Espíritu, carne, materia o lo que sea.
La fiesta es ineludible en el enriquecimiento, el goce, la distensión y las relaciones humanas. Incluso puede afirmarse que es un indicador de la calidad humana y cultural de los pueblos. Profundamente consustancial a las vivencias familiares y sobre todo tribales. Pero fueron sin duda los entes de gobierno y sobre todo las religiones quienes se ocuparon de institucionalizarlas y sobre todo de pautarlas (hombre, lo de “putearlas”… es ya otro cantar). Este hecho significó sin duda una pérdida de su natural idiosincrasia y espontaneidad.
Yo diría que la masificación de la fiesta empobrece su matiz más carismático. No soy habitual ni en los San Fermines, ni en las “aste nagusia”. Pero alguna vez, por muy circunstancialmente que sea, has de colarte en su ambiente. Ambiente o lo que sea, sobre todo ahí, en el alma del jolgorio, donde el aire te ataca, ahíto de pestilencia y decibelios. Para un servidor, mortífera esencia, ya endémica en tantos festejos.
Reconozco que al menos en los grandes núcleos urbanos, te queda la posibilidad de asistir a algún buen espectáculo más estético, digno y mejor perfumado… Afortunadamente, no suelen faltar las expresiones culturales autóctonas. El problema es, que para poder asistir a lo mejores espectáculos, además de saber llegar a tiempo hay que cotizar sin sobresaltos.
De cualquier forma, el acceso a esta sección, en principio más culta y educativa de la fiesta, hoy por hoy, es un hecho selectivo y minoritario. ¿Será por lo de tentarse el bolsillo o por la falta de interés del personal? Ambos capítulos resultan preocupantes.
Que un buen espectáculo te sorba el riñón, deja entrever los entresijos de una sociedad prepotente y clasista. Que la “mara”, no pueda acceder a las exquisiteces de la cultura, por ignorancia o carencia de buen gusto, muestra el abandono o el desinterés de los gobernantes por educar a las clases menos privilegiadas.
El goce de las artes, quien lo duda, es el mejor antídoto contra el ocio derivado de la carencia de un quehacer o de una ilusión… ¿Pero cuánta gente puede entusiasmarse con la profundidad emocional y estética de la música clásica? ¿Qué porcentaje poblacional accede a la literatura, a la pintura…?
Pero me gustaría recalar, quizá por tocarme más de cerca, en las festividades de los pequeños núcleos rurales. Estos copian lo peor de los grandes núcleos urbanos y nunca pueden acceder a esas pocas ofertas de calidad que se programan, por ejemplo, en Donostia, Bilbo, Iruña o Gasteiz.
Departía con uno de mis deudos:
-No parece que se os quemen las pelas en la elaboración de los programas…
– ¿Pues?
– Hombre, no parece que os hayáis exprimido demasiado las meninges, prácticamente es el mismo programa de hace diez años. Bueno, dispensa… dispensa… que habéis suprimido lo del deporte rural, los partidos de pelota… las danzas y algún concurso de jotas…
– Es lo que hay…, se ha preferido sufragar las comidas populares, porque aunque te parezca mal, es lo que más quiere la gente…
– Ya veo. Hasta cocina internacional habéis puesto…
– ¿Cómo internacional…?
– Hombre aquí leo, sandwiches, “cocidito madrileño”…
– ¿Eso es internacional? Sí… como las pochas, los calderetes, los ranchos de conejo, la paella de los jubilados, y los aperitivos populares… No digas bobadas…
– Ya. Pero quizás hubiera sido más divertido y apasionante, que la gente, las cuadrillas hubieran montado sus concursos de calderetes o paellas o que se yo… de gamusinos al ali-oli…, que la gente participe…
– Déjate de sandeces… La gente es muy cómoda y prefiere que le pongas todo al morro… ¿O no?
– Si se lo ponéis tan fácil ¿cómo no? ¿Y si acudiera todo el pueblo?
– Pues comeríamos aleluyas. Que está todo bien estudiau. Si siempre vienen los mismos. Que hay mucha gente que pasa de apretujones, calores…
– Y de la contundencia de los menús… O sea que prácticamente siempre se benefician los mismos…
– Pues mira, gracias a ellos se mantiene la fiesta. Además la asistencia es libre.
Pues eso era el programa (para ser sinceros, había un concurso de disfraces, éste sí bien forastero, de superman): pienso, priva y vacas, muchas vacas… Por supuesto, creo que no hace falta apuntarlo, la misa de rigor con su correspondiente procesión. Actos, cada año más desnutridos… que la gente duerme inclusive a prueba de campanazos…
Perdón, olvidaba lo del lanzamiento del apero correspondiente. Se ve que ahora les da por restaurar un deporte rural que había quedado obsoleto. Azadas, horcas, layas, picarazas… lanzamientos de huesos de aceituna, ¡qué imaginación! No tardará en aparecer el iluminado que recurra a nuestra infancia, para rescatar en buena lid, la micción mas alta o más larga… Eso en la tierra de aizkolaris, korrikolaris, harrijasotzailes etc…etc…
Además por añadidura, el ayuntamiento, buen criterio para paliar la crisis, sufraga con el erario una buena dosis de la “priva”…
Veamos: Reparto de cava para el cohete anunciador, calimocho para los sandwichs de la muchachada, degustación de sangría, vermouth etc… Es la pequeña contribución de la municipalidad al embotijamiento popular…
– Paso del análisis de la calidad gastronómica de ese engendro virtuoso del calimocho -comentaba con un edil-. Lo de la sangría, si no la preñáis de ginebra… tira… Pero eso de que el ayuntamiento tenga que financiar la mugre ritual de la ducha de cava durante el cohete…
– Que es un cava de tres cuarto -me matizaba-.
– Hombre, no pensaréis ensoparos con Moët Chandon.
Lo del “panem, et circenses” aderezados con una buena bacanal, es un hábito ancestral, hondamente incardinado en las primitivas comunidades humanas, y sin duda seguirá siéndolo. Pero me cuesta admitir que rodeados de hambrunas, crisis y otras miserias, hayan de ser las instancias oficiales quienes con serias muestras de insolidaridad, den estas salidas a los caudales públicos.
Esto es, no entiendo que el municipio deba colaborar en la financiación de la cogorza popular, ni creo que el regocijo de la fiesta pierda quilates con la moderación.
Por supuesto, si no rompemos la patraña de que el espíritu festivo, no tenga otras fuentes que el “comercio, el bebercio” y las vacas, la degeneración de la fiesta y el nocivo adiestramiento generacional, estarán servidos.
– Se aburrirán, pero no eches vacas -me enfatizaba cierto alcalde- y no aparece un alma.
– Pues que se queden en casa y aprendan a administrar su ocio… Buena pasta gansa os ahorrarías para emplearla en otros menesteres más provechosos…
– No te empeñes, que aquí no hay otros menesteres…
Lo de siempre.
Aunque resulte inquietante, salvo honrosas excepciones, no parece que los consistorios de nuestras pequeñas villas, sean precisamente cenáculos de cultura y humanismo. Los de las pequeñas villas, los de los principales núcleos urbanos y los mismísimos antros del gobierno. Es lo que se deduce de la veneración que muestran hacia el patrimonio cultural autóctono. Y no olvidemos el humanismo que rezuman sus discursos.
Ignorantes compulsivos del pensamiento humanístico y del acerbo cultural, se rodean de asesores enteradillos y resabiados. “Dinamizadores” sociales, que sin sobrepasar un ápice los parámetros de la “cultura oficial”, son expertos en “dinamizar” el adoctrinamiento, adormecimiento e ignorancia de lo que denominan masa. Masas sin fermento, aptas para modelar.
Muchos tenemos más que la sensación de que nuestros pueblos andan por un desierto cultural. Dicen que los nuevos módulos de esparcimiento ya tan globalizados, son los signos de los tiempos. Masivas inauguraciones festivas ahítas de pringue y berreos etílicos, botellones, tomatinas, etc. etc. ¡Oh tempora, oh mores!
Ignoro si serán los signos de los tiempos. En tal caso, que Dios nos coja confesados. Uno, sin más ambages, los calificaría como signos de una sociedad vacía, insolidaria y desorientada o perversamente orientada.
La diversión, la necesidad de festejar es uno de los deseos más nobles, inherentes a la esenciadle hombre. Un espacio donde el hombre se concilia consigo mismo y con sus semejantes. El rito festivo resume la historia de la familia, del clan, del pueblo… y lo perpetua como signo identitario. En la medida que los pueblos se comunican y se interrelacionan, se intercambian costumbres, experiencias, etc… Y la fiesta no es ajena a este hecho.
Una sociedad abierta, no pude cerrarse a los influjos enriquecedores de otras comunidades, siempre que respete los propios. El problema surge, cuando al parecer se sacrifican los buenos hábitos propios, en aras de las peores modas ajenas.
Es lo que según mi criterio esta sucediendo con nuestros eventos festivos. Las estamos convirtiendo en rituales pobres y vacíos, sin contenido patrimonial, sin más objetivo que entrar en una dispersión del espíritu bastante descontrolada… “Hoy toca fiesta, a ver que me ofrecen o que encuentro por ahí”
Si tuviera que apoyar la fiesta con un eslogan, lo reflejaría de esta guisa: por la humanización, la dignificación, la imaginación y la estética de la fiesta.









