Los acontecimientos nos sorprenden. Quizás no pensábamos que el mundo árabe norteafricano pudiese estallar, pero aquí lo tenemos… Siempre lo hemos contemplado como sometido por el histórico fatalismo y la dureza de los sistemas tiránicos que se instauraron tras la frustración de la independencia. Era igual que ésta hubiera tenido lugar a través de pretendidos sistemas políticos revolucionarios, como el argelino, o de monarquías feudales como Marruecos. Al final todos los sistemas políticos han derivado a la imposición de oligarquías, a pesar de ciertos devaneos revolucionarios adoptados por algunos de los movimientos de liberación nacional.
Para los europeos el espacio norteafricano ha sido una realidad exterior, marginada de la evolución experimentada por Europa. No ha tenido mayor interés que el ser destino de nuestros viajes turísticos –en los que siempre se contempla la realidad con cierto distanciamiento-; todo ello, a pesar de que millones de norteafricanos han terminado por ser parte de nuestra realidad mediante la emigración. La integración económica es un hecho, la cultural, no. Unas formas de vida, muy tradicionales y peculiares, junto con la identidad religiosa del Islam que choca con los valores predominantes en Europa occidental, resultado de los cambios de la sociedad industrial, han hecho de los norteafricanos una realidad estanca. La inadecuada percepción de los europeos no ha evitado que las realidades materiales –económica sobre todo- hayan evolucionado.
El sur del Mediterráneo no ha dejado de ser nunca parte de nuestro Mundo. En la época actual constituye la parte del mismo más degradada, si nos atenemos a los valores de productividad, tecnología y nivel de vida. No hemos contado con él como un elemento importante de nuestras estructuras socio-económicas. No obstante ha hecho acto de presencia en el proceso crítico en que nos encontramos. Siempre lo hemos considerado distinto por religión y cultura; por una percepción de la realidad que repele tan fuertemente a nuestra sensibilidad. Me refiero a la importancia que se le sigue concediendo a la fe religiosa, tan disminuida en nuestra sociedad. La rigidez jerárquica en todos los órdenes y el marginamiento de la mujer como protagonista de la actividad social. No voy a desplegar ahora argumentaciones en estas direcciones. Como individuo me repele la sumisión religiosa –Islam- la reverencia a la jerarquía social o de cualquier otro orden y en el día me irrita la consideración de la mujer como una realidad secundaria. No obstante pretendo racionalizar este rechazo. Más allá de lo negativo de tales valores, no puedo olvidar que los mismos han constituido la base de nuestro propio sistema de valores occidental -que todavía siguen impulsando las corrientes cristianas, particularmente la católica-, mucho menos cuando me contemplo a mí mismo defendiendo tales planteamientos en otras etapas de mi vida.
Aquí me estoy esforzando por entender una realidad humana que nos es más cercana de lo que percibimos de la misma manera en plano espacial que mental; persiguiendo que podamos efectuar el análisis adecuado para tratarla, con vistas a que los efectos de sus conflictos sean correctamente tratados y no nos perjudiquen a nosotros de rechazo. Pienso que nos equivocamos cuando consideramos que los problemas de las sociedades norteafricanas son resultado simple de los regímenes autoritarios que las dominan. Estos sistemas políticos no son sino la manifestación de unos sistemas sociales elitistas y oligárquicos, quizás no tan diferentes a los nuestros, que –en cualquier caso- se manifiestan con formas más suaves. En África del norte la crisis económica parece haber llevado a la desesperación a unas sociedades que han vivido en una extrema precariedad, no viendo, quizás otra manera de salir de ella que en la emigración a los países ricos del Norte. La esperanza ha desaparecido ante la constatación de que el propio sistema socio-político resulta incapaz de soluciones. La revolución fue un sueño y los poderosos no tienen otra perspectiva que el autoritarismo y la corrupción. Parece que los dirigentes mundiales han descuidado un área que puede influir sobre Europa de manera determinante. La atención dedicada al desarrollo de la crisis desde una perspectiva limitada a su vertiente económica en los países avanzados es la responsable del descuido. En el momento preocupa el desarrollo de los acontecimientos de un área más próxima de lo que se percibía. La caída de los regímenes autoritarios, que hasta el momento han garantizado la calma en función de los intereses occidentales, representa un riesgo de inestabilidad que terminará por incidir en Europa.
En todo caso, sería conveniente que considerásemos la materia como parte del problema de conjunto. Contemplamos los territorios norteafricanos como atados a su propia identidad de fatalismo, tiranía y corrupción. Nos negamos a aceptar que estas circunstancias son, en parte, resultado de nuestras mismas imposiciones. Si fuéramos más honestos, no nos consideraríamos tan diferentes. En los países ricos en vez de corrupción de los sistemas políticos existe la aceptación de las exigencias económicas y sociales de las instancias económicas fuertes por parte del sistema político-institucional en su conjunto. Constituye un procedimiento de expolio social igualmente eficaz a pesar de las apariencias formalmente democráticas. Resulta también más soportable, atendiendo a la capacidad que tiene de satisfacer mejor las aspiraciones económicas de la colectividad. Quizás no sea más que una diferencia cuantitativa y la degradación económica podría llegar a igualar las dos realidades.









