Existe una hermosa forma de definir la comunidad, desde la filosofía, realizada por un no menos sugerente pensamiento como es aquel de Emilio Lledó. En Lenguaje e Historia, partiendo del acontecimiento que surge como relato del ser humano en su por él denominada instalación en la naturaleza y en la sociedad, este filósofo define cómo se suele hacer: bien desde la posición ciega de la naturaleza, el egoísmo individual, o desde la posición lúcida de la colectividad basada en el sentimiento de pertenencia a una comunidad. La definición viene matizada de la siguiente manera: “La presión lúcida de la colectividad quiere decir que, a pesar de todas las claudicaciones históricas que han dejado ver la violencia, la injusticia, el desatino, siempre ha existido un horizonte de progreso hacia el que ha tendido la humanidad”.
Una visión optimista del horizonte, al menos hasta hoy, que anima tesis compartidas en buena medida como las de Steven Pinker. Y una visión que participa con la de otros autores de una cuaternaria partición, perspectivística y monadológica, del humano en su complementaria condición de ser biológico y social: primeramente, en la relación hombre-mundo o conciencia-naturaleza caracterizada desde la inicial confusión con la misma, para, a partir de ella, ir tomando progresivamente conciencia de la diferencia desde una distancia debido a su instrumental inteligencia, basada en la cerebración manipuladora mediante la aplicación del lenguaje a los diferentes usos en las artes, saberes y conocimientos, y finalmente condicionada por la necesidad de conciliación con un origen; y societariamente, continuadora de la inicial pauta grupal motivada por la necesaria búsqueda alimenticia, que diera paso al surgimiento del mito, la irrupción de la polis, la dogmatización religiosa y, asimismo, como posición reactiva, la clarividente crítica aparición -fuera del dogma- del ponderar asentado en la conceptualización filosófica y científica, culminado en el último y homogeneizador proceso emprendido que, a veces, visto el resultado de lo presente, parece no tener nada en cuenta de todo lo anterior.
Cabe recordar aquí aquella división realizada por Gebser entre las estructuras arcaica, mágica, mítica, mental que debería haber devenido en una integral. Un cierre de ciclo que el filósofo español describe de la siguiente manera: “El progreso de la ciencia, que ha ampliado en nuestros días su posibilidad manipuladora, comienza a invadir campos que hasta ahora le habían sido vetados. Esta cada vez más amplia penetración hace que la naturaleza se aproxime a la mente humana y lo que podríamos llamar naturaleza objetiva, un universo mítico con el que pretendía mediar entre su toma de conciencia y la naturaleza, vuelve otra vez, con el saber científico, a identificarse con ella”.
¿Estamos, pues, ante un nuevo horizonte para la humanidad o en el inicio de un proceso de liquidación de la misma, al menos como hasta hoy ha sido conocida, que el mismo filósofo menciona como de consunción? Sea como fuere y estemos o no en ese punto de inflexión, de transformación, en la naturaleza del hombre y en su cultura una reflexiva máxima proclamada en su pensamiento debiera servirnos manteniendo toda su vigencia: “Vivir es, en el hombre, convivir.” Y a ello deberíamos dedicarle el máximo de nuestros recursos y esfuerzos desde la experiencial monádica interpretación de nuestro pluriverso biocultural.
En todo ello, las políticas del acontecer, siempre lejos del miedo a disentir, son definidas por Maurizio Lazzarato como aquellas por las cuales “el modo del acontecimiento es la problemática. Un acontecimiento no es la solución de un problema, sino la apertura de posibles”, teniendo siempre muy en cuenta que una sociedad, para Tarde, consiste en “la posesión recíproca bajo formas extremadamente variadas de todos por cada uno”, añadiendo: “se define por la manera de “poseer a sus conciudadanos y de ser poseído por ellos”. El acontecimiento de la muerte del dictador que diera pie al periodo constitucional o el de la ruptura del consenso a que diera lugar en el que nos encontramos.
En esto, el pluriverso de nuestro diminuto país ha conseguido ser apreciado, al menos desde el pintoresquismo paisajístico, como un pequeño cosmos. No es tanto el microcosmos del que nos habla Leibniz cuanto el entorno natural y el medio humano por el cual se deban dar las condiciones adecuadas para que dentro de su marco geofísico y político la cultura adopte soluciones necesariamente plurales. Por lo mismo, la eufemística singularidad, por poner un caso cercano, navarra, (como la vasca en general, la española en particular o la europea), debiera cambiar tal denominación, que parece dar la excepción a la norma, por otra más adecuada basada en la pluralidad de los elementos que componen su naturalizada forma, conservando, por ende, las condiciones a futuro de adaptabilidad de cualesquiera y de quienes quieran que deseen participar del proyecto, al margen del impulso imperativo, de la orden acatada, siempre emanada desde una abstracción que Lazzarato no duda en fijar en dos tipos de clasificación: la de aquella protagonizada por los grandes sujetos, como puedan ser el espíritu de los pueblos, el saber absoluto, la clase obrera o del capital, y la de los grandes actores, como puedan ser la sociedad y el Estado.
“La integración global -según recoge Lazzarato- es el conjunto de integraciones locales. Las lenguas, las ciencias, como toda cantidad social, no se hacen por abstracción, por totalización, sino por constructivismo infinitesimal”. Junto a ello, este materialismo espiritualizado obraría a través de lo que siempre ha sido un recurso del arte y de la ciencia: “captar lo infinito en lo finito”, utilizando los procedimientos de la inventiva y de la creación a través de la imprescindible cooperación de los elementos puestos en acción.
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