TENÍA yo 6 años cuando hicimos la primera visita que puedo recordar al cementerio de Pamplona. Seguramente habríamos ido atender la sepultura del abuelo, que había muerto tan solo unos pocos años antes, y paseaba de la mano de mi abuela cuando llegamos a un lugar del camposanto en el que se alineaban, literalmente, cientos de crucecitas idénticas, dispuestas a intervalos regulares como si de un desfile se tratase. “Son los caídos en el frente, durante la Guerra Civil”, me aclaró la amatxi. Verdaderamente, tengo que reconocer que impresionaba aquella fúnebre parada militar, tan ordenada y cuidada, más teniendo en cuenta que muchos de ellos lucían ramos de flores, lamparitas y velas. Corría el año 1968, y habían pasado ya 32 años del inicio de la guerra.
El día 10 de julio de 2011, y con la intención de preparar este artículo, me acerqué de nuevo al camposanto, y me entretuve en buscar el mismo rincón que había visto de pequeño. Además de los 32 años transcurridos hasta mi primera visita de 1968 habían pasado 43 más, hasta sumar la friolera de 75 largos años desde que empezó la contienda civil. Y pude constatar que el tiempo no ha pasado en vano. Cierto es que las crucecitas siguen en pie, razonablemente verticales, pero no había ya lamparitas ni velas, y las pocas flores que pude ver llevaban allí meses, tal vez años, y estaban secas y descoloridas. La vegetación estaba muy crecida, y había lugares por los que casi no se podía ya pasar. A pesar de todo pude contar 8 filas de 53 tumbas, 424 sepulturas en total.
Analizando las placas de las cruces, llamaba la atención, en primer lugar, la cantidad de fallecidos que no habían podido ser identificados. Tal vez los trajeron a Pamplona pensando que eran navarros, y pusieron en cada una de las plaquitas, por toda identificación, la manida frase “caído por Dios y por España”, añadiendo a veces el lugar donde habían muerto, y una fecha. Otro grupo de caídos lo componían los muertos en Pamplona. Como en la vieja Iruñea no hubo frente de guerra, supuse que eran los cuerpos de aquellos heridos que habían sido traídos a casa, pero que habían muerto a causa de las heridas recibidas. Eran muchos, muchísimos, pero tuvieron al menos la suerte de morirse entre los suyos, y en una cama.
En las 8 filas de 53 tumbas se vislumbra además todo un mapa de los más sangrientos escenarios de la guerra civil del 36. Los hay que cayeron en el frente de Teruel, donde sabemos hoy que los soldados de ambos bandos se morían de hambre y de frío, en el frente del río Segre, en las trincheras de Guadalajara y Somosierra, en Caspe y Riaza, en León y Badajoz, en Castellón y Cataluña, en Gipuzkoa y Bizkaia. Decían los panegiristas del Glorioso Alzamiento que, cuando en el frente de Bizkaia los requetés navarros lograron finalmente tomar las posiciones del monte Bizkargi, encontraron, tirados por las trincheras, pasquines en los que se aseguraba que no era cierto que una carga de requetés a la bayoneta fuera invencible. Quién escribió tal cosa debería haber visitado los cementerios de Estella, Sangüesa, Artazu, Etxauri, Mendigorría, Atajona o Los Arcos. Podría también venir a este camposanto pamplonés, a ver las tumbas de Víctor Lizarraga, muerto en el frente vizcaíno como Jesús Rada, Miguel Arriola y tantos otros. ¿Cuántos de estos infelices llevarían en el bolsillo superior izquierdo de su camisa el famoso ‘¡Detente Bala!’, cosido por la madre o la abuela, a instancias del cura del pueblo o de la parroquia?”
No es difícil imaginar aquellos trenes repletos de jóvenes que marchaban al frente sin saber muy bien qué les esperaba. ¿Qué podía saber de la guerra José Albizu, a sus 18 años, o Jesús Munárriz y Jesús Rada a los 19? Al empezar a rodar los vagones, no faltarían los rezos de los más piadosos, como los del seminarista Antonio Blanco, que marchaba camino del frente de León, donde moriría en octubre de ese mismo año. Otros, con la resaca de las fiestas todavía en el cuerpo, entonarían las canciones oídas en los recién terminados Sanfermines. Podría ser el caso de Eduardo Ordoqui, José Urrutia, Ignacio Artáiz, José Goñi, Jesús Gárriz, Abdón Echávarri, José Lasa, Juan Azparren, Simón Inza, Tomás Garatea, Julián Ilundáin, Pedro Igúzquiza, Gregorio Iriarte, Antonio Iturriría, Antonio Urdániz, Aurelio Saldise, Juan Pedro Aquerreta, Jaime Lizarraga o Miguel Cano, todos ellos muertos sin poder volver a disfrutar de las fiestas de su ciudad. Con las primeras descargas de la guerra moriría Ramón Ezpeleta, que había caído ya para el 27 de julio. ¿Qué hubiera pensado el pobre Ramón, cuando celebraba el txupinazo del día 6 de julio de 1936, si le hubieran dicho que iba a morir 21 días después, en el noveno día de una guerra de la que no había oído hablar, y a la que faltaban aún 12 días para comenzar? Otros le seguirían con prontitud, como José Huércano, que moriría el día 31 de julio cerca de casa, en Oiartzun, mientras que Antonio Ichaso caía el 7 de agosto. Pocos días después, un sangriento 16 de agosto se llevaría para siempre a José Moriones, Raimundo Lázaro, Jesús Amézqueta, Alfonso Pérez, Jacinto Salaverri, Francisco Pabolleta, José Mezquíriz, Víctor Illarregui, Desiderio Arteta y Eugenio Galarza, así como a dos soldados no identificados, pero pertenecientes a una unidad navarra, a los que tuvieron que enterrar juntos, tal vez por no poder distinguir que partes del cuerpo pertenecían a uno o al otro.
Es difícil saber si bajo las soflamas del tipo “por Dios y por España” que bombardearon sus oídos los días previos a la sublevación militar, estos jóvenes se movieron por presión social, por convicciones políticas o por fervor religioso. Y más difícil aún saber hasta qué punto conocían los intereses políticos de un bloque de partidos de derechas que no aceptaba los varapalos de las urnas, o los intereses económicos de una oligarquía de terratenientes agrarios que miraban con recelo a un gobierno republicano al que consideraban enemigo, o los intereses de una jerarquía eclesiástica que apostaba por la Santa Cruzada como medio de perpetuar unos privilegios de raigambre medieval. Aunque, a decir verdad, son cuestiones que poco importan, una vez han transcurrido 75 largos años desde aquel nefasto julio de 1936.
Las 424 tumbas vieron primero cómo cesaban las visitas de las abuelas y las madres, luego las de los hermanos, hermanas y esposas, también las de algunas antiguas novias, que tal vez recompusieron su vida, con mucho esfuerzo, tras olvidar a medias a aquel noviete que marchó a la guerra un lejano 18 de julio. Quien quiera visitar hoy a Ramón, a Ignacio, a Benito o a Jacinto puede bajar al cementerio pamplonés de Beritxitos, donde nos esperan con infinita paciencia. La tumba de Pedro luce hoy un irreconocible matorral de hojas carnosas, parecidas a las de una higuera en miniatura. En la de José hay una cardencha larguirucha y puntiaguda, mientras que en las de Vicente hay un cardo corredor. En la sepultura de Benito proliferan los dientes de león, y la de Germán está casi tapada por las umbelíferas. En la tumba Miguel ha crecido un rosal espinoso, y en la de Jesús se crían varios arbustos del género camomila, de enérgicas y beneficiosas propiedades para la salud. Vaya ironía.
Las 424 tumbas del cementerio de Pamplona se dispusieron siguiendo una estudiada escenografía, e iban presididas por un largo y severo muro, en el que se colgaron los símbolos y las consignas del fascismo español. Hoy, 75 años después, tan solo restan las fechas de 1936 y 1939, puesto que alguien ha arrancado los textos y los símbolos franquistas. Si el viejo Edgar Allan Poe hubiera conocido el caso, habría podido escribir uno de aquellos cuentos de ultratumba suyos, relatando con prosa pomposa y escabrosos detalles cómo, en realidad, fueron los pálidos cadáveres de Jacinto, Benito, Ramón, Gregorio, Miguel, Raimundo o Desiderio los que se levantaron de sus sepulturas para desclavar, una por una, las letras de aquel infame letrero: “Por Dios y por España”.









