¿Qué haremos de la lengua al ser independientes?

En el número anterior de Lletres, en una brillantísima entrevista de Diana Coromines, el señor Ferran Mascarell, consejero de Cultura -que siempre dice cosas interesantes-, hacía unas declaraciones sobre el estatus de la lengua catalana en una Cataluña independiente que piden reflexión. Más que nada porque ya hace muchos años que se utiliza el estado de postración de la lengua durante el franquismo para decir que las cosas han cambiado mucho. ¡Sólo faltaría! Nadie puede negar que hay una diferencia notable entre dormir bajo un puente o hacerlo en un albergue de beneficencia, pero eso no quita marginalidad al segundo caso. No se la puede quitar por la sencilla razón de que entre dormir en un albergue de beneficencia o hacerlo en casa propia hay un abismo.

Haría falta, pues, que el consejero respondiera estas preguntas: ¿se puede llamar mejora a que la lengua catalana sea hoy tan invisible en los productos de las farmacias, de las ferreterías, de las perfumerías, de las fontanerías, de las colchonerías, de las tiendas de electrodomésticos… como lo era en el franquismo? ¿Se puede llamar mejora, a que hoy en día haya menos películas dobladas al catalán que hace diez o quince años? ¿Se puede llamar mejora, a que sólo un 8% de los juguetes incorporen el catalán en las instrucciones o en el embalaje, que el catalán retroceda en los juzgados de toda Cataluña y que sólo un 8% de los documentos de los juzgados de Barcelona y Hospitalet estén en catalán?

Tiene razón el señor Mascarell, al decir que “tenemos que demostrarnos a nosotros mismos que queremos ser un Estado”. Completamente de acuerdo. Por eso cuesta entender que queramos tener un Estado para acabar comportándonos como una región de España. Tenemos tan interiorizada la sumisión que la sola idea de otorgar el rango de lengua oficial única al catalán nos hace sentir tiránicos, anormales y lingüicidas. Y, claro, para poder sentirnos modernos, cosmopolitas y universales, propugnamos la cooficialidad del español. Afirma el consejero que él nunca ha dicho que “el castellano será lengua cooficial”. Y resalta: “la palabra cooficialidad no la he hecho servir nunca”. Incluso lo jura. Pero en un artículo publicado en el diario Ara, el 30 de marzo de 2013, dice textualmente que “un Estado propio de los catalanes -un Parlamento con poder pleno normalizaría el rango cooficial del castellano”.

Llama la atención, por otra parte, que el consejero tilde de “radicales” a quienes discrepamos de esta cooficialidad por razones científicas, no políticas. También el consejero nos había tachado de radicales a los que siempre hemos sido independentistas, y ahora ya no lo hace porque, por suerte, él también es, de independentista. ¿Significa esto que nuestra radicalidad fluctúa de acuerdo con la evolución del pensamiento del consejero?

Para argumentar que el español sea cooficial en la Cataluña independiente, el señor Mascarell dice que le “repugna pensar que podamos actuar con el castellano como ellos [España] históricamente han actuado con el catalán”. ¿Quien pretende esto? Yo no lo he oído decir nunca a ningún catalán. Entiendo, pues, que sus palabras son un recurso dialéctico muy poco reflexionado, ya que olvida que los ataques españoles a la lengua catalana no se producen en España, sino en los Países Catalanes. Es en nuestra casa -no en la suya- donde España impone el español y margina el catalán. Cataluña, lógicamente, no irá a España a imponer nada. Pero ningún complejo debe forzar a oficializar en nuestra casa lo que no es oficial en la casa española. Del mismo modo que no tenemos ningún inconveniente en que el español sea lengua oficial única en España, no podemos admitir que ese estatus se extienda a Cataluña en régimen de cooficialidad. Deberíamos ser muy pardillos para aceptar algo así. El consejero lo justifica hablando de “vínculos emocionales y estadísticos”, pero no vale porque en este caso el término “vínculo” es un eufemismo de dependencia emocional de España y las estadísticas son fruto de esta dependencia impuesta. Justamente si para algo debe servir ser un Estado es para dar la vuelta a unas estadísticas que muestran la marginalidad de la lengua catalana en todos los ámbitos en los que no interviene la administración pública, y la cooficialidad del español, incluida la obligatoriedad de estudiarlo, lo hacen imposible.

El discurso de la “integración” también es un despropósito, porque en realidad se trata de autoanulación. Los catalanes nos borramos para que un señor de Toledo se pueda sentir en Cataluña como si viviera al borde del Tajo. Esto se llama cautividad inadvertida. Tenemos tan interiorizada la cautividad que no la notamos. En este sentido, recomiendo la lectura del libro ‘La cautividad inadvertida’ (Galerada, 2013), de Jordi Salas, porque es un trabajo espléndido sobre el montón de cadenas invisibles que arrastramos los catalanes en la inmensa mayoría de cosas que hacemos o que decimos y que nos lleva a confundir el disfrute de unos mínimos básicos con la libertad. Dice Salas: “A base de ir poniéndonos como un pueblo siempre fácil y dialogante en todo momento, según cómo nos podamos sentir al decir según qué, cuando no haría falta si el respeto básico a una personalidad histórica estuviera garantizado. […] Por el contrario, irse abrazando con un pincho sólo lleva a una cosa: que te vayan pinchando con la navaja que él tiene y tú no tienes”.

Sorprende también que el consejero diga que “la normalización del catalán exige sólo dos cosas fundamentales: un Estado que la apoye plenamente y que Europa reconozca el catalán”. Digo que sorprende, porque la cooficialidad del español en una Cataluña independiente convierte al catalán en una lengua ornamental absolutamente prescindible. ¿De qué llave prescindiríamos, si tuviéramos una que abre sólo una puerta y otra que las abre todas? En cuanto a Europa, hay que decir que el gaélico de Irlanda ya tiene el estatus que el consejero considera “fundamental” y no por ello ha dejado de ser ornamental. El inglés se ha comido al gaélico como el español se está comiéndose el catalán. La primera fase se llama catañol y la segunda sustitución.

Tampoco se entiende la resignación con la que el consejero dice que Europa admite que tenemos derecho a doblar las películas al catalán, pero que si lo hacemos “y alguien se considera perjudicado, tendremos que compensarle” (!). Es decir, que es necesario que el catalán siga siendo invisible en el cine para evitar que alguien pueda sentirse perjudicado. Pero, ¿quién compensa a los catalanes que nos vemos inadmisiblemente perjudicados al no poder ver cine en nuestra lengua? ¿Dónde está la equidad? Resulta inquietante que la respuesta de los políticos soberanistas sea que el español tiene derechos y que el catalán tiene obligaciones, que el español tiene el derecho de imponerse al catalán y que el catalán tiene la obligación de respetar esta imposición. Tenemos el síndrome del cautivo: obedecer para no herir y callar para no molestar.

LLETRES, NÚM. 64

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