¿Iguales o idénticos?

Hay una palabra que ha condicionado la historia de Occidente desde 1789: ‘égalité’. No la pongo en francés por casualidad. Hace aproximadamente una década, Jean-Luc Mélenchon consideraba que los valores republicanos eran incompatibles con la enseñanza y promoción de la lengua catalana en el Rosellón. “Lo que nuestro país necesita hoy es más igualdad”, añadía el entonces ministro. Mélenchon consideraba que el catalán, el vasco, el bretón, el corso, el alemán o el occitano no son lenguas, sino un miserable galimatías residual que supone un obstáculo a la plena igualdad de los ‘citoyens de la République’. La palabra igualdad es ahora el enésimo recurso de la fraseología del PP para intentar desterrar el tema de Cataluña, pero haciendo ver que lo tienen presente. Es un juego absurdo que no lleva a ninguna parte, y probablemente responde más a la pereza ya la ausencia de argumentos plausibles que a una estrategia calculada. “Más allá del debate territorial -afirmaba hace una semana la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría- de lo que estamos hablando es de cómo conseguimos que Estado y comunidades autónomas puedan articular el reparto de ingresos y gastos de manera que haya en cada sitio los mejores servicios públicos con vocación de igualdad y de solidaridad”. ¡Ay! Sólo con que hubiera añadido la libertad ya teníamos el lema completo de la Revolución Francesa, a la que también apelaba hace 10 años Mélenchon.

En términos genéricos, estas apelaciones a los ideales republicanos apuntan directamente al carácter problemático del proyecto político asociado a la Modernidad ilustrada. Hay algo que aquí no cuadra. La prueba, por ejemplo, es que uno de los defensores más encarnizados del movimiento carlista en la Europa del siglo XIX fue… Marx. Lo han leído bien: Karl Marx, el autor de El capital. En el opúsculo La revolución española, 1868-1873 dice literalmente: “El carlismo tenía unas bases auténticamente populares y nacionales, mientras que el liberalismo estaba representado por el militarismo, el capitalismo, el latifundismo y los intereses económicos secularizados. No era un movimiento puramente dinástico ni regresivo, sino que se basaba en la resistencia legítima contra el absolutismo centralista del Estado liberal”. Esta es la inesperada sentencia del coautor del Manifiesto Comunista. En ciertas versiones de la historia de Europa hay algo que no ha terminado de encajar nunca del todo, y que continuará desencajada mientras no nos atrevamos, por lo menos, a verbalizarla. Las afirmaciones de Soraya Sáenz de Santamaría confirman la plena vigencia de este problema incómodo. En nombre de la ‘égalité’, la vicepresidenta considera que los ciudadanos catalanes han de recibir un trato objetivamente desigual. ¿Cómo? Muy sencillo: igualando sus necesidades y circunstancias a la de otros lugares completamente diferentes. Permítanme una ilustración clara: es como si alguien repartiera entre personas de diferentes edades, incluidos niños, gafas de ver de cerca, audífonos y fajas para herniados con el argumento de la igualdad, haciendo abstracción del hecho de que las necesidades de un joven de 15 años y las de una persona que pasa de los 70 son muy diferentes. Aunque suene paradójico, este tipo de igualitarismo es la esencia de la desigualdad. Aunque puede abrirse un hueco entre la gente de corazón simple, el nuevo argumentario del PP es poco más que un juego de palabras.

Desde los republicanos jacobinos, la noble noción de igualdad ha sido asimilada alegremente con la equívoca y siempre inquietante noción de homogeneidad. Sospecho que se trata de dos conceptos que no sólo no son sinónimos -al menos en un sentido político- sino que tienden a ser contradictorios casi siempre. El espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos parte de una defensa de la igualdad entre los seres humanos basada, precisamente, en el respeto escrupuloso a sus diferencias, no importa si son lingüísticas, religiosas, sexuales o de cualquier otra índole. El espíritu del jacobinismo, en cambio, entiende la diferencia como una grave amenaza a no se sabe qué esencias republicanas y a no se sabe qué fantasmas del progreso y la modernidad. Detrás de esta acreditada pátina de modernidad y ‘lumières’, en cualquier caso, se suelen esconder discretamente las versiones más excluyentes, dogmáticas y peligrosas del estatismo centralista (que, en definitiva, es una forma de providencialismo histórico: si las cosas ahora son así, y no pueden ser de otra manera, es porque así ha sido decidido por la Providencia). Es desde este tipo de perspectivas como uno se puede permitir el lujo de levantar la camisa en nombre de la ‘égalité’.

ARA