La política es violencia

«En vista de que la violencia en nuestro país parecía inevitable, sería incorrecto y poco realista que los líderes africanos siguiéramos predicando la paz y no-violencia en momentos en que el gobierno enfrentaba nuestras demandas pacíficas con la fuerza». Nelson Mandela “Discurso de Rivonia”.

“El poder” o fuerza es lo que define al pueblo como unidad de violencia suficiente para defender un territorio y las características diferenciadoras, las que sean en cada caso, frente a otros pueblos. La política, en último término, es violencia física y la gestión del poder conseguido mediante ella. En un principio, mediante la fuerza física, se domina al contrario, después se institucionaliza gracias a los instrumentos que dan forma a los Estados que gestionan a su vez el poder –policía, jueces, funcionarios, educadores, alcaldes, diputados, gobernadores etc.-. Como decía Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política con otros medios”, aunque la frase puede ser un “palíndromo”: la política es la guerra por otros medios.

“Se denomina poder político a toda forma de organización de la violencia utilizada en el origen y el sostenimiento de la desigualdad social vigente en un determinado lugar y período históricos. De tal modo que la actividad política, inextricablemente ligada al uso de la fuerza física, bien podría caracterizarse como “la continuación de la guerra por otros medios”, es decir, por medios institucionales» Joseba Ariznabarreta “Pueblo y poder”.

La más notable y de las primeras referencias sobre la política se encuentra en el famoso diálogo «Gorgias» de Platón, donde Calicles sostiene la tesis de que el Derecho es la fuerza, el poder del que dispone de la capacidad de imponerse por medio de la violencia. Platón (siglos IV-V a.C) distinguía la política como la imposición mediante la violencia de la voluntad de un grupo a otro y lo diferenciaba claramente del diálogo. Su maestro Sócrates le demuestra que el Derecho es la ley positiva, la ley dada y mantenida por el poder del Estado (frente a una “ley natural” superior o de los dioses).

«El estado, desde su aparición, es una organización que mediante la violencia genera, mantiene y ahonda la división de la sociedad y establece un nuevo ordenamiento acorde con sus intereses o deseos particulares de quienes lo controlan. En un territorio que considera patrimonio o jurisdicción exclusivos, ha conseguido concentrar en sus manos los recursos armamentísticos y de otra índole suficientes para dotarse de una duradera ventaja comparativa en el uso de la fuerza física, ventaja de la que se sirve para doblegar y mantener a raya la resistencia -violenta también- de los que serán sus súbditos y obligarles a vivir bajo su ley, es decir, bajo SU organización y SU cultura. Dada su intrínseca naturaleza perversa sus avances hacia la tiranía están en relación inversa a la resistencia que se le ofrece” Joseba Ariznabarreta.

El propio sistema institucional, no es sino violencia socialmente corporizada, funciona automática y eficazmente más allá incluso de las normas explícitamente establecidas en el código penal.

En un Estado esta violencia “ad intra” si la ejerce un pueblo sobre sí mismo es “legítima”, lo que implica que es ejercida en democracia, es decir, cuando es aceptada y controlada por el pueblo para poder así conseguir sus objetivos del modo más eficaz –objetivos económicos, de defensa, culturales, sociales o los que determine en cada momento-, por lo que nombra o acepta un gobierno sobre él, la dualidad del Estado es democrática cuando estos dos sujetos políticos, pueblo y gobierno, están en equilibrio[1]. Es decir, la violencia democrática en un Estado la ejerce sobre sí mismo un pueblo consciente de serlo y por tanto convertido en sujeto político y no un mero agente pasivo: “La libertad y la democracia son sólo posibles cuando la resuelta voluntad de una nación de no ser regida como una manada de borregos está permanentemente viva” Max Weber (1864-1920, filósofo, economista, jurista, historiador, politólogo y sociólogo alemán).

Normalmente la fuerza física no tiene por qué ejercerse, basta con la mera amenaza o la ley impuesta mediante unas elecciones donde participen las diferentes opciones o intereses internos, hoy en día esto es así, pero que haya votaciones no es suficiente para que podamos hablar de que hay una democracia. Para que sea una “violencia democrática”, todos los diferentes grupos de ese pueblo deben de tener los mecanismos para defender sus intereses y a la vez estar sometidos a la voluntad general o juegos de mayorías voluntariamente.

Por tanto, para que haya “democracia” es necesario una serie de mínimos: “La democracia es sinónimo de unanimidad y que el principio mismo del derecho de la mayoría no tiene otro fundamento posible que el previo y unánime acuerdo, implícito o explícito, del pueblo al respecto” (Joseba Ariznabarreta, Galdakano –Nabarra- 1936, en su libro “Pueblo y Poder” 2007).

Votamos por mayoría sí, pero decidimos todos que sea así, si se parte de una imposición inicial como la que hay sobre el reino de Nabarra, no caben votaciones por mayoría, pues el conquistador, siendo muy superior en número, siempre gana: “una ley que determina que es la mayoría quien decide en última instancia el bien de todos no puede edificarse sobre la base adquirida precisamente por esta ley; es preciso necesariamente una base amplia, y esta base es la unanimidad de todos los sufragios” Friedrich Nietzsche (1844-1900 Alemania).

Siempre caben gradientes, sin llegar nunca a la democracia perfecta, pero cuando menos ha de ser “la mejor posible”: “Caben grados en la democratización del Estado, sin que sea posible quizás jamás alcanzar el óptimo en tal dirección. Pero hay un mínimo de condiciones sin cuya presencia no cabe ya denominar a un Estado democrático. Por lo que respecta basta señalar dos de ellas para confirmar el carácter antidemocrático del Estado español: la primera y fundamental es el no reconocimiento político y legal de las naciones que ocupan el territorio sobre el que extiende su soberanía. Los tan cacareados derechos individuales de los miembros de las naciones oprimidas no pueden tener ninguna realidad en ausencia del mínimo de libertad nacional que los genera y garantiza (…)” Joseba Ariznabarreta.

Los Estados, por muy totalitarios que sean, recurren a la fuerza armada sólo en caso de extrema necesidad. Su objetivo actual e irrenunciable es gobernar y controlar la sociedad civil mediante el consentimiento de los sometidos. Desde la aparición del Estado-nación totalitario moderno, el objetivo básico del mismo –provisto además para ello de medios cada vez más refinados- es el de influir decisivamente en la configuración de las conciencias (medios de comunicación-colegios) y los hábitos de aquellos a los que denominará ciudadanos y que constituyen el asiento de su poderío, así se quieren basar en la “nación” o pueblo, creándolo primero desde arriba mediante toda la violencia que su Estado les permite.

“Es la vía por la que transita nuestro país y, por desgracia conduce inexorablemente a un único destino: su extinción. Fijar, pues, la estrategia general y las posibles tácticas a tenor de las circunstancias que un grupo social –el pueblo nabarro, en este caso- debe seguir a corto plazo, medio y largo plazo, es una tarea tan difícil como ineludible. Que las masas populares identifiquen con ella es igualmente imprescindible. Sólo la fusión de esos dos requisitos objetivo y subjetivo constituyen o conforman al sujeto político como tal. La existencia de tal sujeto es la garantía de la conservación de la identidad de un grupo social determinado. El abandono del ámbito político, es decir, del campo donde tienen lugar por definición la confrontación y la negociación políticas, conduce inexorablemente a la desaparición del grupo social que por uno u otro motivo comete el error” (Entresacado del libro mencionado de Joseba Ariznabarreta).

El dominio de un Estado a otro es el imperialismo, la “violencia armada” hacia otro Estado. Los imperios son muy antiguos en la historia de la humanidad, pero es durante los siglos XVIII-XIX cuando nacen las teorías justificadoras del mismo en base a una supuesta nación común. Se puede retrotraer sus enseñanzas a los imperios asiáticos, romano, franco, español, portugués etc. y los más potentes en el siglo XX de franceses y sobre todo ingleses. La riqueza de estos países imperialistas, es directamente proporcional a la violencia ejercida sobre su pueblo y sobre todo a la explotación mediante la coerción militar de los pueblos o Estados que ocuparon, como muestra de ello están el museo de Louvre o el «British museum» auténticas exposiciones de todos estos saqueos, el mismísimo Partenón de Atenas se encuentra íntegramente en éste último.

La palabra imperialismo tiene su origen en el vocablo latino «imperium», que quiere decir «dominio, mando, alteza, autoridad». Se caracterizada por las conquistas coloniales, el militarismo y el sojuzgamiento de otros Estados por la vía militar, son ejércitos permanentes al servicio del Estado imperial. En sentido económico, el término imperialismo supone «la fase superior y final del capitalismo», cuyas características generales son: la concentración de la producción y el capital en pocas manos en la metrópoli y la sustitución de la libre competencia o concurrencia por el dominio de los monopolios de Estado. “El imperialismo es: genocidio/etnocidio, expolio y explotación”, Joseba Ariznabarreta. El imperialismo es la violencia armada máxima contra un pueblo.

Recordemos tres de los episodios principales del imperialismo español y francés contra Nabarra: en la Nabarra Occidental, el rey invasor, Alfonso VIII, desde Burgos, sustituye la originaria soberanía Nabarra por la castellana en San Sebastián el 16 de agosto de 1202 y en Hondarribia en 1203 (después hará lo propio con el resto de villas gipuzkoanas y bizkainas), cambiando su Carta Puebla de Villa Nabarra por la castellana, siempre bajo la violencia armada del ejército invasor, dejando bien claro que: “si alguien actuare contra este mandato incurre en la regia indignación y pague 400 aureos” (1.000 en el caso de San Sebastián).

Sobre la brutalidad de la conquista española contra los alto nabarros en 1512 -violaciones, muertes, persecuciones sistemáticas, destrucción de sus murallas etc.-, comentaba Manex Goyhenetche en su libro “Historia General del País Vasco”: “Navarra fue el primer laboratorio de observación y aplicación del maquiavelismo” y el historiador Joseba Asiron comentaba al respecto en la presentación en noviembre del año 2010 del libro “1512. 500 años de conquista en Navarra”: “no fue una anexión, como todavía hoy se dice en los manuales escolares, sino una invasión en toda regla, que estuvo seguida de una larga guerra de 18 años en diferentes escenarios bélicos. Fue un hecho que se llevó a cabo contraviniendo la legalidad y el derecho de la época, que trajo la ruina a Navarra y llevó consigo un proceso de represión, persecución y ensañamiento, y en algunos casos de eliminación de personas que eran defensoras de la independencia, como el Mariscal Pedro de Navarra o Vélaz de Medrano».

En 1620, el rey francés Luis XIII de Francia, irrumpió a sangre y fuego en las Cortes de Pau (Beárn) y en los Estados Generales de Donapelau (reino de Nabarra), comentaba gráficamente el historiador coetáneo a los hechos André Favyn, en su libro «Histoire de Navarre»: “Los lobos aconsejaron a las ovejas que para vivir juntos en amistad habitual, éstas les tenían que entregar sus perros, y una vez estos estrangulados, dieron buena cuenta de las ovejas”.

Él objeto político colonizado, mientras tenga capacidad se defiende y por tanto también es sujeto político, en nuestro caso, nuestra capacidad de ejercer violencia contra la enorme violencia del imperialismo es muy pequeña al estar divididos y sin una clase dirigente, pero existe la posibilidad de ser libres y romper la violencia que nos somete mientras los vascos existamos y tengamos conciencia de serlo, es decir mientras seamos sujeto político.

El ateniense Pericles (siglo V a. C.) reconoce que el dominar a otros conlleva el ser odiado, pero añade: «El odio no dura mucho tiempo, mientras que el esplendor del presente y la gloria que se proyecta hacia el futuro perdurarán siempre en el recuerdo». Tras la brutal conquista inicial y la represión que le sucede, las personas terminan admitiendo la violencia y coerción que se ejerce sobre ellas convirtiéndose en mentes colonizadas, hasta que finalmente, el opresor consigue su objetivo y ya no hay resistencia engrosando las filas de los imperialistas hasta el último resistente, pero algunas conquistas pueden ser indigestas para el conquistador.

En lo que no hay que caer, es en el error de creer que la violencia sólo la ejercen pequeños grupos mal armados, las Fuerzas de Seguridad de un Estado propio y sus instituciones o el ejército imperialista y sus instituciones, al contrario, la violencia incluye a “Los pacifistas y no-violentos legales y oficiales que padecemos, y se cuidan muy bien de oponerse a toda violencia venga de donde venga. Demuestran así que no son tan tontos como parecen o como quieren aparentar. No incurren en riesgos desmesurados, pues su doctrina de “no-violencia” es la doctrina del poder de la violencia establecida que ejercen, sostienen y que les cubre las espaldas”. Es decir, la no denuncia del imperialismo español contra el pueblo nabarro, convierte al que calla en colaborador necesario de esa violencia armada o amenaza violenta permanente.

“Dar lecciones de no-violencia y al abrigo de las fuerzas armadas es el colmo de la caradura institucional. Quien rechaza la violencia venga de donde venga sin denunciar en primer término los monopolios fascistas de la violencia, es un imbécil o un farsante y, en ambos casos, un agente, consciente o inconsciente, del imperialismo”. Publicación Erresuma (Iñaki Aginaga).

Los que piden a los vascos que renuncien a pedir su libertad o a reclamar sus derechos como pueblo mientras grupos armados y con una violencia infraestratégica -al ser insuficiente para cambiar el tremendo desfase de fuerzas existentes- sigan matando “por no darles argumentos” o porque ello pueda llevar un apoyo implícito, son los mismos que jamás renunciaron a España mientras el régimen franquista mataba en su nombre (o cualquier rey o dictador antes o cualquier presidente del gobierno español en los numerosos conflictos en los que España ha tomado y toma parte en todos los confines del mundo), son los mismos que negaban todos sus derechos a los vascos desde las guerras de conquista del Estado de Nabarra y las guerras para crear la gran España-nación totalitaria (contrafueros, carlistadas, otras guerras y varias dictaduras), la diferencia entre ellos y los pequeños y mal pertrechados grupos armados, es el número de muertos, nada más, en lo que jamás superarán a los imperialistas.

“Si definimos “política” como hacen muchos interesados como “relación de fuerzas que rechazan a priori la violencia como instrumento de defensa se convierten ipso facto en cómplices de la violencia de los demás, para engrosar las filas de otra mayoría, la del imperialismo español en nuestro caso. El “pacifismo” no es más que el burdo traje carnaval o piel de cordero con que se reviste el imperialismo para disimular de maña manera sus permanentes intenciones y prácticas exterminadoras” Joseba Ariznabarreta.

El Estado totalitario desde su creación con los Estados despóticos asiáticos, cambia y se transforma para adaptarse, así pasa del franquismo a la socialdemocracia o a modelos liberales o a lo que haga falta para subsistir. España usa en cada momento la violencia que puede contra el pueblo vasco para “españolizarlo”, hoy los asesinatos masivos o la limpieza étnica del pasado no cabe en las sociedades europeas actuales (con excepciones como el GAL o grupos afines), por ello usan otros medios institucionales como el policial, judicial o el legislativo, incluyendo las votaciones y los partidos españolistas que en ellas participan –todos los que aceptan semejante marco totalitario e imperialista, sin excepción-, todo ello sirve también para Francia lógicamente, pero en un futuro, si la coyuntura internacional les es propicia, intentarán acabar la inconclusa españolización o afrancesamiento de los nabarros por la violencia de las armas de nuevo, planes para ello los ha habido y hay, sin olvidar que hoy también es por la amenaza permanente de su ejército por lo que pueden ejercer la violencia contra nuestro pueblo.

“El poder colonial quedaba así dueño absoluto del campo estratégico, su estructura política había alcanzado concentración y perfección si precedentes, sus monopolios jurídicos logrado una extensión y una penetración que nunca pudo pretender la rudimentaria dictadura del general Franco.

Renovado, ampliado y reforzado de este modo el monopolio de la violencia social, podía continuar, a escala y con profundidad muy superiores, el programa de intoxicación ideológica, de subdesarrollo económico y cultural, de destrucción del pueblos sometido (el nabarro)” (“El proceso de reducción política” IPARLA abril 1989).

El pueblo poseedor del idioma que se pierde es un sujeto político o agente histórico debilitado por otro externo que es el que lo domina militarmente y le impone su idioma, el idioma del imperialista o del poder. Este es nuestro caso tras ser ocupado militarmente nuestro Estado, Nabarra. Un pueblo nunca ha abandonado en la historia de la humanidad su idioma sin que medie la violencia física. Del mismo modo, ningún territorio de ningún Estado del mundo se ha pasado a otro Estado voluntariamente, y menos si no tiene nada en común con él, siempre ha sido necesario el uso de la violencia armada. Todas las personas del mundo creemos que Dios repartió la inteligencia y las demás cosas inmateriales de la tierra y que a nosotros nos tocó la mejor parte.

“La libertad nacional es el primero de los derechos humanos y la condición de todos los demás. El Imperialismo es especie de totalitarismo” Iñaki Aginaga. El escritor uruguayo Jorge Majfu lo decía de forma similar: “Ninguna ley está por encima de los derechos humanos, y si así fuere, la violencia está justificada. La violencia no procede de la desobediencia, sino de quien viola un derecho fundamental”.

Somos una nación porque nos negamos a integrarnos en esos Estados Imperiales con la suficiente “violencia de respuesta” como para no perder nuestras características específicas como pueblo frente a la violencia primigenia de los imperialistas y sus colonos, características -sin ser mejores ni peores- que nos distinguen como un pueblo diferente a los pueblos ocupantes, el español y el francés, del mismo modo que estas naciones imperialistas no quieren ser alemanes, ingleses o marroquíes, por ejemplo.

La única unidad con sentido político nacional es la que nos lleve a liberar nuestro Estado: Nabarra, la estrategia para conseguirlo es el único debate que el pueblo vasco se puede permitir: el pueblo vasco unificada toda su fuerza o “violencia de masas” ejercida y dirigida como una flecha tensionada con su arco a su único objetivo, oportunidades las habrá como las ha habido todos los siglos desde la invasión sistemática y en diferentes etapas de nuestro Estado.

Sólo entonces podremos hablar de derechos como vascos, los que consigamos ganar día a día en equilibrio con nuestro gobierno, en democracia. Todo lo demás, ya sean partidos, uniones de partidos o plataformas para participar en elecciones imperialistas de españoles o franceses, sólo pueden conducir a la eliminación de nuestro pueblo mediante su asimilación, ya que la violencia imperialista que se ejerce contra el pueblo nabarro queda legitimada a ojos del mundo con nuestra participación en sus fraudulentas y totalitarias elecciones, totalmente antidemocráticas.

 

Conclusión:

“Si suecos o anglosajones pueden, por prudencia, sentido o cálculos políticos, abandonar territorios que obtuvieron o guardaron por la violencia, pero que superan su capacidad de gestión, ingestión y digestión, franceses y españoles son radicalmente incapaces de ello, mientras no han agotado hasta el último extremo los recursos de violencia de que disponen. Su incapacidad para aceptar el derecho de todos los pueblos a la libertad, sus incesantes guerras de conquista, exterminio o depravación los han condenando a ellos mismos, aparentemente con gusto, a también incesantes formas despóticas, absolutistas, asiáticas, militares o burocrático-administrativas de gobierno”.

Publicación Erresuma (Iñaki Aguinaga).

Toda resistencia organizada constituye, de una forma u otra, la pervivencia de nuestro Estado. La existencia actual de nabarros y de nuestra idiosincrasia (idioma, cultura, derecho pirenaico, forma de ser etc.), sólo se explica porque creamos un Estado y por la violencia política que conseguimos acumular para no ser uniformizados por los imperialistas romanos, ingleses, españoles y franceses, quien renuncia a la violencia, renuncia a la política y está engrosando las filas de los imperialistas mientras con la misma mano cava la tumba de su pueblo.

«El poder político emanado y mantenido siempre a través de la violencia debe institucionalizarse para que sus efectos sean duraderos y eficientes ante cualquier intención expansionista e imperialista proveniente del exterior»: por ello, tras unir toda la violencia del pueblo nabarro y dirigirla a la diana de la libertad, debemos de institucionalizarla de nuevo en nuestro Estado, eso sí, un Estado democrático.


[1] Se puede leer al respecto “La dualidad de la democracia y el totalitarismo” del mismo autor.

 

Alots Gezuraga, Errigoiti (Nabarra)

Publicado por Nabarralde-k argitaratua