Independencia es revolución

Años atrás, las personas y organizaciones políticas de izquierda identificaban su pensamiento con la idea de revolución. Defendían la instauración de un sistema social y económico basado, entre otros muchos aspectos, en la socialización de los medios de producción, la nacionalización de la banca o en una política fiscal más agresiva con las grandes fortunas, medidas, todas ellas, heredadas del pensamiento marxista, que cautivaba aun a aquellos que no tenían una militancia en organizaciones comunistas.

‘Revolución’ quería decir “ruptura del orden burgués establecido”, y tenía una orientación, como digo, de carácter sobre todo económico. Hasta el punto de que, entonces, el concepto no se empleaba todavía como rasgo identificativo de la voluntad de luchar por alcanzar la independencia nacional de Cataluña, opción que era, como tal, minoritaria durante aquellos años de clandestinidad.

Con el paso del tiempo y a medida que la opción soberanista iba ganando terreno hasta que el pensamiento independentista, hace aún no veinticinco años mal contados, no logró una mayor consolidación, el concepto o proyecto de revolución ha dejado de ser extraño dentro del movimiento nacionalista más consolidado, que considera que sólo una salida “revolucionaria” debe hacer posible que Cataluña disfrute un día de un Estado propio.

Dada la renuncia que ha hecho la izquierda a identificar su pensamiento, sus proyectos y su acción política cotidiana con los principios revolucionarios que deberían comportar la referida ruptura de carácter social, la única opción revolucionaria es aquella que lucha por alcanzar la independencia nacional de Cataluña, en tanto que significa una ruptura profunda de la actual realidad constitucional.

Llegados aquí, cabe preguntarse si la idea de revolución puede adscribirse al movimiento que propugna la ruptura de la hermética e inescrutable unidad del Estado español. ¿No es la fractura de este marco unitario español algo revolucionario? La respuesta afirmativa no admite duda.

Y aquí entramos en la cuestión de definir y fijar los límites y la naturaleza de esa acción revolucionaria. Descartada, porque Cataluña siempre ha sido un país pactista, una acción de violencia clásica, la revolución y el subsiguiente combate para alcanzar el objetivo referido deben basarse en lo que se ha dado en llamar violencia ‘pacífica y democrática’, que puede tener formas resistenciales diversas muy contundentes y exitosas, si gozan de un sólido apoyo.

Si la ruptura constitucional sólo puede lograrse a través de una acción revolucionaria, esta acción debería ser impulsada por todos aquellos que tienen en sus estatutos, reglamentos u objetivos electorales luchar por la independencia de Cataluña. La revolución deja de ser, pues, patrimonio de la izquierda de antes –a la que ha renunciado ya– y pasa a ser asumida por todos aquellos, sobre todo partidos, de pensamiento y acción soberanista.

Si aceptamos que un movimiento revolucionario rupturista, del carácter que sea, es, en el actual panorama político catalán, incompatible con una ideología de derecha extrema, podemos concluir que detrás de la baladí, interesada y acrítica descalificación de este tipo de acción política revolucionaria se esconden intereses electorales, porque en realidad aquello combaten, sin decirlo de modo explícito, es el objetivo  revolucionario que se afana por alcanzar la ruptura del orden constitucional español vigente, y la independencia de Cataluña.

Es conveniente, pues, analizar el origen de buena parte de estas descalificaciones genéricas para entender su motivación y averiguar lo que de verdad quieren combatir, que no es, en general, otra cosa que el referido proyecto independentista. Provienen también de aquellas organizaciones partidistas, que se esfuerzan por ocupar espacios del ámbito soberanista, que les habían sido propios en un pasado no lejano y que ahora tendrán que compartir.

Punto final y reflexión para el debate: ser independentista es hoy la única opción revolucionaria, venga de donde venga.

EL PUNT-AVUI