Repaso mentalmente, dentro de los límites de mi pobre memoria, en qué momentos de la historia, o en qué etapas o siglos, las generaciones, pueblos o países de Europa han conocido tanta prosperidad, bienestar y riqueza como nosotros. Nosotros, los que ya hemos superado más o menos largamente el medio siglo de vida, hemos conocido la llegada de una manera de vivir que los griegos antiguos, los romanos, los europeos medievales o renacentistas, los del siglo XVIII o los del siglo XIX no conocieron nunca, ni imaginaban. Ni siquiera los de la primera mitad del siglo XX. Hemos conocido la mayor acumulación de riqueza de la historia, hemos comido bien y por poco precio, nos hemos vestido dignamente (los pobres tan dignamente como los ricos, lo antes nunca visto), hemos disfrutado de viviendas confortables, con electricidad, agua corriente, calefacción e incluso con el lujo inaudito del aire acondicionado. Hemos viajado masivamente, cada vez más lejos, hemos tenido largas vacaciones pagadas, hemos tenido transporte fácil y barato, vehículos privados abundantes, seguros y comodísimos (compare ello, en el mejor de los casos, con los carros o las diligencias…). Hemos disfrutado de espectáculos continuos, en espacios públicos o a domicilio con imágenes en colores, y de toda distracción imaginable, incluidos bares innumerables, restaurantes, estadios, centros que llamamos de ocio, juegos de todo tipo, y en los últimos años también toda tipo de aparatos electrónicos transportables con posibilidades ilimitadas. Hemos tenido paz asegurada, orden cívico, atención médica eficaz y asequible, hospitales bien equipados, analgésicos y antibióticos contra el dolor y las infecciones, pastillitas para los malestares del alma, y además cuentas corrientes en el banco, ingresos monetarios razonables, y la seguridad de una pensión para cubrir la última etapa de la vida. Y la gran novedad no es sólo que hemos tenido todo eso, sino que lo hemos tenido de una manera creciente, cada vez con mayor abundancia, y cada vez al alcance de un mayor porcentaje de la población. Explicar o recordar todo esto (y podría hacerlo con más detalle) puede parecer perfectamente una banalidad, sólo una descripción sumaria de lo que sabe todo el mundo, una idea sin ningún interés. Y no es así: es el resumen de la realidad de nuestro tiempo, tan rara en el curso de la historia, tan nueva, tan insólita y tan inesperada, pero que ha sido velozmente asumida como si fuera el estado natural de las cosas. Nos hemos adaptado y habituado en pocos años al bienestar creciente como si hubiera existido siempre, como si la memoria del larguísimo pasado pobre, inseguro y precario se hubiera borrado de golpe, para dejar paso a una satisfacción vista todo de una como perpetua y natural: como si tuviéramos derecho, desde siempre y para siempre, a todo aquello que sólo hemos conseguido los últimos años o décadas. Como si el derecho llegara a exigir «mucho, de todo, ¡ya!», Como decía una célebre frase contundente y bárbara.
Desde el paleolítico hasta la segunda mitad de nuestro siglo XX, la mayor parte de la población (hablo de Europa, y especialmente de esta nuestra modesta Europa del sur) había tenido siempre poco de todo, con poca variedad, y con mucha necesidad de paciencia. Y, de pronto, apenas en un par de generaciones, llega la más gran revolución jamás conocida: prosperidad creciente, seguridad, confianza, la riqueza que aumenta, se acumula y se esparce de forma nunca vista. El resultado de tan gran revolución es formidable, admirable, y no vale negarlo con el argumento de sus propios defectos: sólo vale compararlo con tiempos pasados, remotos o recientes. Tan admirable, que su éxito mismo ha provocado (vuelvo a hablar sobre todo de Europa) un exceso inaudito de insensatez: todo tenía que ser tan bueno como era y aún mejor, la prosperidad debía ser ilimitada, teníamos derecho a tener mucho de todo, y de manera inmediata. Incluso, o sobre todo, teníamos derecho a disfrutar de lo que no habíamos ganado ni producido: a crédito, obviamente. Sin pensar que quien gasta lo que no tiene, quien consume lo que no ha producido, un día u otro tiene que pagar la fiesta. Ahora, por tanto, la fiesta ha terminado y hay que pagarla. Hay sobre todo que aceptar -y si puede ser con buena cara- que con un poco menos de todo también se puede vivir virtuosamente bien. Que la nueva modestia obligada es, en definitiva, la antigua manera de vivir. Y que esto que nos pasa no es una crisis, es un retorno a la normalidad.







