Se supone que se trata de una ciencia, pero quizás es una fe, y ciertamente es una ideología, según la cual todo sería explicable, y explicado. Resulta, sin embargo, que las dudas aparecen, si se piensa con un poco de observación y de sentido histórico. La “ciencia” nos dice, por ejemplo, que estamos gobernados por los mercados libres: que de mercado en mercado, o de mercado dentro del mercado, este sistema tiene la ventaja de la eficacia, y que una intervención pública excesiva falsea el juego normal de intereses, único capaz de llegar a un resultado óptimo. Pero, de hecho, todo mercado obedece a unas reglas nada “libres” y topa con unas fronteras, que limitan el alcance y orientan el funcionamiento. Estas normas son tan bien aceptadas que no se las ve, como las reglas de la urbanidad o la cortesía, o las de los códigos de circulación. Y sin embargo, juegan un papel esencial en la economía, y por ello es erróneo por completo oponer, ideológicamente, los mercados y los poderes públicos: en la realidad, unos y otros se encuentran completamente imbricados. Entonces, la cuestión principal no es si es necesario o no intervenir, sino cómo intervenir y con qué objetivo. Nos dicen también que el interés individual dirige el mundo y que justamente el mérito del capitalismo es hacer de este egoísmo una fuerza productiva que a fin de cuentas beneficiaría todo el mundo. Quizás sí, pero la observación seria de los comportamientos humanos muestra que, en un número grandísimo de actividades, el interés individual se borra frente a otras motivaciones, como el sentido del don, la solidaridad elemental, el deseo de gloria o de reconocimiento, el espíritu de aventura o de sacrificio (realidades de las cuales los economistas ortodoxos y los ministros del ramo saben poco, pero los antropólogos sí que saben). Y por tanto, si es así, ¿cómo se puede fundamentar un sistema de análisis de la economía, tal como hacen muchos “liberales”, sobre la única hipótesis del agente racional y egoísta? Por lo tanto, toda política económica debería tener en cuenta la riqueza de las motivaciones humanas y no el único interés individual: es decir, debería razonar también sobre las reglas morales, las culturas colectivas, la acción buena o mala de las instituciones. A poco que ustedes observen los bancos y los gobiernos, la conclusión es que no lo hacen, que ni siquiera piensan. Porque hay también una economía de la solidaridad, de la acción voluntaria y generosa (desde Caritas hasta los bancos de alimentos, pasando por donde ustedes quieran) que la derecha ignora y la izquierda critica a menudo como si todo, absolutamente todo, debiera estar en manos de funcionarios o de la administración pública, y hay una economía del gusto, de la vida asociativa, del arte, de la cultura, del espectáculo, de la televisión, que es una economía de un volumen inmenso, pero muy poco “economicista”.
Más aún, y pasando a escalas más grandes: nos dicen implacablemente los “expertos” (¡ay, los expertos!) y los ministros que las políticas de estabilización macroeconómica seguidas desde hace treinta años (no en el Reino de España, ni en la República Griega, por cierto…) permiten dar una base sólida a la economía mundial. Entonces, tanto si estas políticas han sido aplicadas o no, la realidad es que nunca ha habido tantas crisis financieras o monetarias como desde que se puso este imperativo en primer plano. De hecho, la economía era más estable cuando el imperativo de crecimiento era más fuerte que el de la estabilidad monetaria: cuando, por ejemplo, un poco de inflación era tolerable si estimulaba la actividad… Nos dicen, igualmente, que hay que mejorar la eficacia de los mercados financieros, de la circulación veloz y universal de capitales. Pero desde que perseguimos estos objetivos tan loables, vamos de un susto al otro, hasta la recesión de 2008 que, en muchos aspectos, habría sido más grave que la de 1929 si los estados no hubieran intervenido masivamente. Resulta, pues, contra el dogma, que el Estado “obstructor” es el único que ha salvado al mercado libre, vean milagro y paradoja. Estas ideas, evidentemente, no las he inventadas yo, aunque hace años que rumio reticencias parecidas: aparecen en un libro muy curioso, ‘Dos o tres cosas que no te dicen nunca sobre el capitalismo’, obra del profesor de Cambridge Ha-joon Chang, que no habla de “dos o tres” cosas, sino de veintitrés. La vigésimo cuarta sería que tiene mucha razón, y que por eso mismo los “técnicos” y los políticos no le harán nada de caso.








