En un artículo publicado aquí mismo hace nueve meses ( Estrabismo moral, 25 de junio de 2011) subrayé el vergonzoso silencio de cierta izquierda catalana ante la brutal represión con que la dictadura de Bashar al Assad estaba intentando aplastar la primavera democrática siria. Los lectores me disculparán la insistencia pero, seis o siete mil muertos más tarde, y cuando está a punto de cumplirse un año desde el comienzo de la revuelta, constato que el mutismo comprensivo de la inmensa mayoría de nuestros progresistas oficiales ante el baño de sangre persiste. En una ciudad donde, aunque recientemente, un ciclo de conferencias de perfil académico sobre el Estado de Israel fue boicoteado por algunos activistas, en medio de una opinión publicada tan proclive a denunciar genocidios y crímenes de guerra cuando los muertos son palestinos, y los proyectiles, israelíes, no parece que la actuación de los pretorianos de Al Assad a lo largo de doce meses haya desvelado ninguna emoción especial. Nada capaz de llenar de manifestantes ni un rinconcito de la plaza de Cataluña.
El porqué tiene que ver -o así me lo parece- con los alineamientos internacionales de la dictadura siria y con las afinidades y simpatías que provocan. Como es bien sabido, el régimen de Damasco cuenta con la protección de la China aún comunista, de la Rusia putinista y de Irán teocrático (un extraño terceto unido por la fobia a la libertad), además de gozar del apoyo fervoroso de Hugo Chávez: el venezolano ha visitado oficialmente Siria tres veces (2006, 2009 y 2010) y, en cuanto empezó la revuelta, corrió a expresar su simpatía hacia “nuestro hermano Bajar”, porque -escribió en Twitter- “Siria es víctima de una acometida fascista”.
Por si esto fuera poco, el dividido comunismo sirio forma parte de la base política de la dictadura -el llamado Frente Nacional Progresista- y, tras meses de matanzas cotidianas, sigue describiendo la situación como un ataque de “las fuerzas oscurantistas”, “de organizaciones armadas terroristas”, contra “el régimen sirio antiimperialista”, contra “un país que tiene una postura clara frente al imperialismo y el sionismo y de sus planes expansionistas en la región, un país que apoya a los movimientos de resistencia y de liberación”.
En resumen: la brutal tiranía del clan Al-Assad se sustenta sobre un partido, el Baaz, autodescrito como socialista y que hace apenas cinco años recibía fraternalmente y cálidamente, por ejemplo, a una alta delegación del PSC. Además, cuenta con el apoyo crítico de los comunistas locales y, por extensión, la indulgencia antiimperialista de todos los que, en todo el mundo, aún comulgan con esta ideología. Y, encima, cuenta con el apoyo más o menos entusiasta de los gobiernos bolivarianos de América Latina, encabezados por la Venezuela de Chávez y su “socialismo del siglo XXI”.
Claro que, en estas condiciones, el magma de la solidaridad internacionalista existente en nuestro país ha permanecido pasivo o indiferente ante la escalada asesina de Bashar al Assad contra su propio pueblo: casi todas las familias doctrinales, grupos y grupitos que componen aquel magma, se sienten identificadas o vinculadas con alguna de las fuerzas planetarias que todavía sostienen al tirano de Damasco: con los gobiernos ruso y chino, que -por interés propio- hacen frente a la influencia estadounidense en Asia y el Pacífico; con el chavismo y sus satélites latinoamericanos, que libran batalla contra el imperio en ese subcontinente, con los movimientos de liberación árabo-musulmanes situados en primera línea de combate contra el enemigo sionista… ¿Cómo podrían los habituales promotores de manifestaciones sobre Irak o Palestina movilizarse ahora contra Al-Assad, el protegido de Teherán, el protector de Hamás y de Hezbolá? Sería hacer el juego a la reacción imperialista y a la agresión sionista…
Este razonamiento explica que, después de doce meses, de ocho mil muertos, de noventa mil desplazados o refugiados, etcétera, Cataluña no haya conocido ninguna concentración de protesta relevante, ni ningún manifiesto de intelectuales, ni ningún posicionamiento de los partidos de izquierdas, ni apenas una décima parte de los artículos de denuncia que suscitó en veinte y tres días la operación israelí Plomo Fundido contra Gaza. Esta misma lógica explica -y es tan sólo un ejemplo- que, dos semanas antes de desaparecer, aquel que pasaba por ser el diario más progresista y de izquierdas de los quioscos españoles concediera una página entera al embajador sirio en Madrid para que justificara los “actos de autodefensa” de sus tropas. Esto, un periódico que tenía desterrada de sus columnas -lo afirmo con conocimiento de causa- la más mínima opinión comprensiva con Israel.
En alguna ocasión, nuestro autodenominado “movimiento internacionalista” ha utilizado un eslogan que -reconozcámoslo- es bonito: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”. Pues bien, por lo visto, los habitantes sitiados y bombardeados de Homs, de Idlib, de todas las ciudades sirias martirizadas a lo largo del último año, no se merecen ninguna solidaridad ni ternura.








