«¿Somos como moros en la niebla?»

El escritor iurretarra y la editorial Pamiela adelantan, en exclusiva para GARA, una selección de las «notas y propósitos», tal como las cita el autor, que se publicarán junto a la edición en castellano de «Moroak gara behelaino artean?». La edición revisada suma 200 páginas a la obra y se presentará ante el público el martes, en el Kafe Antzokia de Bilbo.

 

21. Algarabía: al-arabiya, `lengua árabe’, era el nombre que se daba al lenguaje morisco. Obsérvese el doble sentido que posee esta palabra en castellano: `lengua árabe’ y `galimatías’, `bulla’, `lío’, `confusión’.

El clérigo ilustrado asturiano Francisco Martínez Marina utilizó la palabra algarabía para designar una «lengua sin cultura» en un escrito despectivo sobre la lengua vasca en que ni siquiera la menciona como tal: «Bien es verdad que en algunos ángulos del norte de nuestra península, en los valles, así como en las montañas, se habla hoy por algunos, especialmente por la gente rústica, una cierta algarabía a que se ha pretendido dar nombre de lengua original, y aun de lengua sabia».

Francisco Martínez Marina, «Ensayo histórico crítico sobre el origen y progreso de las lenguas, señaladamente del romance castellano. Catálogo de algunas voces castellanas puramente arábigas o tomadas de la lengua griega y de los idiomas orientales, pero introducidas en España por los árabes», «In Memorias de la Real Academia de Historia, 1805».

 

50. Cuando Max Weber elaboró su sociología de la religión, realizó la siguiente observación de sicología social. El hombre rico, frente a los pobres desgraciados que lo rodean, además de tratar de ser feliz con lo que posee, tiene un marcado interés en que nadie dude de que su riqueza es justa. Es más, quiere acreditar que si él es rico es porque se ha ganado esa suerte y esa riqueza, del mismo modo que el pobre se merece su infortunio y su pobreza. Se trata de una teodicea de los privilegios. Esa confirmación de la legitimidad de las desigualdades sociales es lo que, a juicio de Max Weber, el rico encuentra en la religión.

64.

 

En el siglo XVIII, el botánico sueco Karl Linneo, que firmaba «Carolus Linnaeus», distinguió cuatro razas en su empeño de explicar el sistema de la naturaleza: el Homo Europaeus: «blanco, rubio, inventivo, gobernado por leyes»; el Homo Americanus: «piel rojiza, colérico, testarudo, alegre, amante de la libertad»; el Homo Asiaticus: «piel olivácea, melancólico, agudo, duro, severo, gobernado por la opinión»; y el Homo Afer: «piel negra, indolente, de costumbres viciosas, nariz de mono, imprevisible, perezoso».

El hombre blanco europeo era el principal, claro está, debido al peso de tantos prejuicios. Y como no son antropófagos, dicho sea de paso, los racistas no solían interesarse especialmente por el físico como tal del ser humano. Los hombres de negocios de los siglos XVIII y XIX pensaban, más bien, en el uso instrumental de esos cuerpos.

255.

 

 

La de las cabezas cortadas es una imagen que aparece una y otra vez en la guerra de Marruecos. Se ha recurrido a ella a menudo como argumento para demostrar la ausencia de compasión entre los moros, que se representan con cabezas ajenas en las manos. En los Estados Unidos, durante la conquista del Oeste, se cortaba la cabellera de los enemigos, lo cual se empleó más tarde como prueba de la brutalidad india. Tanto las cabezas cortadas del norte de África como las cabelleras del oeste de Norteamérica eran pruebas de la pieza cazada, que el poder pagaba tras las cacerías humanas a tanto la unidad de rebelde abatido. Eran evidencia también de la desequilibrada arrogancia de los homicidas y un aterrador aviso para los que quedaran vivos.

280.

 

Según la información que le dio Pedro Pablo Astarloa a Wilhelm von Humboldt en 1801, los castigos por utilizar la lengua vasca eran frecuentes. En la escuela de Durango, el maestro le ponía el `anillo’ a un alumno al comienzo de la semana. Aunque resulte paradójico, a ese chiquillo se le llamaba `el rey’, y tenía que sorprender a alguien hablando en vasco entre sus compañeros para pasarle el anillo. Tanto en el interior del aula como en el patio regía la prohibición. Al final de la semana, el maestro preguntaba quiénes eran los niños que habían merecido el anillo, es decir, `los reyes’. Estos tenían que ponerse de pie, en fila, con los brazos extendidos hacia adelante, postura en que el maestro les levantaba la blusa por detrás y les zurraba en el trasero.

282.

 

 

León XIII había publicado en mayo de 1891 la encíclica «De rerum novarum», sobre el deber que contraen los patronos con sus trabajadores, donde explicaba la doctrina social de la Iglesia, criticaba el socialismo y predicaba la caridad. Pero era demasiado tarde. El movimiento obrero ya era fuerte para entonces y se había alejado considerablemente de la Iglesia. El papa Pío XI diría que la pérdida de las masas trabajadoras era, para la Iglesia, «el acontecimiento más lamentable del siglo XIX».

387.

 

 

A Mohammadi ben Ahmed le cortaron una oreja en 1893; a Mohamed Amezián lo describían en un artículo de 1909 como de «mirada traidora, como sus actos»; a El-Gomari lo asesinaron en el mismo año sin mayores explicaciones; a los regulares nunca se les consideró del todo fiables; también Mohamed ben Abdelkrim sería un `traidor’. Fueran supuestas o reales las traiciones, el hecho es que los españoles no se fiaban de los moros.

Los consideraban astutos, simuladores y tramposos, y tenían razón. Los moros no eran de confianza y, de hecho, no podían serlo. No podían ser honrados, sinceros e ingenuos, con los españoles al menos. En la situación de dominación que estos habían instaurado, los moros estaban obligados a adaptarse de algún modo y disimular de diversas maneras. Tal vez simularan fidelidad ante sus patrones, encubriendo sus verdaderos sentimientos e intenciones.

Es un tópico frecuente entre los opresores el de considerar astutos, simuladores y tramposos a los oprimidos. De hecho, con frecuencia suelen tomar esa `maldad congénita’ de los oprimidos como motivo para someterlos. Para los oprimidos, en cambio, acomodarse a las normas, vivir como ajenos a su circunstancia es forzoso, sobre todo en situaciones de violencia extrema, ya que es la mejor manera de mantenerse a salvo.

465.

 

 

El soldado inmerso en una guerra actúa sin comprender bien qué está ocurriendo en un nivel más abstracto de los hechos. Lo que ahí está aconteciendo en sentido militar, político o histórico se encuentra en otro plano. Es más, `lo otro’ que está sucediendo en esa guerra se decidirá más tarde, dependiendo de si su ejército haya ganado o perdido y de otros factores.

La `paradoja del soldado’ aparece bien explicada en «La cartuja de Parma» de Stendhal, cuando Fabrice Valserra del Dongo se ve viviendo su propia experiencia en la batalla de Waterloo. Es interesante también el relato que en «Paz en la guerra» hace Miguel de Unamuno, quien sigue a Ignacio Iturriondo por el Duranguesado: «¿Y era aquello? ¿Era aquello la guerra? ¿Para aquello había salido de casa? Continuaron de pueblo en pueblo, y de monte en monte, sin descanso, ya por la carretera polvorienta y adormecedora, ya por viejas calzadas pedregosas, alguna vez por antiguos lechos de regatos, que dejados en seco merced a un canalillo lateral, servían de calzada en las encañadas. Recibían noticias contradictorias y murmuraban de la campaña…».

Arturo Barea, en un pasaje de «La ruta», compara la experiencia del soldado con la del actor que trabaja para una película: «Cuando el actor ve la película terminada, difícilmente se reconoce a sí mismo y tiene que forzarse para reconstruir mentalmente las escenas que repitió un sinnúmero de veces. El actor así llega a tener dos distintas impresiones: una es parte de su propia vida […]. La otra se produce cuando ve la película terminada, en la que ha dejado ya de ser él mismo y es una personalidad distinta, es parte de un argumento, es una persona con una vida artificial que depende de la forma en la cual las escenas que él interpretó se encadenan con las escenas que ejecutaron otros».

532.

 

 

Por encima de la `Geografía Universal’ se encumbró la `Historia Universal’. David Hume y Adam Smith desvelaron el esquema del desarrollo de la historia: caza, pastoreo, agricultura, comercio… Occidente se encontraba en la cuarta etapa de su desarrollo, mientras que las demás regiones seguían en etapas más atrasadas. Junto a la idea de `progreso’, los filósofos, economistas e historiadores escoceses idearon el concepto de `atraso’, convirtiendo a los `salvajes’ de la geografía universal en los `primitivos’ de la historia universal. Los pueblos de Occidente, según ese esquema histórico, pasaban a ser conocedores del pasado y del futuro de los demás pueblos y, de esa manera, prácticamente sus dueños.

563.

 

James Button fue el nombre oficial que se dio a un muchacho de alrededor de catorce años de la etnia yagan que en abril de 1830 fue comprado a cambio de un botón de nácar, de ahí su apellido, y embarcado en el HMS Beagle. En realidad, el pensó que lo llevaban a cazar guanacos. Fue trasladado a Inglaterra, junto con otros tres nativos de otra etnia que habían sido tomados como rehenes, para ser educado en Walthamstow y aprender inglés, principios de cristianismo, utilización de herramientas corrientes y nociones de agricultura y mecánica.

A pesar de los cuidados, uno de ellos murió con síntomas de viruela. Los otros tres fueron presentados en la corte a sus majestades el rey William IV y a la reina Adelaida. En junio de 1831, el Beagle volvió a la zona meridional de América del Sur con el objetivo de continuar con la investigación, en la que participaba Charles Darwin como naturalista, y con miembros de la Sociedad de la Iglesia Misionera que tratarían de establecerse en el país con la ayuda de los tres indígenas que quedaban vivos. En enero de 1833, Jimmy Button se encontró con su gente, los yaganes, recolectores costeros, canoeros errantes de los canales, y encontró a su madre y hermanos, aunque el padre había muerto. Jimmy Button prefirió quedarse con su gente en los canales fueguinos, desnudo como los demás de su tribu, a pesar de la incredulidad de Darwin.

Una veintena de años después, miembros de la Sociedad Misionera Patagónica intentaron recabar la colaboración de Jimmy Button para evangelizar a los indígenas, a lo que se opuso este. En 1860, cuando construyeron la misión e iban a celebrar la primera misa, fueron atacados por los indígenas y los mataron a casi todos. Los yaganes, y particularmente Jimmy Button, fueron acusados de haber participado en la matanza y encarcelados en las islas Malvinas, donde murieron masivamente a causa de la viruela.

573.

 

 

En base a la misma comparación, comprendido el resignado realismo de Antoine d’Abbadie, es memorable también la invencible esperanza de Elías Canetti: «Me sentiría aliviado con que un toro, un solo toro, pusiera en fuga de un modo lamentable a estos héroes, los toreros, y, junto con ellos, a una plaza entera ávida de sangre. Pero preferiría la revuelta de las víctimas menores, de las suaves y dulces ovejas, o de las vacas. No comprendo cómo esto no puede ocurrir nunca».

626.

En la sala de cine recién apagada, mientras se iluminaba la pantalla, sonaba la sintonía y se oía la presentación: «El mundo al alcance de todos los españoles». Antes de cualquier otra película, el «Nodo»: auténtico cinéma vérité de la nación-estado creada por el Ejército de África.

1201.

 

 

A mediados del siglo XIX, el deseo de libertad de los esclavos era considerado como `anómalo’ por muchos psicólogos norteamericanos, pues consideraban que la esclavitud era una condición normal. Por ejemplo, Samuel Cartwright redactó un «Informe sobre las particularidades y las enfermedades psíquicas de la raza negra», que vio la luz en 1851 en el «New Orleans Medical and Surgical Journal». Científicamente, se denomina drapetomanía a la tendencia demente que presentan algunos esclavos a darse a la fuga. Se explicaba así: «Es una ofuscación mental semejante a la esquizofrenia, pero normalmente tiene cura».

El tratamiento tradicional para la curación era fiable, obviamente: bastonazos, grilletes, hierros al rojo, mutilaciones de orejas y otros remedios naturales.

1283.

 

 

Todos nos escandalizamos cuando se prohíbe un libro y se procede a retirarlo de los escaparates de las librerías. Se trata de una censura `incidental’.

Pero supongamos que ese mismo libro ha sido publicado por una editorial pequeña que no tiene manera para promocionarlo. El libro no aparece en ningún medio, no se traduce a otras lenguas y ni siquiera es adquirido por ninguna biblioteca. Así ha funcionado por lo general la censura `sistemática’.

 

 

 

NOTICIAS DE ALAVA

LUIS Mª OKARIZ

JOSEBA SARRIONANDIA

«Todos somos moros de alguna manera»

 

Tras un año de arduo trabajo llega ahora a las librerías, de la mano de la editorial Pamiela, ‘¿Somos como moros en la niebla?’, la versión en castellano del libro de Joseba Sarrionandia (Iurreta, 1958), al que se le concedió el Premio Euskadi 2011 de ensayo.

 

La versión extendida del texto original ¿Somos moros en la niebla? ahonda en temas que desde siempre han interesado a Joseba Sarrionandia: las lenguas minorizadas, las relaciones de poder, las desigualdades socioeconómicas, las posibilidades de la literatura y las dificultades de la política.

 

El autor toma como pretexto el proyecto de una gramática de la lengua rifeña, emprendido por un fraile vasco a finales del siglo XIX, para ir mostrando al lector de una manera caleidoscópica lugares y fechas borrados de la historia oficial del último siglo y medio, presentando decenas de personajes y hechos sorprendentes de toda índole en el contexto de las guerras coloniales norteafricanas, incisivos análisis de las relaciones de poder en todos los ámbitos y, además de confesiones personales, opiniones políticas y sociales de gran calado.

 

Además de un índice temático, ¿qué tiene de novedosa esta nueva versión y en qué ha querido ahondar?

 

Se amplían algunos temas, se introducen otros. Por ejemplo, al interlocutor vascoparlante no sentí la necesidad de plantearle el tema del valor de la lengua, porque pienso que tiene asumido ese valor. En castellano he introducido una línea de reflexión al hilo de El oro de Caramablú, de Johannes Urzidil. Era un escritor judío de Praga, amigo de Franz Kafka, y escribió un hermoso relato simbolista sobre el norte del país vasco ambientado cuando al otro lado de la frontera se desarrollaba la Guerra Civil. La lengua, el tesoro de la montaña, es la pizca de oro que brilla en los labios de las personas; cada lengua en particular y el lenguaje como tal. He ampliado también el análisis de los conceptos de Miguel de Unamuno y Pío Baroja en relación a la política.

 

Usted analiza las contradicciones y aristas de estos dos escritores, con reveladoras conclusiones.

 

Sí, Unamuno era una persona llena de contradicciones. No podía creer en Dios y no podía más que creer en Dios, o sea que vivía con la obsesión de concebirlo. Con España hizo lo mismo, tuvo que inventarla, y fue el más vehemente creador del nacionalismo español. Idealizó la guerra civil de su infancia, el sitio de Bilbao, y se aferró a una ideocracia que en principio buscó un sustituto a lo religioso y luego, sobre todo durante la República, se fue acomodando al caciquismo dominante. Como bien escribió Antonio Machado, vivía en guerra civil dentro de sí mismo y los últimos meses de su vida fueron el resultado de muchas de sus mismas actitudes.

 

En cambio, Baroja presenta una versión más idílica del País Vasco.

 

En sus novelas y en sus crónicas de viaje desarrolla todo un sentimentalismo vasco, pero cuando se ahonda un poco el concepto que tiene de la política es terrible. Como Pierre Loti, que era un militar imperialista francés e idealizaba a los pueblos colonizados. Curiosamente, idealizó también el País Vasco, como si fuera un pueblo oriental. Pío Baroja creía también que los vascos debían ser apolíticos y veía como un momentum catastrophicum la situación en que esos vascos que él ficcionaba con tanta acuarela se ponían en actitud de organizarse políticamente. Unamuno y Baroja concebían un país vasco arqueológico, pero eran incapaces de reconocer que la gente, no solo los vascos, la gente en general, tiene derecho a organizarse.

 

Estos perfiles contrastan con la imagen superficial que se muestra habitualmente de los dos escritores.

 

Desde luego. Las cosas, y también las personas, con el tiempo se convierten en símbolos y hasta se olvida lo que eran de hecho. Hay que repasar y analizar las cosas de vez en cuando. De todas maneras, me parecen más interesantes Unamuno o Baroja como eran en realidad y lo que escribían que las cuatro tonterías que se dicen sobre ellos, especialmente en contextos oficiales como manuales de escuela o homenajes institucionales. Me interesan más las disonancias e incluso las contradicciones que la literatura correcta y que no cuestione nada.

 

En ‘¿Somos como moros en la niebla?’ se analizan muchos temas. ¿Cuál es el que vertebra el ensayo?

 

Es, fundamentalmente, un ensayo sobre qué es la política. Y sobre qué no es la política. Normalmente se le llama política a la imposición de toda una serie de relaciones de poder, por medio de la fuerza o mediante el establecimiento de cierta sordera visual entre la gente. La política ha sido y sigue siendo como un gran juego de hechos consumados y ejercicios de imposición en todos los ámbitos, en lo económico, en lo militar, en lo cultural. He tratado de revisar formas de establecimiento de ese poder, sobre todo desde mediados del siglo XIX hasta ahora, y me he esforzado en definir un concepto de política a partir de la idea inversa. La política sería la ausencia de esas imposiciones y sobredeterminaciones, a partir de que el ser humano es libre, es decir, debería ser libre para decidir lo que le atañe.

 

Tan digno como ser consecuente con la historia es cambiarla

La primera parte del libro tiene un peso histórico notable…

 

Sí, todo el ensayo tiene los pies en el tiempo. No se puede comprender lo que sucede sin repasar la historia. Los dominadores de hoy son hijos de los conquistadores de ayer. El abuelo del ministro de Justicia actual escribió La Conquista de Vizcaya después de ser cronista de la conquista del Rif. Hay bastante de hereditario en las relaciones de poder. Pero la sociedad en que vivimos tiene algunos síntomas que se pueden comparar con la enfermedad de alzheimer, desconocimiento de la realidad que le rodea y pérdida de memoria. La historia es muy significativa. Al mismo tiempo, no creo que se deba argumentar la política en base a la historia. La política es la decisión de la gente y tan digno como ser consecuente con la historia es cambiarla. Es más, hasta podría ser más digno cambiarla, en el sentido de que salirse de la inercia implica una libertad de la gente.

 

Habla de los moros a lo largo del ensayo. ¿En qué sentido?

 

Aparentemente, sabemos de qué hablamos cuando decimos moros. Ahora bien, los moros no existen, porque nadie se autodefine como moro. Uno es árabe, el otro es bereber, moro es lo que le dicen. O sea, el moro es el otro por excelencia, desde los cruzados y el testamento de la reina Isabel hasta el choque de civilizaciones de Samuel Huntington. Es el fanático, el peligroso, el inmigrante, el terrorista. Es la gente marcada por sobredeterminaciones del calibré de Alá, el Estado, la Economía y demás, al punto de que la convivencia normal se le pone difícil, y en que ni siquiera su propio comportamiento puede ser ético y benévolo. La idea es que los homosexuales, los chechenos, las mujeres, los inmigrantes, los vascos, los negros, casi todos somos moros en algún sentido. Se podría decir también que somos judíos alemanes, en unos planos, mientras podemos seguir siendo alemanes en otros. O sea, cualquiera está marcado en las diversas relaciones de poder que se establecen. Es decir, no existen los moros, pero todos somos moros de alguna manera.

 

Otra idea que flota en el trabajo plantea que las relaciones de poder no permiten normalidad, sino que tienden a provocar consecuencias negativas.

 

En las relaciones de poder que se establecieron en el norte de África se constituyó el Ejército de África que, después de la victoria sobre los moros del 27, destruyó al propio país en la guerra del 36. La paradoja es el papel que las tropas moras desempeñaron en esa Guerra Civil, vengándose de los desastres que el colonialismo había provocado en su tierra. Las relaciones económicas que se establecen actualmente en el mundo no se pueden sostener sino mediante la acción policial y militar. Enormes ejércitos desplegados en amplias zonas del planeta y, además, una activa policía celando en el seno de cada sociedad occidental. Cualquier situación que requiera la violencia para sostenerse es de mala calidad. Incluso una victoria, si tiene que apuntalarse mediante la fuerza, es una carga muy pesada para el vencedor.

 

¿A qué público cree que puede interesar este ensayo?

 

A las personas que están dispuestas a reflexionar sobre el tema de las relaciones sociales, sobre la política. No en el sentido estrecho del partidismo a que estamos acostumbrados los vascos desde los tiempo de los gamboínos y los oñacinos, y luego carlistas y liberales, y todavía seguimos atrapados en esos esquemas, de partidos que funcionan como miniestados y que hacen imposible que la política funcione abiertamente y a veces impiden incluso que los problemas se planteen como problemas de todos, como si fueran obsesiones del uno o del otro. A mí me parece que las personas estamos sometidas a grandes relaciones de poder, y que ser consciente de ellas es muy importante para poder desprenderse de esas servidumbres.

 

¿Qué propone a un lector nuevo que no conozca su obra en euskera?

 

Hay mucha gente que no tiene acceso a la literatura vasca. Pero bueno, no es un problema particular de la literatura vasca. A pesar de que hay más medios de comunicación que nunca, quizás la gente siga tan incomunicada e ignorante en relación a los otros como en la Edad Media. Cuanto más fuerte sea la lengua y la cultura a la que uno pertenece, más universal se considera uno y más cosas toma como inferiores y prescindibles. Nosotros mismos desatendimos la cultura de nuestros abuelos analfabetos. Charles Peguy decía que él no leía más que literatura francesa. Los estadounidenses sólo se escuchan a sí mismos a pesar de que pretenden ser los interventores del mundo. En la medida en que no se conoce una cosa, funcionan los estereotipos y el desprecio. Y bueno, así estamos, con ese espectáculo en que los que rigen son los clichés, que a fin de cuentas se convierte en una ventrilocuacidad del poder. La gente pasa más tiempo acopiando estereotipos sobre su vecino de enfrente que conversando un rato con él para conocerlo y saber lo que quiere.

 

Lo que propongo a lo largo del libro es una recuperación de la memoria y un conocimiento de los otros. Y, sobre todo, el reconocimiento de que los seres humanos no son objetos, sino sujetos. O sea, no es lo que tú o yo digamos sobre los homosexuales o las mujeres musulmanas, o sobre los bereberes, sino que son ellos los que tienen algo que decir. Este ensayo trata del reconocimiento de esos sujetos. Pienso que la gente ajena a la literatura vasca podrá conocer directamente algunos puntos de vista que desconocía. Lo que dice, no lo que dicen que dice.

 

Asegura en un momento del libro que la literatura «despliega una inofensividad que impide que se haga nada contra ella ni con ella».

 

Una vez oí a una madre diciendo al niño: «Coge un libro, que no muerde». Para que se quedara quieto en una esquina, leyendo, y dejara de molestar. Claro que no muerden los libros, pero bueno, estaría bien que mordieran un poco. Ojala no fuera tan inocua la literatura, cualquier literatura. No sería mala señal que la gente, en vez de hechizarse con la televisión, se indispusiera de vez en cuando con alguna enfermedad de transmisión textual.

 

las claves

 

· Edición. ¿Somos como moros en la niebla?, que cuenta con 976 páginas, sale a la venta esta semana al precio de 32 euros.

 

http://www.naiz.info/eu/actualidad/noticia/20121202/somos-como-moros-en-la-niebla