La canícula nos deja, según cómo, un poco aturdidos. Pero también puede ser un momento apropiado para reflexionar plácidamente sobre algún tema de fondo, más allá de la rabiosa actualidad. Como la relación entre nación y lengua. Una reflexión que puede ser aún incluso necesaria, en la medida en que la situación de sprint hacia la libertad en que vive el país puede comportar en esta cuestión algún error de perspectiva.
Si somos una nación, es sobre todo porque tenemos una lengua propia. Es suficiente, para darse cuenta de ello, con evocar aquellos dos mapas, prácticamente idénticos, que publicó el Ciemen hace unas décadas, titulados «Aproximación a la Europa de las naciones» y «Aproximación a la Europa de las lenguas». «Para mí, la nación es la lengua», escribía Joan Maragall en una conocida carta abierta a Pere Coromines hace más de un siglo. Quizás lo sabemos en teoría, pero a menudo estamos lejos de «realizarlo» en la práctica.
El lenguaje (sin embargo el lenguaje es una abstracción: lo que hay son las lenguas concretas) es una característica antropológica de una profundidad insondable. La lengua expresa el pensamiento, pero a la vez lo posibilita y lo condiciona. Es el gran descubrimiento cultural que hicieron a finales del siglo XVIII las llamadas tres haches alemanas: Herder, Hamann, Humbolt. «descubrieron» que pensamos con palabras. Cada uno, fundamentalmente, con las de su lengua. Si pensamos con palabras, no pensamos igual según cual sea nuestra lengua. Porque cada lengua recompone el mundo a su manera. Y, como decía Wittgenstein, «los límites de mi lenguaje [digamos: de mi lengua] significan los límites de mi mundo». No hace falta compartir la idea romántica según la cual una lengua es una manera de ver el mundo, para reconocer que al menos lo colorea. La lengua no es un simple instrumento de comunicación intercambiable, sino que constituye y refleja el fondo de la personalidad individual y colectiva. No es lo mismo decir «si us plau» que decir «mesedez» o «por favor».
Muchos filósofos han tenido conciencia de ello. Hegel afirmó que Lutero, traduciendo la Biblia al alemán, hizo la mayor revolución que podía hacer, porque dio a sus compatriotas la posibilidad de hablar con Dios (religión) y de hablar del mundo (ciencia) en su propia lengua, y así los hizo dueños de sus propios pensamientos, que sólo son realmente propios si son expresados en la propia lengua. También el científico y filósofo francés Henri Poincaré reconocía que un inglés, un francés, un alemán o un italiano no pueden pensar exactamente igual porque no tienen los mismos recursos verbales. Por eso Unamuno decía (y Maragall le reprochaba no aplicarlo también al catalán): «La sangre de mi espíritu es mi lengua, y mi patria está allí donde resuene».
¿Por qué esto que es una evidencia para los alemanes, para los franceses o para los españoles, parece que no lo sea para los catalanes? Sin duda, porque el peor de nuestros males es el autoodio. Nuestra interiorización de la dependencia, de la «servidumbre voluntaria», muestra que tenemos aún pendiente, en buena medida, la más difícil de las revoluciones, que es la revolución mental. Nos cuesta acabar de creer que ninguna nación tiene derecho a dominar otra. Hace años, nos preguntamos si una nación sin Estado quería decir, en definitiva, un pueblo sin lengua. ¿Qué más nos tiene que pasar para que nos convenzamos de que necesitamos, para sobrevivir, un Estado propio? Ahora, sin embargo, me viene un mal pensamiento: si nos quitaran la lengua, aunque fuera como precio (con complicidades internas) para tener un Estado propio, lo que es yo, ya se lo daría todo. Si no salvamos la lengua, no salvamos la nación.
(*) Pere Lluís Font. Asociación para las Nuevas Bases de Manresa







