HACE algunos años tuve la oportunidad de escuchar una conferencia sobre nuestra lengua vasca de la que tomé algunos apuntes que hoy transcribo, sobre la originalidad de la lengua vasca, nuestra lengua milenaria.
Algunos datos de la historia permiten aclarar algunas particularidades de la lengua vasca, y lo mismo que la lengua vasca permite explicar algunos puntos de la historia de Navarra, llámese Vasconia o Euskalherria. Todas las lenguas, dice, “han seguido la ley general de la evolución progresiva. Se pueden seguir, paso a paso, las profundas transformaciones que ha sufrido el latín, por ejemplo, que Roma impuso a los pueblos vencidos de Europa antes que las lenguas francesa, española, italiana, portuguesa, catalana y otras más hayan alcanzado su forma actual”.
El euskara hace excepción a esa ley general, y tal como se presenta a día de hoy, ha quedado inmutable. Las innumerables flexiones que presenta el verbo son de tal precisión que el solo desplazamiento de una letra hubiera sido suficiente para degradarla porque cualquier cambio, el más insignificante, hubiera modificado las flexiones que se forman en cadena con una regularidad matemática.
Otra particularidad. Un vasco analfabeto -que no quiere decir ignorante-, conoce y emplea con destreza, y hasta con elegancia, millares de flexiones y no se puede imaginar hacer una sola falta. No ha podido aprenderlas de memoria, y sin embargo las conoce y se las presenta al espíritu al mismo tiempo que al pensamiento que quiere expresar. Se puede decir que el euskaldun habla de instinto. Nuestro idioma posee una armonía tan peculiar, tan conforme al espíritu humano, que una falta de sintaxis hiere nuestro oído lo mismo que lo hace una frase musical.
Se puede aún seguir más adelante esta comparación. Uno que sabe cantar, que sabe juntar agradablemente los sonidos sin conocer ni siquiera una de las más elementales leyes de la música. Lo mismo el euskaldun sabe expresar las más elementales leyes gramaticales. El vasco aprende perfectamente su lengua sólo oyéndola hablar a sus padres. Conoce su lengua como el pájaro conoce su trino (Pierre Laffitte). No es extraño que el euskera haya despertado la curiosidad y provocado admiración de todos los lingüistas que la han estudiado. Dice Rivarol, autor del Discurso sobre la conversación de la lengua francesa : La ciencia del lenguaje sitúa a la lengua vasca “entre los restos más preciosos de los tiempos antiguos por la construcción de su verbo”. Jehan de Clavery declara: “Si se examinara la maravillosa flexibilidad del verbo vasco, la riqueza de sus formas, las grandes proporciones de su arquitectura, la regularidad de su estructura, no se puede impedir el decir no tiene igual en el mundo”. El escritor Menéndez Pidal dejó escrito: “No hay monumento más venerable que el vascuence, ese monumento que vive aún, ese idioma conservado desde una época incalculable, tal vez anterior al periodo geológico actual”. (…)
Podía citar a los filólogos extranjeros investigadores que escuadriñan el alma de las palabras para descubrir sus raíces, como Samuel Welles, que llama al euskera “el eslabón perdido entre la historia y la prehistoria”. Que estudiaron y elogiaron nuestra lengua como Schuchart, Gabel, Lacombe, Uhlenbeck, Lafon, el príncipe Louis Lucien Bonaparte, autor del mapa de Euskalherria con los dialectos de sus regiones…
Y nosotros, los vascos de hoy (con muy honrosas excepciones), no solamente ignoramos el tesoro que poseemos, aún hay quien dice que su abuelo les prohibió que aprendieran euskera, haciendo apología de su insensatez.








