En el año 2000 escribí que España se encontraba en una situación que recordaba a la de Alemania en 1933. Alguien me acusó de manipulador y supongo que en el momento presente otros muchos me calificarán de exagerado; no obstante alguno de los supuestos míos de entonces se están cumpliendo. He calificado siempre a España como esencialmente autoritaria y corrupta; incapaz de plantear un Estado democrático y creativo. Estos rasgos la hacen particularmente proclive hacia el Fascismo, pudiéndose afirmar en la actualidad que el Estado español se encuentra deslizándose hacia una solución muy autoritaria.
España ha suplido su escasa creatividad con el espolio. El viejo Imperio se basó en el saqueo, el moderno en la extorsión de los territorios sometidos. La otra cara la constituye el acopio de riqueza, que en el pasado se distribuyó entre el rey y sus amigos y en el momento presente entre quienes tienen acceso al poder por los mil vericuetos de la administración. La falacia de una modernización ha sido puesta en evidencia por la crisis, una vez más. Europa ha concedido un voto de confianza al Estado español –siempre tan renuente a seguir el camino europeo-. Tras la desaparición de Franco parecía llegado el momento de superar la brecha. La democratización y modernización de las estructuras socio-económicas daban la impresión de encontrarse al alcance de la mano. Han funcionado mecanismos de apariencia constitucional, con elecciones libres y gobiernos representativos. Ha tenido lugar un crecimiento espectacular… La crisis saca a la luz las deficiencias de tal crecimiento, basado en el despilfarro, especulación y corrupción. No se ha invertido en I+D+I; no se han realizado infraestructuras con criterio económico, sino político y quien ha podido ha desviado el dinero en su propio beneficio. Todo se ha ido en burbujas inmobiliarias y falsa contabilidad.
La frustración del ciudadano se hace insoportable en las horas bajas de la economía, en las que toca sufrir las secuelas del mal hacer de los gobernantes y el desánimo se extiende. Nadie sabe cómo afrontar la crisis, que golpea con mayor fuerza que en Europa, como resultado de la inadecuada dirección, seguida por el conjunto de gobiernos españoles. Fue en una situación similar, cuando la frustración social de Italia y Alemania, especialmente, derivó a la exaltación nacionalista. El internacionalismo de socialistas y comunistas fue aplanado por el rodillo fascista. La responsabilidad de los males nacionales se encontraba en el enemigo exterior y en quien se resistía a integrar la grandeza nacional, por encima de cualquier otra mira. En España el papel del judío alemán lo llenan el catalán y el vasco.
Para los españoles las aspiraciones nacionales de ambos Pueblos representan pretensiones inadmisibles y se muestran decididos a impedir su satisfacción, aunque sean democráticas. No es suficiente con atender las más razonables demandas dentro de lo que se conoce como Estatutos autonómicos, exigidas por quienes se muestran dispuestos a atenerse a la legalidad impuesta, sino que el hostigamiento se dirigirá en contra de cualquier reclamación de respeto a la identidad colectiva, considerada como un ataque a la esencia universalista de lo español.
Naturalmente, si el disidente manifiesta su propósito de enfrentarse de manera directa a la imposición forzosa de España, se encontrara con su judicialización. Pretender que se persigue únicamente la violencia es falso. Con la escusa de connivencia con quien utiliza directamente las armas, se ilegalizan los partidos que no se alinean con la peculiar manera de calificar la violencia de quienes tienen el poder, se pone bajo sospecha a quien disiente y se acusa judicialmente a las organizaciones cívicas de ser tapadera y situarse bajo las directrices directas de quienes se enfrentan a España por vía militar. La intelectualidad española denuncia las aspiraciones soberanistas y los esfuerzos culturales de las naciones sojuzgadas como resultado de miras cortas, propias de la cerrazón que anima el conjunto del impulso que lleva a reclamar la autoestima nacional. Califica a su nacionalismo español de universalista y reclama la identificación con la cultura hegemónica del Estado.
No únicamente la cultura oficial, sino también los medios de difusión extienden de manera acrítica estos planteamientos, siguiendo la práctica de Göbbels de que una mentira mil veces repetida, se convierte en verdad. Así está sucediendo en el seno de la sociedad española, que ha llegado a interiorizar este discurso. Nos encontramos con todos los ingredientes que posibilitaron al ascenso fascista. Frustración socio-económica, enaltecimiento de la propia identidad frente a cualquier otra y demonización de las colectividades a las que se considera responsables de los problemas propios. Poco importa que algunos tengan conciencia de defender valores izquierdistas. También ese fenómeno se dio en Italia y Alemania. La reconversión de socialistas y comunistas se posibilitó desde el momento en que se percibió a la comunidad propia en crisis.
Hoy en día ha desaparecido la conciencia solidaria que en otras épocas caracterizó al movimiento obrero, el único factor de contención que se enfrentó al Fascismo. El nacionalismo español se muestra más exaltado al estar convencido de su equidad, por haber interiorizado que responde a planteamientos abiertos y que vascos y catalanes se mueven por el egoísmo, cuando no por una tendencia enfermiza hacia la violencia. Los españoles no se consideran globalmente racistas, ni violentos y concluyen que la solidaridad nacional se rompe en estos dos puntos de manera injustificada. Su reacción les lleva a no hacer concesiones y a utilizar los medios legales de su estado de derecho en contra de toda manifestación de autonomía o soberanista que creen apreciar. Desde el poder que les confiere el dominio de las instituciones utilizan este con total arbitrariedad para perseguir cualquier signo de no conformidad. De este modo se comprueba la restricción de la libertad, que no alcanza únicamente a quienes se supone connivencias con quienes desarrollan la lucha armada, sino en contra de quienquiera que exprese comprensión, si no directamente a favor de los armados, sí hacia sus derechos como personas humanas que la propia Constitución española presume defender y de rechazo alcanza a los planteamientos políticos que puedan resultar coincidentes, a pesar de ser defendidos por los denominados medios democráticos.
Con tal panorama importa poco que, sobre el papel, no nos encontremos bajo una Dictadura como la franquista. Franco se limitó a dar forma a tendencias fuertemente arraigadas en el Estado español. Puede existir un texto constitucional en el que se recojan normas de expresión democráticas e, incluso, manifiesten sensibilidad social. Esa misma Constitución se halla presidida por definiciones autoritarias inequívocas que representan su verdadera identidad y se encuentra en manos de quienes tienen muy claras las ideas en la materia que nos ocupa. Culpar de estas limitaciones al régimen monárquico, quizás, tenía sentido en el momento de la desaparición de Franco. En el momento presente podría hacerse la transición a








