Una lengua nacional


Las lenguas, y muy especialmente en Europa, no tienen sólo un valor funcional, de instrumento o vehículo de comunicación, tal como afirman algunos bien interesadamente: con este valor, las lenguas más «reducidas» serían fácilmente renunciables, en favor de las más grandes… y eso es lo que realmente quieren decir. No hablo de las lenguas en general, sino de cada lengua particular (y sobre todo de las llamadas «pequeñas»: del griego al sueco, del esloveno al noruego, y así cerca de una veintena, incluyendo la nuestra, que no es de las menores), que cuando es vista como culta y oficial, reconocida como propia y nacional, se convierte en cierto modo en símbolo de ella misma: lengua institucional significa valor y dignidad al igual que las otras lenguas. Ciertamente, la percepción de esta «dignidad» es esencial para la percepción eficaz de la dignidad propia del país o sociedad que la habla, y esencial para que actúen los mecanismos de cohesión y de adhesión: no es fácil adherirse o ser fiel a lo -país o idioma- que es visto como inferior y de menor valor. «Valor» y dignidad significan prestigio eficaz, uso preferente, en tanto que lengua propia, en todos los espacios de la vida social y política, en la cultura y en la educación. Porque el pueblo y país propio, el grupo de identidad básica del que se forma parte, no puede ser visto como indigno de ser asumido y reconocido como igual, so pena de alguna de las múltiples formas de enajenación o de esquizofrenia colectiva, o de alguno de los múltiples síntomas de desaparición por disolución. La lengua propia tampoco puede ser vista como inferior, indigna del mismo trato que las demás… so pena de ser abandonada a la primera ocasión o coacción. Como afirmaba Antoine Meillet, uno de los padres fundadores de la lingüística moderna, «une langue ne subsiste que misérablement là où elle n’est pas soutenue par un sentiment national». Y ésta es también la historia moderna de Europa, de Estonia a Eslovenia y de Grecia a Finlandia. Por ello, en este País Valenciano, lo que se defiende o ataca en materia de lengua (incluida en primer lugar la materia escolar) es, en último extremo, si somos o no somos un país digno de serlo. Demasiados políticos nuestros, evidentemente, piensan que no.

 

Publicado por El País-k argitaratua