Nacionalismos, naciones

Ya hace muchos años que por el ancho mundo circula todo una ancha corriente de discursos, libros y papeles que coinciden en lamentar la maldad intrínseca de cualquier forma de «nacionalismo» (definido siempre negativamente, claro), lo que implica una curiosa posición mental condenatoria sobre el hecho nacional mismo, como si fuera una especie de sarampión de la humanidad, una desgracia histórica, una plaga, y en todo caso un arcaísmo a extinguir. Extraña ideología que pretende pasar a menudo por progresista o liberal, mientras ignora que ya hace mucho tiempo que las sociedades humanas (primero en Europa, luego en el resto del mundo) organizan el progreso y la libertad dentro de unos espacios que llaman naciones, y que quien no dispone de este espacio, o no de manera suficiente y satisfactoria, difícilmente puede encontrarse cómodo entre tantos otros que sí disponen plenamente. Porque afirmar que la «vida en nación» es la forma y el marco que define la vida moderna en sociedad no es ningún «nacionalismo» de peligrosa especie doctrinal, no es una posición ideológica: es una constatación. Pensar, por tanto, que el «tema de la nación» es cosa superada y arcaica, sin interés práctico ni teórico, o que es fuente de todos los males, equivale simplemente a navegar por el mundo de las ideas volátiles y sin peso. O pensar -pensar poco, en realidad- con una muy interesada mala fe, por mucho que se disfrace de liberalismo constitucional.

 

Ignorar o menospreciar determinados aspectos y dimensiones de la realidad, cuando esta realidad no encaja en unos modelos conceptuales previos, es un viejo hábito mental que ya viene de Platón, pasa por Marx y llega igualmente a sociólogos de la escuela de Frankfurt y a los economistas de la escuela de Chicago. Es interesante, por otra parte, que las dos grandes ideologías llamadas «de la modernidad», el socialismo más o menos marxista y el liberalismo más o menos democrático, pretendan ser ideologías de la racionalidad económica, o más aún: ideologías para las que todo es reductible al modelo económico, sea el mercado o sea la planificación. Aplicando el mismo método y modelo, la economía -la producción, el capital y los mercados a escala continental o planetaria- enseñaría que las naciones no «tienen sentido» ni espacio en el futuro, y sobre todo, ay, las pequeñas naciones. No encontrarán allá lugar cultural o político, tampoco, por los efectos de esta economía global, que son la unificación planetaria del consumo y los comportamientos (todos bebemos Coca-Cola y bailamos rock o lo que corresponda), y por la unificación de los centros de poder, sean las empresas multinacionales, la Unión Europea o el FMI.

 

Entonces, no es eso: las naciones no son construcciones folklóricas particulares que se puedan desmontar y sustituir con un folclore universal, ni conjuntos de obradores de artesanía que serán anulados por Microsoft o General Motors, ni simples estructuras de poder local que se desvanecen ante Wall Street o los eurócratas de Bruselas. Son otra cosa: son el hábitat propio de las sociedades modernas dentro de un hábitat universal compartido, o más exactamente la forma moderna de habitar el mundo, y eso es inescapable. Al menos, hasta que no se invente otra forma de «estar en el mundo», sustitutoria de esta e igualmente universal. Pero no veo ninguna señal de que esté próxima la aparición de ámbitos de identidad equivalentes y sustitutos de los que ahora son percibidos como nacionales: complementarios sí, pero sustitutos y equivalentes, no. Otra cosa es que todos nos encontremos, o no nos encontremos, cómodos, repuestos y pacíficos, en la nación o en el trozo de nación que nos ha tocado. Y que nuestro mapa, frontera y Estado sean un espacio estable o inestable, hecho o a medio hacer, tranquilo o conflictivo. Supongo que son más felices los que tienen la nación en paz -al menos porque tienen un problema menos-, pero quizá a nosotros no nos ha tocado esa felicidad. Nos queda el deber, o la pasión, de seguir buscándola. Y si, por esta modesta y humanísima pretensión, debemos asumir el calificativo de «nacionalistas» -como un reproche que nos asocia a gente de la peor especie-, nos resignaremos practicando alternativamente el comprensible vicio de la indignación y la universal virtud de la paciencia.

 

Si se repasa un poco la historia de las ideas, se constata que para los liberales ingleses o franceses de la primera mitad del siglo XIX, los imperios, o los grandes estados expansivos (y colonialistas), parecían una condición casi natural, y en todo caso no la imaginaban reversible a corto plazo. La libertad -la de los pueblos, por ejemplo, como la de las clases subalternas- era un magnífico principio universal: a condición de no intentar ponerlo en práctica. En efecto, quien hizo fuerza para aplicar un principio tan liberal como el de las nacionalidades no fue un hombre de Estado europeo sino el presidente Wilson, y sólo después de que los imperios interiores de Europa (al menos los que eran reconocidos como tales) ya habían reventado por todas las costuras como resultado de la Gran Guerra y de las tensiones acumuladas. En un siglo, pues -lo que va del Congreso de Viena de 1815 a los tratados de Versalles de 1919-, se había abierto camino el principio de que los pueblos, como tales pueblos, eran sujetos de derechos. No los príncipes soberanos, como cien años antes, sino los pueblos.

 

Pasó la II Guerra Mundial, y el derecho a la independencia, es decir a «separarse», se convirtió en tan imparable y tan universal, que a lo largo de la segunda mitad del siglo XX han sido reconocidos unos 150 estados nuevos. Y ésta es la historia contemporánea. No estoy seguro del todo, ahora mismo, de si la «reivindicación separatista» de Cataluña tendrá el éxito que unos deseamos y esperamos y que otros miran con horror. Sé que, por parte de los que se oponen, la virulencia, la ignorancia, el insulto y el desprecio dominan, y de largo, sobre la consistencia de los razonamientos. Como en estas líneas ejemplares, obra de un conocido escritor, en un conocido diario de Madrid: “Nunca una reivindicación separatista resultó más grotesca y tan ajena a lo real. Todo caso de este tipo, sea del carácter que sea, denota síntomas de neurosis suicida o delirio institucional o cerebral”. Será que el mundo entero («todo caso de este tipo») ya lleva un siglo largo de alienación delirante, de cerebros alterados y suicidas, y que la buena salud mental era la del Congreso de Viena y los imperios.

 

 

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