De vernácula filosofía bien hubiera podido ser tildada la obra editada por Sales Santos Vera e Itziar Madina Elguezabal bajo el sugerente título de Comunidades sin Estado en la Montaña Vasca. Obra de síntesis del pensamiento anarquista, o libertario -según el gusto de cada cual-, el ensayo analiza los diferentes estadios de una evolución histórica que camina por la senda de la denuncia de la posterior colonización de una originaria mentalidad en busca de su repristinación. Ocurre que, de manera semejante a la actitud contemplativa frente a la hermosura de un edificio traído del pasado al presente, en su ruina misma -la de las manifestaciones de una cultura de supervivencia cuyos testimonios son recogidos en el seno de nuestros montañosos valles- viene a intuirse la singularidad de unas formas que bien pudieran dar lugar a un habitar futuro. Y en este sentido, las tesis de ambos autores no se encuentran muy lejos de las defendidas por ideólogos del pensamiento ecologista como Edward Goldsmith en su obra El Tao de la ecología, donde la defensa de lo vernáculo cuenta con un sentido de centralidad vertebrador del discurso sobre la posibilidad de encontrarle una alternativa al ecocidio presente, puesto que: «El ser humano vernáculo no concibió su tecnología para transformar o dominar el entorno, sino para vivir en él».
El ensayo tiene por ilustración en su portada -aún no siendo creación del autor, según me informa- un fotomontaje compuesto por prehistóricos crónlechs, que en su igualitaria horizontalidad vienen a ser presididos por una circular estela vertical dividida en cuatro partes con representaciones de una cosmogonía que en la muerte nos recuerda los hechos de la vida, los trabajos y los días descritos por Hesíodo, estando compartido con el resto de seres animados y presidido por los astros. La cuaternidad como principio de orden que ya fuera analizada por Jung, en Aion (contribución a los simbolismos del sí mismo), como representación del ordenamiento de una multiplicidad caótica que toma como ejemplo «la superficie de la Tierra, el curso del año, un grupo humano en clases, las fases de la luna, los temperamentos, los elementos, los colores (alquímicos), etcétera». Siendo cumplimentado en su conclusión con una ilustración donde la vernácula presencia del baserri se encuentra enmarcada al interior de una cosmogonía circular presidida por cuatro lauburus danzantes. Es sugerencia mía -desde la amistad que nos une- el que al menos debiera haberse subtitulado como La ideología del círculo, puesto que el desarrollo de su argumentación viene redundando en la presencia de este elemento geométrico que a nadie se le escapa en toda tradición cuenta con un rico simbolismo, comenzando por ser el de la luna (ilargi) y del sol (eguzki) y, por ende, viniendo a presidir desde los tiempos inmemoriales el pensamiento arcaico, primitivo, del dominio del mundo imperspectívico, ámbito de la colectividad, en la expresión de Jean Gebser de su genésica investigación sobre las estructuras de conciencia. «La ausencia de una conciencia espacial -nos dirá- comprende la ausencia de una conciencia del yo, puesto que de la objetivación del espacio y de su cualificación forma parte un yo consciente de sí mismo, capaz de confrontarse con ese espacio y, desprendiéndolo del alma, capaz también de representarlo».
Ello implica que, por muy arcano que lo creamos, la representación del círculo ya nos indica una fase avanzada de la evolución del ser humano, razón por la cual, más adelante el mismo autor le adjudica un estadio posterior a la magia, el de la estructura mítica presidida por el alma dentro de una visión caracterizada por el eterno retorno de las cosas y de los estados, del círculo, en definitiva, que en ocasiones puede llegar a ser vicioso. No perdemos la esperanza de que ello algún día pueda serlo realmente, pero habremos de ser conscientes del peligro que conlleva todo exceso anacrónico. Un anacronismo que, no obstante, cuenta con la ventaja de no relatar la historia en su reductiva linealidad. El círculo, en un posterior estadio adentrado en el mundo perspectivístico, el de la modernidad tal y como la entendemos en la actualidad, representa la perfección. Su dependencia del centro es así evidente. La voluntad de superar tal subordinación es lo que hizo creer y defender a nuestro escultor Oteiza la vacuidad cenotáfica de su entraña. Ausencia del sentido funerario de su existencia, en ocasiones desmentida por posteriores testimonios arqueológicos, que en nada resta eficacia a la originalidad del mensaje estético, puesto que aquí el pasado se justifica, aristotélicamente, en ser potencia de un futurible. Y tal como señalará Deleuze más que el hecho histórico, en sí mismo, tratándose de pre y proto-historia, la poética trata de evidenciar el que: «El pensamiento no es nada sin algo que fuerce a pensar, sin algo que lo violente. Mucho más importante que el pensamiento es lo que da a pensar; siendo más importante que el filósofo, el poeta (…) El poeta aprende que lo esencial está fuera del pensamiento, está en lo que fuerza a pensar».
En esta última práctica bien pudiera contemplarse, como obra de juventud, el intento realizado de creación de una, literalmente, «matriz ideal de la cultura tradicional vasca que sirva como modelo básico del espacio estético y como plan de comportamiento ritual» realizada por el antropólogo Joseba Zulaika, donde trata de las bases sobre las que se encuentra asentada esta ideología precopernicana del círculo celeste opuesta al más terrestre cuadrado: «Al plano en redondo (borobil) se le opone el plano lau (cuatro, llanura). Así como el punto irradiativo genera el círculo, la línea bide que une dos puntos genera el lau (plano)». Y: «A la asimetría autorreflexiva del borobil, lau contrapone una estructura simétricamente cuadrada». Sin olvidar, no obstante, el que: «En imaginación cosmológica la tierra se considera como un plano horizontal».
La traslación por los autores al principio mencionados, Itziar y Sales, de estos supuestos hechos perceptivos de la mentalidad originaria, plasmados en el lenguaje, la estética y en pautas de comportamiento, al ámbito sociohistórico diacrónico y presente de un futurible, induce a pensar seriamente la posibilidad de recuperación del círculo como ideología perfecta, basada en los principios de rotación y alternancia que, dicho sea de paso, a todo el mundo obliga, puesto que «circularidad significa flujo, el que se da por ejemplo en la transmisión de los conocimientos de una generación a la otra, sugiriendo el lugar real de la tradición en el marco del pensamiento crítico y, supuestamente, alternativo, puesto que para ambos, en esta ideología, «como existencia de un sistema de ideas que estructura la comunidad (…) priman la igualdad, la antijerarquía y la ayuda recíproca».
http://www.noticiasdenavarra.com/2012/08/31/opinion/tribuna-abierta/la-ideologia-del-circulo






