Viaje a las entrañas de la caverna
Desde la manifestación de un millón y medio de personas en Barcelona, bajo el lema “Cataluña, nuevo Estado de Europa”, hasta hoy, en que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, repite que el referéndum por la independencia no se hará porque “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”, la guerra sucia anticatalana desplegada por España ha sido una constante que no ha parado de crecer, tanto en intensidad como en virulencia. En intensidad para que el Estado utiliza todos sus mecanismos, incluso los más innobles -como el sabotaje de actos internacionales en los que participan el presidente Mas u otras personalidades-, para frenar la proyección exterior del proceso catalán; y en virulencia porque los ataques a Cataluña han sobrepasado los límites más elementales del Estado de derecho y han llegado a la descalificación, a la burla, al insulto, al escarnio y a todo tipo de amenazas, incluyendo el uso de la fuerza. Y todavía bueno, si sólo fuera eso. El problema es que estamos hablando de acciones que van acompañadas de medidas catalanofóbicas destinadas a estrangular la economía, la educación, la lengua, la sanidad, las infraestructuras y los servicios sociales más básicos de nuestro país.
Llegados aquí, muchos catalanes se preguntan: “¿Qué más nos pueden hacer?”. Parecería que el Estado ya no puede ir más lejos, parecería que un Estado que se jacta de ser democrático no puede tener la iniquidad como praxis política. Pues la respuesta es que, comparándolo con lo que está por venir, todavía no hemos visto los extremos a que puede llegar el gobierno español para impedir que los catalanes decidamos si queremos ser unas provincias de España o un Estado de Europa. Y es lógico, porque somos contemporáneos del momento más trascendente de nuestra historia, una historia que ya estamos escribiendo e incluso publicando, como lo demuestra el libro ‘Guerra sucia y discurso del miedo’ (Pagès, 2014), de Eugeni Casanova, que narra las acometidas verbales y políticas que España ha llevado a cabo en los quince meses que van del Once de Septiembre de 2012 al 16 de diciembre de 2013, fecha en que el presidente Mas hizo pública la convocatoria de un referéndum por la independencia de Cataluña.
Eugeni Casanova, que hace una docena de años recorrió los Países Catalanes para mostrarnos el precario estado de salud del catalán en un libro sobrecogedor titulado ‘Viaje a las entrañas de la lengua’, nos ofrece aquí un trabajo que nos permite ver hasta qué punto todo lo que España dice hoy sobre Cataluña es exactamente lo mismo que decía hace un siglo. Basta leer a Ortega y Gasset: “Ese pueblo que quiere ser precisamente lo que no puede ser, pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma. […] Comprenderéis que un pueblo que es un problema para sí mismo tiene que ser, a veces, fatigoso para los demàs”. Es decir, siempre el mismo tono ufano y soberbio de la Castilla acomplejada que necesita inventarse pueblos inferiores para sentirse superior. Cabe decir, sin embargo, que no le faltan aduladores catalanes dispuestos a censurar las libertades de Cataluña para compensar el terror que les provoca ser sencillamente catalanes. Vigilemos lo que decía Javier Cercas en el diario El País, brazo mediático del nacionalismo español de izquierdas: “Con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español”. Y lo remata así: “No hay nada menos democrático que el derecho a decidir”.
Al leer esto, se constatan dos cosas: la primera, la falta de sentido del ridículo del españolismo; la segunda, su impotencia intelectual, al hacer uso de un discurso que suscribiría el régimen franquista. Y es que sólo la impotencia puede hacer decir a un demócrata que “no hay nada menos democrático que el derecho de decidir”. Fijémonos, además, en el síndrome de Estocolmo que rezuma la idea de que los catalanes no podemos decidir por nosotros mismos porque la ley española nos lo prohíbe. Es tal el vivo retrato del esclavo que alecciona a sus compañeros diciéndoles que el dueño es el único soberano y que su ley, además de sagrada, es la única ley. Un esclavo no hace leyes, un esclavo obedece, o en todo caso, si es un pesado, suplica.
El libro ‘Guerra sucia y discurso del miedo’ explica también cómo la sumisión catalana ha sido supervisada por catalanes. Aquí tenemos una anécdota referida a Josep Tarradellas: “Según testimonio de Lluís Llach, en una reunión con representantes de la Nova Cançó, acabado de volver del exilio, el viejo republicano les dijo que ya podían dejar de cantar porque Cataluña había logrado sus objetivos, que si acaso podían hacer un último concierto en la plaza de Santiago… ¡para rendirle homenaje a él!” En el lado contrario, encontramos las palabras de Emil Kirjas, ex ministro de Asuntos Exteriores de Macedonia – No puedo creer que veinte años después de la guerra de los Balcanes escuchemos la misma retórica desde Madrid que hacía el nacionalismo serbio”- o este lúcido vaticinio del añorado Ramon Trias Fargas, hace treinta años: “Cataluña será independiente cuando nos acaben de asfixiar financieramente y la gente lo vea”.
Dividido en diecinueve capítulos, entre ellos “Un entendimiento imposible”, “Nazis, salafistas y asesinos”, “Reventar las elecciones”, “Romper Cataluña”,”El discurso del miedo”, “La prensa como arma de guerra”, “La caverna intelectual”, “El ahogo fiscal”, “La batalla internacional” y “El descrédito de España en la Unión Europea”, el libro de Eugeni Casanova, de lectura muy recomendable, nos habla de los reiterados intentos españoles de comparar al presidente Mas con Hitler, del uso no menos reiterado del término nazi asociado a la independencia, de las mentiras de los presidentes de Extremadura y Galicia diciendo que ellos pagan y Cataluña cobra, los augurios apocalípticos que dicen que la independencia condenaría a cuatro generaciones de catalanes a la pobreza, de las bravatas de José Manuel Lara, presidente de Planeta, y, entre otras, de las llamadas de Alejo Vidal-Quadras a encarcelar Artur Mas y suspender la autonomía catalana. Sin embargo, Casanova no hace únicamente una crónica exhaustiva de esta guerra sucia; también aporta sus reflexiones sobre el proceso catalán. Dice: “La imagen emociona y seduce. Un pueblo levantado de manera pacífica y festiva contra una casta rígida y tosca, contra una manera de hacer caduca, contra un autoritarismo anacrónico y desfasado, que evidencia el fracaso de España como proyecto colectivo y, en definitiva, como Estado”.
Pues sí, Casanova tiene mucha razón. España es la historia de un fracaso. Pero quiero añadir que, a pesar de que la guerra sucia se cebará en él cada día más, el proceso catalán continuará avanzando, porque toda legalidad impuesta contra la voluntad de un pueblo lleva implícita, paradójicamente, la clave de su liberación.
LLETRES, NÚM. 65, OTOÑO 2014








