Es una vieja canción. Hace treinta y cuatro años que sirve para justificar un socialismo catalán de dependencia española con la excusa de poner freno a las posibles tentaciones lerrouxistas. Lamentablemente, el PSC, por mucho que se defina como “soberano y autónomo del PSOE” en su web oficial, más que hacer de dique contra el lerrouxismo, ha recurrido al mismo cuando le ha convenido por razones electorales. El triste espectáculo de estas semanas de la candidata del PSC a la secretaría general del PSOE para reducir su catalanidad a un mero acento -o accidente- irrelevante, ya lo dice todo. Pero también es la canción que canta el soberanismo indeciso, tímido y, a menudo, pusilánime. Es este soberanismo sin confianza ni en el país ni en sí mismo. El soberanismo del “ya me gustaría, pero no es posible”, o el del “no nos dejarán”, como si el ejercicio de la dignidad nacional necesitara permisos.
Mi sospecha, no obstante, es que la fragmentación que realmente da miedo a nuestros políticos, la cohesión social que ven peligrar, no es la que dicen, sino la que resultaría de la amenaza de algunos poderes fácticos catalanes, cuyos principales intereses están estrechamente ligados a España. Ya sean intereses comerciales o empresariales, ya sean ambiciones políticas o lealtades nobiliarias, o aún vínculos sentimentales -y de mercado- con la cultura española, lo cierto es que las resistencias de algunas minorías catalanas al proyecto independentista son fuertes.
Dicho sin tapujos: la ruptura que se producirá en el proceso hacia la independencia será entre catalanes. Por un lado, los que nos queremos emancipar y, por otro, algunos poderes fácticos, todos muy catalanes, pero de lealtad nacional española. De modo que ya es hora de dejar definitivamente en paz al pobre votante, considerado en función de su lugar de nacimiento o de la lengua que habla en la intimidad doméstica. Es el momento de empezar a desenmascarar donde residen los intereses objetivos del unionismo que, en beneficio propio, renuncia no sólo a la defensa de la dignidad nacional sino que pone en riesgo el bienestar y la prosperidad futura de todo el país. Y es hora de denunciar a los que apelan a la cohesión social para, farisaicamente, disimular que atizan la fragmentación en beneficio propio. La principal resistencia a la independencia, pues, no está en los barrios periféricos de nueva o antigua inmigración: es el poder que se concentra por encima de los puentes aéreos.
Si según la última encuesta de El Periódico ya somos una mayoría de cerca del 54 por ciento de catalanes favorables a la independencia frente a sólo un 32 de contrarios, ¿a qué espera el soberanismo político para tomar nota? Un dato muy interesante de la encuesta es que el 70 por ciento de catalanes, sin embargo, piensan que perderíamos el referéndum porque no saben que ya somos mayoría, y que es expresión directa de los temores que se observan en los liderazgos del soberanismo. El independentismo necesita una mayoría social aún más amplia, que sólo conseguirá cuando tenga el liderazgo político solvente que, con coraje y sin excusas, señale claramente quién es el que juega irresponsablemente con nuestra cohesión nacional.






