La querella de los bufones

Aunque ahora parece una disputa remota, apolillada y difícil de entender, la ‘Querelle des Bouffons’ (‘querella de los bufones’) fue quizás el debate cultural más intenso que se vivió en la Francia de mediados del siglo XVIII, exactamente entre en 1752 y el 1754. Si les hablo de un hecho tan aparentemente alejado de nuestra contemporaneidad es apenas para constatar que esta distancia es ilusoria. Por suerte o por desgracia, todo, o casi todo, está dicho, tratado, masticado, deglutido, regurgitado, transitado, devastado. Pasamos por caminos que ya han recorrido otros, y ser consciente de ello parece importante, y también interesante. Hace dos siglos y medio, en París se vivió un intenso debate en el que se mezclaban dos conceptos: el de una determinada manera de entender la comicidad y el de una determinada manera de vivir la identidad nacional (por supuesto, la cuestión se expresó entonces con la terminología propia del ‘Ancien Régime’). El viejo compositor Rameau y los ilustrados… ¿Les recuerda todo ello a algo muy reciente? ¿Caricaturas?, ¿Francia? Yo diría que sí.

Resumiendo muchísimo -incluso demasiado-, el debate de fondo de la querella de los bufones en el siglo XVIII se centró en el peligro de desnaturalización de la cultura francesa como consecuencia de un estilo italianizante que tenía un sentido del humor propio, más descarnado y explícito. Los franceses, con Jean-Philippe Rameau a la cabeza, temían que sus solemnes ‘tragedies en musique’ fueran sustituidas por la opera buffa italiana (de ahí el nombre de la trifulca dialéctica). Durante estas últimas semanas hemos visto personas en París que defendían un tipo de humor ‘bizarre’ en nombre, justamente, de la identidad republicana y laica de Francia. Lo más increíble de todo es que también apelaban a los ilustrados, y más concretamente a Voltaire, un autor que siempre ha sido más mencionado que leído. De hecho, y no quisiera ser mal pensado, creo que muchos de los comentarios sobre este autor que oí o leí hace días partían de una orgullosa y oceánica ignorancia sobre la filosofía del XVIII; pero eso ya es otro tema.

La querella de los bufones del siglo XXI no difiere mucho de la del siglo XVIII en la parte sustancial del debate, pero obviamente las diferencias de contexto hacen necesario subrayar los matices. Empecemos por la propiedad de los bufones, en el sentido literal del término. Hace dos siglos y medio, los bufones eran propiedad del rey. Ahora el rey es la opinión pública, que reina desde su altísimo trono (los medios de comunicación) y otorga títulos de legitimidad haciendo y rehaciendo cada día las difusas fronteras de la corrección política. Esta tiranía banal ha sido el gran triunfo de las masas (hacia el 1750, los intelectuales se habrían referido, despectivamente, al ‘peuple menú’). Hace tres semanas muchos decretaron que no había ningún problema en hacer chistes sobre Mahoma. Pero estos últimos días, por ejemplo, tuvieron una actitud diferente con los abnegados okupas que nos redimen del pecado original del capitalismo, como si fueran santos posmodernos. Aquí, la apelación al humor ha quedado sustituida por una actitud muy poco irónica: una especie de duelo nacional basado en el rumor sin pruebas que había extendido un documental. La volubilidad e inanidad de estas nuevas masas hiperconectadas resulta fascinante.

La querella de los bufones del siglo XVIII fue generada, desarrollada y resuelta por artistas e intelectuales reputados. La del siglo XXI, evidentemente, no. Los debates se cuecen ahora en la olla inmensa de las redes sociales, maceradas en una salsa muy espesa de opiniones maximalistas, videos de gatitos, manías efímeras y sintaxis lunática. Todo ello lleva, casi inevitablemente, no sólo a cerrar en falso cualquier cuestión relevante, sino a distorsionarla y desnaturalizarla hasta límites inauditos. Vuelvo a los dos ejemplos mencionados. Lo que, respectivamente, podría haber servido para repensar ideas sustanciales (el papel político del humor) o hechos graves (disfunciones policiales y judiciales) ha derivado en un gran órgano desafinado, refractario a cualquier conclusión razonable. Las querellas ideológicas del siglo XVIII -o de otras épocas- y las actuales no son tan diferentes, al contrario. Lo que ha variado son los protagonistas de estos debates y las reglas del juego -mejor dicho: su ausencia-. Algunos lo perciben como una conquista democrática; otros, en cambio, como el inicio de un mundo en el que los arrebatos sentimentales más primarios y acríticos valen más o menos lo mismo que los argumentos más elaborados. Qué gracia, ¿no?

ARA