(IV) LA RESISTENCIA DE LA NABARRA OCCIDENTAL CONTRA EL IMPERIALISMO CASTELLANO EN 1200 (IV de V)

«La unidad del Estado vasco, defendida durante tantos siglos, quedó no sólo perturbada, sino rota a partir del año 1200, siendo más dolorosa la desmembración, por tratarse de regiones que conservan vivos todos los elementos nacionales, principalmente el idioma» José Antonio Agirre Lekube, Lehendakari del Gobierno de Euzkadi

Escrito literal de José Antonio Agirre Lekube, Lehendakari del Gobierno de Euzkadi (1936-1960), en su libro «FIN DE LA DINASTIA PIRENAICA. Reinado de Sancho el Fuerte», publicado en 1966 por la editorial Erein de Buenos Aires (Argentina).

«El ataque fue simultáneamente dirigido por las fronteras de Aragón y por la de Castilla. Invadido el valle del Roncal y conquistado Aybar por el lado aragonés, Alfonso VIII penetró por las tierras de Álava apoyado en las anteriormente conquistadas tierras de la Rioja y puso sitio a Vitoria.

A pesar de la ausencia de su rey, aquellos vascos resistieron heroicamente mandados por su gobernador, Fernández de Gendulain. Nos dice el Arzobispo D. Rodrigo, que Alfonso VIII combatió a Vitoria con «cerco de largo tiempo».

La resistencia opuesta amenazaba con destruir los planes del monarca castellano, porque sin la su misión de Vitoria, que podía amenazar su retaguardia, no podía arriesgarse a continuar hacia el mar, ni alcanzar los límites pirenaicos que dividían al reino vasco del viejo Ducado de Aquitania.

Prolongándose el sitio muchos meses, Alfonso VIII prefirió iniciar una labor política de captación que favorecían lo propicio de las circunstancias y el espíritu perturbado de los magnates de todos aquellos reinos. Se dirigió a Guipúzcoa, la región fronteriza, dejando al frente de las tropas que cercaban Vitoria, a Diego López de Haro, el Señor de Vizcaya.

En realidad, los señores de Bizkaia eran entonces los Gebara, tras ser expulsados los López de Haro en 1131 por el rey de Nabarra Alfonso I el Batallador, tal y como explicamos en:

https://lehoinabarra.blogspot.com/2018/12/la-felonia-de-los-lopez-de-haro-y-como.html

El hecho de un rey ausente en tierra de infieles, amonestado por Bulas y legados papales y quizá excomulgado, con su reino en entredicho y en peligro de extinción a causa de su aislamiento, situado además en el bando contrario de Felipe Augusto y Alfonso VIII, cuyos hijos acababan de contraer matrimonio, ofrecía argumentos poderosos para convencer a los gobernantes de Guipúzcoa, de la inutilidad de la resistencia.

La corrupción introducida en el seno de los magnates vascos a quienes el reino de Navarra poco podía ofrecer, era terreno abonado para que prosperasen las promesas del castellano.

Casa torre de los Gebara del siglo XIII cercana al castillo (reconstrucción «Historia General del País Vasco» dirigido por Julio Caro Baroja). Realmente, los Gebara no traicionaron a Nabarra como creía Agirre, sino que fueron capturados por Castilla pero sin renunciar a su condición de navarros.

La casa de Guevara que gobernaba a Guipúzcoa por el rey de Navarra, venía de años atrás influida por las artes de la diplomacia castellana. El viejo espíritu de los Velas, sus antecesores, revivió otra vez a partir de 1179 cuando nada menos que el Señor de Guipúzcoa y Álava, Juan Velaz de Guevara, se separó del servicio de la corona de Pamplona y se reconoció vasallo de Castilla.

Como quedó señalado anteriormente este ejemplo venia alentado por el señor de Vizcaya, don Diego López de Haro ansioso de recobrar el resto de las tierras vizcaínas que aún permanecían fieles al tronco de Pamplona, para unirlas a sus ya considerables estados y posesiones (27).

En este comentario sobre los Gebara y su posible traición, no acertó el Lehendakari Agirre, es evidente que no manejó suficiente información. La situación provocada por el imperialismo castellano y la lealtad del cabeza de los Gebara a Nabarra, la relatamos en el artículo sobre esta familia. Pese a ser obligado a guerrear con Castilla en territorios lejanos tras ser derrotado, Eneko Ladrón de Nabarra dejó al frente de toda la Nabarra Occidental a su hijo Bela Ladrón de Gebara, a su vuelta 4 años después, volvió a tomar él todas las tenencias nabarras. Después de la invasión de la Nabarra Occidental, los Gebara siguieron teniendo una gran influencia en el reino baskón y gracias a ellos el rey de Nabarra Carlos II de Evreux logró liberar en el siglo XIV Gipuzkoa y Alaba durante unos años.

A nadie puede extrañar que en estas condiciones los magnates guipuzcoanos entregaran las fortalezas fronterizas al rey de Castilla cuando éste dejando el cerco de Vitoria se dirigió a Guipúzcoa. Imitaban el ejemplo de los Haros comenzado en 1076.

Unos después de otros han venido los historiadores, con raras excepciones, asegurando que Guipúzcoa se entregó voluntariamente el año 1200 al rey de Castilla, mediante el respeto a su libertad política.

El hecho de que la libertad política de Guipúzcoa fuera respetada es una verdad comprobada, como lo fue la de Vizcaya y Álava. En cambio, los motivos por los cuales se entregó Guipúzcoa, han sido adulterados en tal forma, que es preciso restaurar la verdad histórica.

Garibay fue el primer historiador que deseando explicar la conducta de Guipúzcoa, nos habla de unos supuestos agravios de la corona de Navarra contra Guipúzcoa y, sin más reflexión y sin pedir más pruebas, les siguieron los demás:

«Continuando el Rey D. Alfonso el asedio de Vitoria -nos dice- la provincia de Guipúzcoa deseando por muchos respectos volver a la unión de la corona de Castilla por desafueros que según por tradición antigua se conserva entre las gentes hasta hoy en día, había los años pasados recibido de los Reyes de Navarra, en cuya unión había andado en los setenta y siete años pasados siguiendo en lo próspero y adverso a los Reyes de Navarra, envió a tratar con el Rey D. Alfonso sus intentos y le significaron que si personalmente fuese a concertar y convenir la unión suya, se apartaría de Navarra».

«Este negocio siendo muy deseado por el rey de Castilla luego entró en Guipúzcoa en persona, dexando en su lugar en la continuación del cerco de Vitoria a D. Diego López de Haro. Asentaron sus cosas y convenios, encomendándose a la protección suya para cuyo efecto le entregaron la tierra, especialmente las villas de San Sebastián y Fuenterrabía y la fortaleza y castillo de Veloaga que es en el valle de Oyarzun que son en la frontera de Francia. En cuya tierra con esto hacia el Rey D. Alfonso libre entrada para los pretensos que le podían resultar, especialmente en el Ducado de Guyena, patrimonio de Inglaterra (26)”.

Subrayamos las últimas palabras, porque ellas encierran el motivo fundamental de la agresión castellana en esta época, hecho que recoge el cronista imperial Garibay, pero al que no le da ninguna importancia, por el descuido y hasta total olvido con el que trataron los asuntos que sucedían más allá del Pirineo. Encargados de apología de la gloria de Castilla, no podían admitir ni la corrupción ni la violencia, en los actos de sus reyes.

Pintura de Teixeira 1634.

En este comentario se equivocaba Esteban Garibay (o no), el Cronista de Felipe II de Las Españas (s. XVI), el cual sigue la tradicional defensa de los Fueros nabarros como un pacto entre la corona de Castilla y los gipuzkoanos durante la invasión y ocupación del territorio a Nabarra. Sabemos que el castillo de la Mota de San Sebastián-Donostia sostuvo una gran resistencia con su tenente Johan de Bidaurre al frente, una de las 12 familias más poderosas del reino baskón, las cuales tenían el privilegio de elegir o «alzar» al rey y eran las de: Almorabid, Aibar, Baztan, Arroz, Leet, Subiza. Rada, Bidaurre, Cascante, Monteagudo, Mauleón de Zuberoa y los Gebara. Es más, el rey de Nabarra debió de quedar muy satisfecho ya que Bidaurre fue recompensado por su heroica defensa por Sancho VII el Fuerte con nuevas tenencias.

Pero en la necesidad de encontrar una explicación, acudieron al medio más sencillo, cual fue el de cargar las culpas al agredido, justificando la actitud de magnates guipuzcoanos por la irritación que les producían los desafueros cometidos por la corona de Pamplona, aunque sin aducir cuáles fueron éstos ni la prueba en que descansan. La tradición a que Garibay se refiere, no arranca de la época de los sucesos -los cronistas nada nos dicen- sino de otros posteriores en los que el genio nacional vasco se hallaba perturbado.

En cambio, el hecho de que a ninguno de los magnates de la Casa de Guevara se le vea figurar en adelante al lado de Sancho el Fuerte su Rey y sí en la Corte de Castilla, confirma la inmensa corrupción y confusión introducidas en las tierras vascas y explica la escasa violencia que Alfonso VIII hubo de emplear, si es que la empleó para obtener su entrega de parte de los que gobernaban Guipúzcoa.

Lapurdi fue tomada en 1174 por Ricardo Corazón de León (duque de Aquitania), el resto de la Nabarra Marítima hasta Castro Urdiales, entre 1199-1200 tal y como queda reflejada en la documentación internacional (Laudo de Londres de 1177 y documentos sobre fronteras de Ricardo Corazón de León de 1190), por lo que hasta esas fechas, Bizkaia entera estaba dentro de Nabarra. Es probable que Diego López II «el Malo», entrara desde los valles de Ayala, Mena y las Enkartaciones, dominados por sus parientes y aprovechando las tropas castellanas acantonadas en Malmasín (Arrigorriaga) desde 1173, mientras que las tropas castellanas lo hicieron desde el sur alavés. En el mapa, el recorrido de las tropas castellanas durante la conquista.

Siguió a pesar de ello resistiendo Vitoria, hasta que haciéndose insostenible su defensa, marchó a África el obispo García de Pamplona, con un representante de los sitiados, para informar al rey Sancho de la verdad de la situación y obtener de él, siguiendo los usos feudales aún en uso, el permiso de rendición. Lo otorgó Sancho el Fuerte y Vitoria capituló, conservando la tierra de Álava su soberanía y gobierno propio. Ni siquiera se incorporó a la monarquía castellana. Se exceptuaron Vitoria y Treviño, plazas en las que el rey Alfonso de Castilla puso sus gobernadores, por creerlo necesario sin duda para sus futuras operaciones militares (29).

La villa de Vi(c)toria Nova, fundada sobre la puebla de Gasteiz

El Lehendakari Agirre se equivocaba también en esta cuestión, se ve que la información de la época no era completa. Las excavaciones que con cuenta gotas se van haciendo en castillos nabarros de Bizkaia o de Gipuzkoa (con la resistencia de la Diputaciones en muchos casos, las cuales hemos vivido en primera persona), nos informan de una feroz resistencia, como en el caso del castillo de Astxiki, en el paso por Urkiola en los montes de Durango en Bizkaia o en el castillo de Aitzorrotz en Eskoriatza (Gipuzkoa) excavada por Iñaki Sagredo Garde. Otros como el castillo de Ausa (Abaltzisketa-Zaldibia), fue tomado y liberado después, para ser tomado de nuevo por Castilla ya en el s. XIV. La presencia en Galdakano, frente al castillo de Malmasín (Bizkaia), a finales del siglo XII de nobles nabarros y de sus mesnadas, está también suficientemente documentada y arqueológicamente demostrada, anteiglesia que entonces abarcaba también Artxanda (Bilbao), Etxebarri, Gumuzio de Etxano (Amorebieta-Etxano) y Bedia.

Guipúzcoa en cambio, aceptó por señor al rey de Castilla, guardando también sus leyes y gobierno propio. El pacto Guipúzcoa con Alfonso VIII, de existir, fue verbal. El pacto de San Sebastián de 1200, que algunos historiadores han transcripto como auténtico y en el que se recoge la incorporación de Guipúzcoa a la corona de Castilla, mediante la reserva de su soberanía, es una pieza apócrifa, rechazada por todos los historiadores serios.

Mientras tanto, Vizcaya, más separada aún de Pamplona por la invasión de las regiones intermedias de Álava y Guipúzcoa, incorporó a su territorio el Duranguesado, comarca que habiendo vivido unida a la corona de Pamplona, conservó dentro de Vizcaya su fuero propio.

Vivió Vizcaya como Estado independiente regido por su señor Diego López de Haro, el amigo de Alfonso VIII, a quien hemos visto apoyando la ambición del rey de Castilla en el cerco de Vitoria. Esta amistad no impidió que Alfonso tratara al territorio vizcaíno como tierra propia al servicio de sus propósitos. La historia de los magnates vascos, registra poca diferencia con la conducta de los poderosos en el resto de Europa.

Las regiones vascas desmembradas constituirían en adelante verdaderos Estados que se regirán por sus leyes elaboradas por ellos mismos. El respeto a su libertad entraba dentro de los planes políticos de Alfonso VIII. Era quizá el único medio de obtener su desmembración de la corona de Pamplona, tratándose de tierras acostumbradas a no soportar yugo ajeno. Esta misma política seguía en Francia Felipe Augusto para atraerse principalmente a Normandía.

Las regiones segregadas por la coacción y la intriga vieron en el respeto a su soberanía un medio de conservar sus instituciones propias y aceptaron el hecho. En una época tan perturbada, la conciencia y la voluntad popular no pudieron, al igual que sucedía en el resto de Europa, impedirlo.

A partir de entonces, girarán en la órbita de influencia de Castilla viéndose comprometidas en cuantas empresas y perturbaciones se su cedieron abundantemente en España.

La unidad del Estado vasco, defendida durante tantos siglos, quedó no sólo perturbada, sino rota a partir del año 1200, siendo más dolorosa la desmembración, por tratarse de regiones que conservan vivos todos los elementos nacionales, principalmente el idioma».

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