¿Por qué es tan poco aconsejable viajar?

Por no aguar la fiesta a la buena gente que acaba de tomarse unos días de vacaciones con ocasión de lo que llaman “puente” –causa de nuestra baja productividad–, criticaremos hoy la idea común según la cual viajar es cosa buena. Quizás lo sea hasta los treinta, máximo cuarenta años, cuando los hombres y las mujeres todavía se forman el carácter y se abren a experiencias inéditas, siempre enriquecedoras.

Pero después de estas edades, lo mejor es permanecer en casa, en el pueblo o en la ciudad, a lo sumo dentro de la comarca. Han sido legión los pensadores que han recordado aquel dicho de Horacio en la carta I, XI, 27: “Coelum no animum mutant qui trans mare currunt”, es decir: “Cambian de cielo los que atraviesan los mares, pero no les cambia el alma”. Pascal escribió un pensamiento muy mencionado, según el cual todos los males que nos acontecen en la vida proceden de no haber sabido quedarnos tranquilamente en casa, donde se puede leer, conversar, ver películas y escuchar la séptima sinfonía de Beethoven, por ejemplo. Lao-Tse, con sabiduría oriental, escribía: “Sin salir de casa puedes conocer el mundo; sin mirar por la ventana puedes conocer el Tao del cielo […]. Por eso el sabio conoce sin viajar, distingue sin mirar y cumple un destino sin tener que actuar”. El húngaro Frigyes Karinthy escribió un libro famoso y muy leído en los años 1940 –hay que tener presente que entonces el dinero no sobraba como para viajar–, titulado ‘Viaje alrededor de mi cráneo’, en el que glosaba el ‘Viaje sentimental’, de Sterne, que también prefería viajar por su mente más que recorriendo paisajes. Filóstrato, hoy poco leído, se manifestaba a favor de la vida sedentaria y la conversación –¡pasear por la ciudad o por el campo, eso siempre!

En su ‘Autobiografía’, Chesterton escribía que los viajeros –no quedan muchos– ven lo que ven, pero que los turistas sólo ven lo que han ido a ver. Italo Calvino explicaba que Pavese odiaba los viajes; en cambio, el gran Imre Kertész decía todo lo contrario, con mucha habilidad: «Me gusta ir de viaje, es decir, no encontrarme en ninguna parte»; observen que la frase es propia de quien todavía tiene que abrir su existencia al mundo entero. Diderot, por fin, en una carta a su amante Sophie Volland, le decía, paradójicamente: “Viajar me va bien, pero hay que reconocer que es una tontería”. ¡Toda una vida dentro de una maleta!

En fin: siempre habrá gente a la que le gusta viajar y gente a la que no gusta. Pero si tenemos que hacer caso a Spinoza, sólo nos salvaremos si pasamos la vida estudiando y tratando de comprender a fondo –no por encima, como hacen los turistas– todo lo que es susceptible de ser conocido.

ARA