A España se le ha puesto muy mala cara. Y, como se sabe, la cara es el espejo del alma. Está enferma y ya no lo puede disimular. En un breve espacio de tiempo, se ha desmoronado aquella imagen de país moderno, preparado y solvente con la que se vendía al mundo hasta hace poco. La foto de la España actual que llega últimamente al exterior es bastante patética y preocupante. Los medios internacionales han puesto el foco en la península Ibérica y en cómo sus habitantes sufren la crisis. Abundan los reportajes sobre los desahucios por impago de las hipotecas, sobre la creciente pobreza de familias españolas de clase media y sobre los desmanes de los gobiernos realizados con los presupuestos públicos en los tiempos de la burbuja. Explican a sus audiencias que aquí se organizan maratones televisivos contra la pobreza o que la lotería pública recuerda que sus ingresos sirven para fines sociales.
Muchos de los espectadores que ven esos reportajes nos compadecen y algunos empiezan a solidarizarse económicamente con las víctimas particulares de la maldita crisis. Este es el caso de Azucena Paredes, una madrileña que fue desahuciada del piso social en el que residía con sus tres hijos de 1, 2 y 4 años. La crítica situación de esta mujer, que ahora vive de okupa en otro piso, apareció en una televisión noruega y levantó una ola de solidaridad en forma de aportaciones económicas. La más destacada es la que realiza la familia Larsen que le envía 400 euros mensuales desde diciembre para la alimentación de los niños.
Los europeos del norte vuelven a mirar a la sureña España como lo hacían hace treinta años. ¿Se acuerdan? El año siguiente al Mundial de fútbol del Naranjito la ciudad alemana de Munich acogió el festival de Eurovisión. La representante española fue Remedios Amaya, que interpretó ¿Quién maneja mi barca?. La canción tenía un estribillo que leído hoy era premonitorio: “Que a la deriva me lleva”. La cantante salió al escenario horrorosamente vestida y descalza. Quedó la última, empatada con Turquía, y con una dolorosa puntuación: cero points. La patética actuación conmovió a algunos espectadores alemanes que llegaron a ofrecer dinero a la cantante para que se comprara unos zapatos.
Para profundizar en esta nueva imagen internacional, sólo faltaba el diseño de los trajes que vestirán los miembros del equipo español en los Juegos Olímpicos de Londres de este verano. Parecen salidos del vestuario de una película de Paco Martínez Soria. “Casposos” o “poligoneros” son algunos de los adjetivos más amables que ha recibido el diseño de la firma rusa Bosco di Cliegi en las redes sociales. Como si aquí no hubiera buenos diseñadores de moda. En fin, esperemos que el público londinense no se compadezca de nuestros atletas y acaben apadrinándolos como hacen las oenegés con los niños del tercer mundo.







