Una esperanza esforzada

Durante los años de mayor estabilidad política, cuando las mayorías parlamentarias en Cataluña eran perfectamente previsibles, cuando en el horizonte sólo se veía más de lo mismo, la crítica política era calificada de «pesimista». Siempre me defendí de esta calificación explicando que cuando escribía procuraba dejar de lado mi estado de ánimo personal. Si mis análisis no anunciaban nada bueno, no quería que fuera a causa de ningún tipo de mal humor personal. Desgraciadamente, y demasiado a menudo, en los puntos de vista públicos se detectan no sólo estados de ánimo personales, sino también resentimientos, venganzas o complacencias agradecidas. No estoy sugiriendo que lo consiga del todo: sólo digo que intento evitarlo.

 

Pero ahora, cuando todo es inestabilidad, incertidumbre y colapso económico, cuando flaquea la confianza en el país, me escucho decir todo lo contrario. Cuando los tiempos son más abiertos que nunca al descalabro, pero también a las oportunidades de regeneración democrática y de plenitud nacional, resulta que paso por «optimista». El otro día un buen amigo me mostraba cariñosamente su preocupación por si mi «optimismo esforzado» terminaba en nada. La expresión «optimismo esforzado», que veo paralela a aquello del «pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad», me gusta porque denota que no hablamos de estados de ánimo. Si algún día pensaba que mis análisis estaban principalmente condicionados por un optimismo serotonínico, quiero decir, por un estado de ánimo acelerado por mis neurotransmisores, inmediatamente pediría la baja de articulista político.

 

De hecho, se trata de descubrir, entre las grietas de los muros hasta ahora más sólidos, las más pequeñas rendijas de esperanza. Sí: esperanza esforzada en las posibilidades de un cambio que nos permita salir tanto del lodazal de un statu quo putrefacto, como de la alternativa de un populismo vengativo y caprichoso. Del optimismo obsesivo, ¡dios nos libre! En este punto ya he escrito en más de una y de dos ocasiones que me guío por la sabiduría del padre Brown de Chesterton. En ‘Los tres instrumentos de la muerte’, Chesterton le hace decir a Brown: «Si alguna vez asesino a alguien, puedo asegurar que será un optimista». Y es que, jugando siempre con la paradoja, Chesterton cree que no hay nada tan insoportable como un optimismo compulsivo. Estoy de acuerdo.

Mi confianza en las oportunidades de una situación tan dramática como la actual, pues, no es resultado de un ejercicio de falsa ingenuidad para empujar alegremente a la gente hacia el precipicio. Se trata de una confianza profunda en el país. Sin tener que engañarme sobre la gravedad de los desafíos ni sobre nuestros tics autodestructivos, propios de la confortabilidad antigua y de las nuevas situaciones extremas, creo que los activos son todavía superiores a los pasivos. Una fuerza que es fácil de descubrir a ras del suelo, en el día a día de las personas, en la inmediatez del territorio, en el ámbito local, en las modestas organizaciones civiles, más que en la gesticulación de las grandes organizaciones ante las cámaras.

 

Me refiero a las discretas pero generales solidaridades domésticas; los estudiantes que no desisten de estudiar fuerte a pesar de la incertidumbre del futuro; los constantes éxitos en la investigación científica realizada en condiciones adversas, a las iniciativas empresariales que desafían riesgos enormes; los médicos y maestros que no traspasan su malestar ni al trato con el enfermo ni a su función docente; al periodismo insobornable que mantiene su independencia; al voluntarismo que no se cansa; a los políticos que asumen su responsabilidad a pesar de saber que se les tiene injustamente bajo sospecha. Estas son mis razones para la esperanza, y no un mero estado de ánimo.

 

La superación de los actuales desafíos sólo puede llegar desde una profunda confianza en nosotros mismos. La desesperanza es la antesala de la derrota. Por eso nuestros adversarios no paran de fomentarla. Mi esperanza esforzada y razonada, sin embargo, no es ni un vaticinio ni un presentimiento. Es sólo la confianza en las posibilidades del compromiso en un esfuerzo final.

 

 

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