano y ha sido decisiva en la configuración psicológica, cultural y moral del país delimitado por los Alpes y las estribaciones del volcán Etna. Antes del Estado burgués unificador, antes de Garibaldi y Cavour, antes de la Fiat, antes del Martini Rosso, antes de la Rai, antes del Partido Comunista, antes de Giulio Andreotti, antes del festival de San Remo, antes de Marcello Mastroianni y Sofia Loren, antes del made in Italy, antes de Armani y Dolce & Gabbana, la Iglesia amasó Italia como magma prenacional.

 

La relación sociedad-Estado en España e Italia discurren por vías en dirección contraria. Relevantes historiadores coinciden en señalar que España fue construida por el imperio de los Habsburgo. Primero, la superestructura; primero el Estado, después la idea y el sentimiento de nación, aún hoy, contradictoria y a la defensiva. En Italia ocurre al revés: el hundimiento del imperio dio lugar a una gran fragmentación de los dominios territoriales, a un ir y venir de fuerzas dominantes, así en el norte como en el sur; a un extraordinario mosaico político que se unificó tardíamente en 1861, contra la voluntad del Papa de Roma. Pío IX, confinado en la ciudadela vaticana, prohibió a los católicos italianos que participasen en las instituciones del nuevo Estado. Esa prohibición fue relativa –como tantas cosas en Italia– y, al cabo de un tiempo, los católicos se dotaron de una formación política propia, el Partido Popular Italiano, que después de la Segunda Guerra Mundial se transformaría en la célebre y hegemónica Democracia Cristiana. La comparación con España vuelve a ser interesante. El catolicismo español, siempre muy pendiente de la protección del Estado, nunca llegó a constituirse en fuerza política autónoma. Juan Herrera Oria lo intentó en los años treinta, pero no le salió bien. En 1977, los obispos, encabezados por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, se negó a dar su apoyo a la federación democristiana que encabezaba Joaquín Ruiz-Giménez. Tarancón no quiso que la Iglesia tomase partido durante la transición y, años después, el papa Juan Pablo II se lo reprochó severamente. Los dos únicos partidos democristianos están radicados en Euskadi y Catalunya. El Partido Nacionalista Vasco y Unió Democràtica.

 

Italia vibra con la elección del Papa y reacciona con astucia ante la imparable internacionalización del Vaticano. Con la excepción del periodo de Aviñón y la singular irrupción de la familia Borja (Borgia) en el siglo XV –“Oh, Dio, il Vaticano in mano dei catalani”, decían en Roma ante la astucia de Alejandro VI y su hijo César–, los papas casi siempre fueron italianos hasta el año 1978. En realidad, la internacionalización de la Santa Sede fue obra de Pablo VI. Giovanni Battista Montini realizó los primeros viajes por el mundo seguido por las cámaras de televisión y efectuó una estudiada selección de cardenales extranjeros. La internacionalización del colegio de cardenales es obra del papa Montini. Uno de esos prelados extranjeros, el polaco Karol Wojtyla, fue elegido papa el citado año de 1978. Desde entonces, el jefe de la Iglesia católica ha dejado de ser italiano. Esta semana, el cónclave ha dado un paso más: el Papa es ahora americano. Viene de “la fine del mondo”, como dijo el propio Jorge Mario Bergoglio al salir al balcón de la plaza de San Pedro. Hace treinta y cinco años que el Papa ha dejado de ser italiano y ahora cabe la posibilidad que también deje de serlo el secretario de Estado, el primer ministro del Vaticano. Es muy significativa la anécdota protagonizada la noche del miércoles por la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) al enviar a los medios de comunicación un telegrama de felicitación al nuevo Papa que tenía como destinatario el cardenal de Milán, Angelo Scola. Alguien se distrajo y se olvidó de cambiar el nombre.

 

Los italianos, sin embargo, son gente con buenos reflejos y ya ha comenzado la italianización del Papa Bergoglio. Todos los periódicos recuerdan estos días sus orígenes piamonteses. Su padre, Mario Bergoglio, nació en el pueblecito de Portacamaro Stazione, en la provincia de Asti y emigró a Argentina en 1929. El nuevo Papa, subrayan los diarios, es “ítalo-argentino”. Y, desde hace unos días, las banderas de Argentina son bien visibles en todos los puestos de souvenirs del centro de Roma.

 

Soplan, sin embargo, vientos de cambio. Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger nunca tuvieron mucho interés por la política italiana. Wojtyla más bien la detestaba y no lograba entender el acercamiento de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista en los años setenta, pero ambos dejaron que sus secretarios de Estado se ocupasen del tablero itálico, muy complicado a partir de 1994, cuando el sistema de partidos sufrió una gran mutación a consecuencia del proceso Mani Pulite y de la irrupción electoral de Silvio Berlusconi y la Liga Norte. Angelo Sodano, secretario de Estado de Juan Pablo II, y Camilo Ruini, presidente del episcopado italiano, movieron muchos hilos políticos en favor de Berlusconi. El tándem Tarcisio Bertone (secretario de Estado de Benedicto XVI) y Angelo Bagnasco, actual presidente del episcopado, ha sido más problemático. Bertone tendía a una relación muy pragmática con Berlusconi, a pesar de los escándalos. Bagnasco se distanció del millonario de Milán, dando un especial apoyo al Gobierno de Mario Monti. La decisión de Monti de participar en la campaña electoral contó con el apoyo de la Santa Sede. Los resultados electorales de la coalición centrista (10%) invitan a un cierto escepticismo sobre la movilización del voto católico.

 

Es pronto para saber qué cambios introducirá el papa Francisco en este ámbito, pero cuesta imaginar al jesuita Bergoglio condescendiente con el harén de Berlusconi en la isla de Cerdeña. No es un asunto menor. El vínculo Vaticano-política italiana es aspecto muy importante de la relación de fuerzas en el sur de Europa. El nuevo Papa se llama Francisco, los grillini –cautos ante la Iglesia– tienen 165 diputados, Berlusconi teme una pronta orden de detención y la fumata de Montecitorio fue ayer más negra que el carbón.

 

http://www.lavanguardia.com/