¡(Estúpidos) No somos una nación, somos Sealand!

De todas las lecturas madrileñas que he estado haciendo después de conocer el resultado de la consulta, la que me ha llamado de largo más la atención ha sido una que comparaba un futuro e hipotético (pseudo en su terminología habitual) Estado catalán con el caso de Sealand. Para los no avezados en la materia, Sealand no es otra cosa que una antigua plataforma marina de seguridad construida por la marina real británica durante la Segunda Guerra Mundial. Se encuentra situada a unas siete millas de la costa inglesa de Suffolk, donde a finales de los sesenta un jeta, exmilitar y expirata radiofónico, se estableció con su hijo y la mujer y se autoproclamó príncipe de Sealand. El atrevimiento humano, como se observa, no tiene límites y si eres inglés todo siempre queda mejor pulido y aderezado. La cosa fue bastante divertida y revolucionada dado que en estos años de “dominio” de su dinastía -ahora quien dice que manda es su hijo Michael-, se han producido motines, secuestros, invasiones, reconquistas, actuaciones de la justicia británica y del gobierno de su majestad e, incluso, la creación de un gobierno dichp ‘en el exilio’. En la actualidad la población del microestado más micro del mundo -550 metros cuadrados- sólo llega a cincuenta personas durante algunos meses del año, si bien esto no fue obstáculo para en su momento el haber emitido más de 150.000 pasaportes, ahora todos ellos anulados, que se hayan instalado un número de empresas del sector tecnológico o que la empresa ‘The pirate bay’ huyendo del fisco sueco intentara la compra de “la isla”. Sealand tiene moneda, el dolar de Sealand y sello propios y la lengua oficial es el inglés. No ha sido como no podría ser de otra manera, hasta el momento, reconocido por ningún Estado del mundo. Nosotros, por lo que dicen, somos también esto. Ni nación, ni lengua milenaria, ni tradición ni puñetas: somos Sealand.

Menciono este ejemplo que entraría dentro de la categoría del “esperpento” típicamente valleinclanesco para exponer que en España no han entendido nada de nada de lo que está pasando en Cataluña en estos tiempos convulsos. No es que los opinadores españoles vean todos ellos similitudes entre el caso catalán y el anterior pero por unas razones u otras no aciertan o no reconocen las claves de la cuestión catalana. En el mejor de los casos, como los socialistas, admiten que tienen un problema con Cataluña para, acto seguido, querer creer que con un mero maquillaje constitucional, que habría que ver si no se echan atrás como de costumbre adoptando el discurso del PP, pueden resolver el conflicto que viven con Cataluña.

De hecho eso es bueno pero también es malo para el soberanismo. Es bueno porque no dejan de decepcionar a los federalistas que puedan quedar en Cataluña -los Si No- y refuerzan el independentismo y es malo porque negar sistemáticamente la realidad te hace (sistemáticamente) negar la necesidad de adaptación ante nuevas circunstancias. España, ya lo deberíamos saber a estas alturas, es un Estado que hace de la necesidad virtud, y donde “más vale honra sin barcos que barcos sin honra”. Para pacificar los Países Bajos el rey Felipe (primero de Cataluña y segundo de Castilla, por cierto) envió el castellano duque de Alba que siguió una política improductiva de sangre e hígados. A veces masacrando a sus propios aliados flamencos confundiéndolos con protestantes holandeses. Cuando la cosa no hizo más que complicar aún más envió a un catalán Lluís de Recasens para hacer una política de acomodo. Ya era demasiado tarde a pesar de los buenos oficios, al parecer, del noble barcelonés y héroe de Lepanto.

Tantas cosas han cambiado en España desde entonces como que no ha sido modificado este espíritu castellano tan imperturbable ante la negación del pragmatismo. Tampoco se dan cuenta de que, con independencia de que Cataluña es una nación, ellos han sido los que se han cargado un proyecto integrador e inclusivo español. Un proyecto donde cupiera todo el mundo, que nunca ha existido más allá de proclamas ilusionadas hechas desde Cataluña. En lugar de buscar acomodos, ahora ciertamente ya muy complejos, siguen una actitud de rechazo de la realidad. Y lo hacen desde una alma inquisitorial, lamentablemente nunca asustada de aquellas tierras, y con la firme determinación de negar evidencias de todo tipo, pelaje y condición: mínima participación en el 9N, consulta que no es consulta -¿entonces qué es?- denuncias de supuestos paralelismos con los totalitarismos del siglo XX que sólo ellos ven o supuestas persecuciones contra todos aquellos que no se expresan principalmente en lengua castellana. Si alguien, de entre los suyos, matiza o niega estas situaciones entonces éste ya pasa a la categoría del vendido, acomplejado o paciente del famoso complejo de Estocolmo. Topan con lo que no les gusta y practican el negacionismo.

Hace bien el presidente Mas en dirigirse por carta al gobierno español, la corrección y la elegancia no es necesario perderlas nunca y es que además el mundo también lo espera. Ahora bien, una vez nos vuelvan a rechazar y a minimizar, ridiculizándolas, nuestras demandas, ya no tendremos excusa para iniciar el último momento, la última fase que nos llevará a la independencia definitiva. Si no podemos hacer un referéndum con legalidad estatal al estilo escocés, sólo nos queda encomendarnos a la declaración/proclamación unilateral de independencia después de unas elecciones plebiscitarias con un mandato claro para todos. Llegados a este punto, no antes, el mundo sí que responderá. Hay que empezar a prepararse y preparar a la gente de Cataluña. El domingo hemos dado un paso más, hemos ganado una nueva batalla de movilización y de ideas pero la guerra está lejos aún de estar ganada. Como decía Junqueras lo importante es la victoria, no quien mete los goles. ¡Pues que se demuestre! ¡Ahora, más que ayer o el domingo, empieza a ser la hora!

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