El historiador donostiarra Iñaki Egaña forma parte del equipo de profesores del curso ‘Historia de Navarra’, organizado por Nabarralde y que toma Navarra como sujeto político del último Estado vasco independiente.
El próximo 1 de octubre comenzará la tercera edición del curso on-line Historia de Navarra, organizado por Nabarralde y la Federación de Ikastolas de Navarra. El plazo de inscripción del curso, homologado por el Gobierno de Navarra, permanecerá abierto hasta el 25 de septiembre y se dirige tanto a profesionales de la educación como a todo aquél que tenga interés en la historia de Navarra desde sus orígenes prehistóricos hasta la guerra de 1936, precisamente el periodo que abarcan los nueve módulos sobre los que se estructura la propuesta. Iñaki Egaña, historiador, dirige el tema centrado en el periodo bélico entre 1936 y 1939, un episodio que abrió heridas que, a día de hoy, siguen abiertas.
Uno de los objetivos del curso es potenciar la capacidad de pensamiento analítico en relación a la historia y a la memoria histórica. En este sentido, ¿se podría decir que ha existido un vacio en nuestro modo de entender y aprender nuestra propia historia?
Vacío no ha existido nunca. Siempre hemos tenido investigadores e historiadores que, con mayor o menor éxito, han intentado trasladar una visión objetiva de nuestra historia, sin las contaminaciones de los estados vecinos que, según épocas, nos han negado hasta el acceso a las fuentes. Algunas de esas iniciativas no fueron muy afortunadas, todo hay que decirlo, pero tuvieron a su favor el deseo de desmarcarse de la literatura que hacían los historiadores oficiales. En la última época han surgido decenas de experiencias novedosas, que han convertido la investigación e interpretación histórica en un movimiento social y, por otro lado, han desplazado la centralidad de discursos bastante anticuados. Ello ha supuesto que parte del academicismo más rancio, avalado por intereses políticos, haya sido puesto en entredicho.
¿Cuáles son las aportaciones que hace este curso a nuestra memoria histórica?
La mayor sería comprobar que un curso similar hace 40 u 80 años habría tenido un contenido radicalmente diferente. La historia es, en consecuencia, una materia en evolución. Las particulares se me escapan. Ahí entran otros factores personales o colectivos. Incluso la microhistoria que puedan estar desarrollando algunos alumnos que necesiten de un contexto adecuado, el curso, para ubicarlas exactamente.
Cada vez son más voces las que reclaman justicia en el reconocimiento de los desaparecidos en los conflictos que han acaecido en nuestra sociedad. Las heridas de la Guerra del 36 siguen abiertas… ¿Sobre qué se justifica la necesidad de reconocimiento de lo que ha sucedido a la hora de superar un conflicto como colectivo social?
La negación deja su poso en las generaciones posteriores. Ese es su principal objetivo. Sin un reconocimiento de lo sucedido, llega un momento que las crónicas se deshumanizan, que la historia social se hace incomprensible. Tenemos que hacer un esfuerzo y para ello hace falta una “discriminación positiva” sobre el relato de todo lo negado hasta ahora. Cuando conozcamos toda la verdad, entonces se podrá hacer una comparativa y escribir de igual a igual, desde otras facetas no sólo históricas. Para interpretar correctamente debemos tener toda la verdad encima de la mesa y, al día de hoy, eso sigue siendo una quimera. Por eso lo de la “discriminación positiva”.
¿Cómo ha afectado la falta de reconocimiento de la memoria histórica en el desarrollo de Navarra como estado?
En multitud de cuestiones de interpretación. La más notoria, algo que ya tuvo su traslación política en el siglo XIX, con Sabino Arana y Arturo Campión como referencias de cada tendencia, en el desarrollo de una teoría y ciencia política que, entonces, más que ahora sin duda, tenía raíces de cohesión ligadas a la historia. Lo cierto es que la modernidad comenzó con un cambio gigantesco en lo humano, lo político y lo social, con el desarrollo minero en los montes de Triano. Sabino Arana tenía todas las de ganar, pero si en ese debate ideológico, las tesis de Arturo Campión y otros hubiesen triunfado, la interpretación histórica propia habría sido otra. Aventurar el futuro de cada una es ciencia-ficción y no me atrevo a hacerlo, porque, por ejemplo, el carlismo fue bandera vasca hasta hace bien poco. Aún así, ese proceso se ha hecho, más recientemente, hasta el punto que tanto Arana como Campión parecen más del siglo XVIII que de finales del XIX. Quiero decir con esto que a las interpretaciones, a la ideología, etc., le debe acompañar un magma social. Y hoy, gracias a esas permeabilidades y el feedback de la sociedad del XXI, estamos en un escenario novedoso e ilusionante. Hemos recuperado, como diría Proust, parte del tiempo perdido.
¿Qué papel juega el conocimiento de lo ocurrido a la hora de determinar el futuro de una sociedad?
Hay una pelea permanente en el sentido de dejar nuestra historia en manos de “expertos”, de sacarla de un proceso de soberanía integral, de hacerla “aséptica”, que es como decir que siga en poder del poder, valga la redundancia. Con sus mitos, sus cruzadas, sus falsarios… Esa tendencia, viva siempre, cada vez es más notoriamente denunciada porque, a falta de otros argumentos, su defensa se vuelve cada vez más visceral. Creo que tiene los días contados. La historia hierve, a pesar de que quieran apagar su fuego. En nuestro caso, siempre ha tenido un factor relevante en la cohesión popular y nacional. El auge de las microhistorias, las locales, el desplazamiento de los factores de atención, el peso sobre el pueblo llano y no sobre sus dirigentes como hasta ahora, son señales que apuntan a un desplazamiento de la brújula. Ello mismo tiene fuerza. Pero el futuro se conforma aunando voluntades. La historia tiene su trascendencia en esa cohesión previa. No es la única materia para la misma, pero tampoco es irrelevante. La sociedad es soberana, sujeto, y ella determinará la importancia de cada uno de sus mimbres que la conforman.
Historia de Navarra: curso on line








