SIGLO XIX
1.- El nacionalismo y la irrupción del movimiento unionista italiano
2.- Del conservador Gregorio XVI en el antinacionalista Pío IX
3.- La coronación de Víctor Manuel II y la marginación papal
4.- De la muerte de Pío IX al nacimiento del estado del Vaticano
5.- Los protagonistas
6.- Cronología
1.- El nacionalismo y la irrupción del movimiento unionista italiano
Prisionero en Roma. Así se siente el papa Pío IX cuando el Ejército piamontés de Víctor Manuel II de Saboya, último rey de Cerdeña y primer monarca de la Italia unificada, se instala en la ciudad eterna. Es el día 20 de noviembre de 1870 y las fuerzas del naciente Estado italiano franquean las defensas de la muralla Aureliana por la Puerta Pía, mientras el pontífice se refugia en las estancias vaticanas, protegido por la muralla y el aún imponente castillo Sant’Angelo, la fortaleza que ha servido de último bastión defensivo a los sucesores del apóstol Pedro desde la Edad Media. Es, el del papa, un refugio -para él, un cautiverio- triste y amargamente doloroso. La pérdida de Roma representa la puntilla definitiva a los Estados Pontificios y, aún más, a una manera más que milenaria de entender la figura papal y, por extensión, la función de la Iglesia.
El origen de los Estados Pontificios
Los Estados Pontificios se habían creado en la segunda mitad del siglo VIII, gracias a la protección de los dos primeros monarcas carolingios: Pipino el Breve y Carlomagno. El primero aseguró al papa Esteban II la región de la Romaña, parte de Emilia y una franja de los Apeninos centrales que enlazaba estas tierras con la región romana del Lacio. El segundo añadió nuevas posesiones, conformando un conglomerado que atravesaba la península Italiana por el centro, desde el mar Adriático hasta la Tirreno, siguiendo una línea diagonal que incluía también la región de Umbría. Estos territorios conocieron guerras y restituciones pero navegaron por las centurias hasta llegar a la del 1800. El siglo XIX resulta indigesto para la Iglesia católica, apostólica y romana. El vendaval de la Revolución Francesa de 1789 la trastorna. Lenta y pesada, tardará en reaccionar y seguirá siendo aristocrática en un tiempo en el que se impone la burguesía.
El nacionalismo, creador emergente del estado italiano
En las primeras décadas del siglo XIX, el nacionalismo es el credo emergente. Italia, en parte invadida por potencias extranjeras y en parte dominada por los usos del Antiguo Régimen, se convierte en un escenario propicio para la difusión de sus postulados. En la defensa del nacionalismo y de la unificación de Italia, coincidirán desde la izquierda republicana, laicista y revolucionaria, representada por personajes como Giuseppe Mazzini y Garibaldi, hasta los burgueses conservadores, que tienen en el conde Cavour, primer ministro del rey Víctor Manuel II de Saboya, su máximo exponente. Toda esta amalgama llena de tensiones conforma el espíritu y el movimiento del Risorgimento, el ideario que persigue la unificación de la península y el establecimiento de una monarquía parlamentaria.
2.- Del conservador Gregorio XVI en el antinacionalista Pío IX
Bien recibido inicialmente por los nacionalistas por su afabilidad, el nuevo papa se convierte en un enemigo acérrimo de los partidarios de la unificación de los diferentes territorios italianos
Antoni Sella (texto) / Jaime Fernández (asesoramiento)
Desde primera hora, la existencia de los Estados Pontificios aparece como un problema. El papado se aferra a sus territorios y defensa del absolutismo frente a la modernización. Desde la cátedra de Pedro no se admiten cambios y se reprimen sin contemplaciones las revueltas de carácter liberal y patriótico que surgen en sus dominios. La muerte del conservador e intransigente Gregorio XVI, ocurrida el 1 de junio de 1846, abre una nueva etapa. El colegio cardenalicio, conservador pero consciente de la realidad italiana, elige un pontífice con la idea de procurar cambios, pero no muchos. En un cónclave inusualmente rápido -sólo dura dos días- sale elegido el cardenal Giovanni Maria Mastai Ferretti, que adopta el nombre de Pío IX.
El nuevo papa, hombre afable, de talante más mundano que su antecesor y del que se sabe que, como frivolidad, consume rapé, es bien recibido por los sectores nacionalistas. Se valora que haya sido capaz de hablar de nación italiana en algunos de sus discursos y que no se haya opuesto a la modernización material. Él mismo, siendo arzobispo de Spoleto, había promovido la construcción de la línea de tren que unía la ciudad con Roma. Y lo había hecho bajo el gobierno de Gregorio XVI, un papa que pensaba, y así se lo dijo al embajador francés, que los ‘Chemins de fer’ (los ferrocarriles) más bien debían decirse ‘Chemins d’enfer’ (carriles del infierno), ya que contribuían a una difusión más rápida de las ideas peligrosas.
Los primeros pasos de Pío IX hacen que algunos crean que es el hombre elegido para conseguir que el papado participe, de una forma u otra, en el ‘Risorgimento’.
Pío IX niega el apoyo a los nacionalistas
El tiempo, sin embargo, avanza demasiado rápido. La nueva ola de procesos revolucionarios de 1848 inspira en Italia una revuelta contra los dominios austríacos del norte de la península que cuenta con el apoyo del Piamonte. A pesar del entusiasmo popular generalizado, Pío IX se niega a apoyar a los nacionalistas, aduciendo que no puede ponerse en contra de un Estado católico. La postura papal defrauda a los nacionalistas y el 24 de noviembre de ese mismo año estalla una revuelta en Roma y el papa se ve obligado a huir precipitadamente de la ciudad, disfrazado de sacerdote.
Pío IX no volverá a Roma hasta el 12 de abril de 1850. Y lo hará gracias a la ayuda de una potencia extranjera: Francia, dominada por Luis Napoleón. Partidario de los movimientos unificadores italianos para debilitar al imperio Austrohúngaro, Luis Napoleón no quiere que el papado se vea afectado, dada su dimensión religiosa. Francia, ahora simpatizante con la causa italiana, termina con los dominios de los Saboya y puede convertirse en un enemigo peligroso. De esto, se es muy consciente en la corte piamontesa de Turín, y el Gobierno de Víctor Manuel II debe procurar no indisponerse con el estado vecino.
El Papa que vuelve a Roma no es el mismo que salíó de ella casi un año y medio antes. Ha perdido cualquier rastro de simpatía por los nacionalistas y se convierte en un enemigo encarnizado de la unificación. La unificación, sin embargo, avanza. Dirigida desde el norte por el Gobierno burgués del Piamonte y con extraños aliados que desestabilizan el sur -Garibaldi y sus camisas rojas, revolucionarios y anticlericales-, irá obteniendo victorias militares y diplomáticas que la harán inevitable, a pesar de los humores (si es en plural, supongo que quiere decir: sustancia que se suponía que, con tres más, entraba en la constitución del cuerpo y determinaba, según las proporciones en que se combinaban entre ellas, la salud y el temperamento de una persona). Los cuatro humores del cuerpo humano: sangre, flema, bilis amarilla, bilis negra. Si quiere decir el carácter, mejor «pese al humor» o «a pesar de los cambios de humor» de Pío IX.
La guerra entre el Piamonte y Austria y la excomunión de Víctor Manuel II
Los años 1859 y 1960 son decisivos para el éxito unionista. En 1859, el Piamonte declara la guerra a Austria y con la ayuda francesa invade Milán y el antiguo ducado de la Toscana. Al mismo tiempo, una revuelta en la ciudad papal de Bolonia le sirve en bandeja el pretexto para entrar, con la excusa de reinstaurar el orden. El norte de los Estados Pontificios se convierte en un avispero de nacionalistas y en varias poblaciones se celebran consultas en favor de adherirse al reino piamontés.
La respuesta papal no se hace esperar. Pío IX reacciona de la manera más contundente posible: excomulga al rey Víctor Manuel II y el 18 de junio da a conocer la furibunda encíclica ‘Qui nuper’. Entre otras cosas, el pontífice expresa su condena a aquellos que desean «convertirse en súbditos de este gobierno italiano que en estos últimos años ha actuado como adversario de la Iglesia y sus legítimos derechos y sagrados ministerios». Más aún. El Papa proclama que «el poder temporal es necesario para esta Santa Sede, para que por el bien de la religión pueda ejercer el poder espiritual sin ningún obstáculo». La furibunda respuesta, sin embargo, no consigue que los territorios retornen al control eclesiástico .
3.- La coronación de Víctor Manuel II y la marginación papal
En 1866, el nuevo gobierno de Italia cree que ha llegado el momento de completar la unificación y ofrece al papa de mantener el control de la zona entre el Vaticano, el castillo de Sant’Angelo y el Tíber, una oferta que Pío IX rechaza
Antoni Sella (texto) / Jaime Fernández (asesoramiento)
El círculo entorno a los Estados Pontificios se estrecha más, aún, en 1860. Aquel año, Garibaldi y sus camisas rojas invaden el reino borbónico de las Dos Sicilias y los piamonteses repiten la misma estrategia del año anterior. Garibaldi, furibundo anticlerical, quería expulsar el papa de Roma -«Roma o muerte», llega a pregonar-. Víctor Manuel II, con la excusa de frenarlo y proteger la sede pontificia, envía a sus militares a los territorios papales. En las regiones de Umbría y las Marcas han producido disturbios nacionalistas que el rey de la casa de Saboya dice que pretende aplacar para proteger el papado.
Pío IX rechaza todas las explicaciones y ordena a su ejército que presente resistencia a los invasores. Piamonteses y papales se enfrentan el 16 de septiembre en Castelfidardo, población de las Marcas cercana al Adriático, con un resultado adverso para las tropas del papa en el campo de batalla. Después de aquella jornada, los Estados Pontificios quedan reducidos a Roma y sus alrededores. La misma ciudad eterna se mantiene bajo control papal gracias a la guarnición francesa que la defiende.
Víctor Manuel II es proclamado rey de Italia
Meses después, ya en 1861, Víctor Manuel II es proclamado rey de Italia. Sólo Venecia, bajo dominio austriaco, y Roma quedan al margen. El pacto entre el Piamonte y Luis Napoleón tiene en cuenta la garantía de la independencia de la Santa Sede. La suerte de Roma se liga a la suerte de Luis Napoleón. Y la suerte no tardará diez años en hacerse adversa. El 19 de julio de 1870 comienza la guerra entre el reino de Prusia y Francia, que acabará el año siguiente con la derrota de los franceses y la abdicación y el exilio en Inglaterra del emperador Luis Napoleón III. Al iniciarse este conflicto, Francia retira la guarnición que protege Roma y el nuevo Gobierno de Italia, que en 1866 se ha anexionado Venecia, ve que ha llegado el momento de completar definitivamente la unión del Estado. Antes de pasar a la fuerza, se intenta la diplomacia. El 10 de septiembre, un emisario piamontés ofrece un pacto al papa según el cual podía conservar el dominio de la llamada ciudad leonina, es decir, la zona amurallada que se extiende desde el Vaticano hasta el castillo de Sant’Angelo y el Tíber. El acuerdo también incluye una compensación económica para resarcir al papa de los territorios perdidos. Pío IX no sólo rechaza el ofrecimiento, sino que se enoja de tal manera que inquieta el delegado italiano, el cual, al marchar, nervioso y atribulado, está a punto de caer por una ventana.
Roma se convierte, oficialmente, la capital de la Italia unificada
Diez días después, las tropas italianas toman Roma y a mediados de octubre la ciudad se convierte, oficialmente, en la capital de la nueva Italia unificada. El Gobierno decide convertir el palacio del Quirinal en residencia del rey. El palacio es propiedad papal y Pío IX se niega a entregar las llaves, en una muestra más de su iracunda oposición. Sin que el papado quiera entrar en ningún tipo de negociación, el Gobierno italiano redacta, en diciembre de 1870, la llamada ley de garantías. Aunque se declara que el Vaticano es propiedad estatal y se dan por extinguidos los Estados Pontificios, se establece que el papa tenga el tratamiento de un soberano, disponga de guardia personal y pueda ocupar los palacios del Vaticano y el de Letrán -oficialmente, la basílica de San Juan de Letrán es la catedral de Roma- y la residencia estival de Castel Gandolfo. La misma ley ofrece una pensión anual al papa de tres millones y medio de liras que no es aceptada, ya que la postura oficial de la Iglesia pasa por no reconocer la legitimidad del nuevo reino de Italia.
4.- De la muerte de Pío IX al nacimiento del estado del Vaticano
El encaje entre el poder terrenal de la Iglesia y el nuevo Estado italiano se resolvió en 1929 con la creación del Estado más pequeño del mundo
Antoni Sella (texto) / Jaime Fernández (asesoramiento)
Pío IX muere en el Vaticano en 1878, sintiéndose prisionero. Ni él ni sus sucesores inmediatos -León XIII, Pío X y Benedicto XV- aceptarán la nueva realidad política italiana y la pérdida de los Estados Pontificios, alargando hasta 1929 la denominada cuestión romana, es decir, el encaje entre el poder terrenal de la Iglesia y el nuevo Estado italiano. La querella entre el papado y la joven monarquía italiana origina situaciones rocambolescas. Así, durante el pontificado de León XIII, que ocupa el solio pontificio de 1878 a 1903, el papado sigue pagando la factura de agua del palacio del Quirinal, sede de la monarquía, para disponer de un argumento a la hora de reclamar su propiedad.
En este tiempo, la Iglesia no sólo prohíbe a los católicos participar en el Gobierno italiano, sino que el Papa pone trabas, en 1900, para dar cristiana sepultura al segundo rey del país, Humberto I. Unos años después, en 1919, su sucesor, Víctor Manuel III, amenaza con la abdicación si el Gobierno se dispone a negociar la cuestión romana con el Vaticano, en un momento que desde el papado ya se ve que la única salida a la cuestión pasa por llegar a un acuerdo. Para el papado, el problema es, ahora, que el enfrentamiento con Italia, nación reconocida, lo aísla del contexto internacional. Por otro lado, la emergencia del socialismo hace que la Iglesia encuentre un enemigo más poderoso que la monarquía parlamentaria y burguesa de la casa real de Saboya.
Pío X levanta la prohibición a los católicos de participar en la vida política italiana
A finales de su pontificado, en 1914, Pío X hace un gesto: levanta la prohibición a los católicos y les permite participar en la vida política italiana. Pero la cuestión romana sigue sin resolverse y la Iglesia paga un precio elevado. Al terminar la Primera Guerra Mundial, el Vaticano se encuentra aislado. El papa Benedicto XV, clérigo formado en la diplomacia y pontífice desde 1914, busca puntos de concordia. No sólo aprueba la participación de los católicos en la vida política italiana, sino que, a partir del 1919, también fomenta la creación de un partido -Partito Populare Italiano- que se encontrará en el origen de la Democracia Cristiana.
Benedicto XV muere en enero del 1922. El cónclave para elegir a su sucesor es especialmente enrevesado. Buena parte de los cardenales consideran que el difunto era demasiado liberal e intentan forzar un cambio de rumbo conservador. Finalmente, sale elegido el arzobispo de Milán, Achille Ratti. Este antiguo prefecto de la Biblioteca Vaticana, clérigo acostumbrado a las intrigas y los silencios, adopta el nombre de Pío XI. Y sólo iniciar su pontificado hace gestos para demostrar un carácter conciliador: por primera vez desde 1870 un papa sale al balcón de la basílica de San Pedro para ofrecer la bendición ‘urbi et orbe’ -en la ciudad y en el mundo-.
La creación del estado del Vaticano, el más pequeño del mundo
Si Pío XI llega al solio pontificio en febrero de 1922, en octubre del mismo año Benito Mussolini es nombrado jefe del Gobierno italiano. El primer quiere resolver definitivamente la situación terrenal y temporal de sus dominios, y el segundo busca la manera de obtener la aquiescencia eclesiástica para desarrollar el fascismo. El acuerdo tarda unos años, pero se concreta en febrero de 1929, y queda escrito en el tratado de Letrán. Por este acuerdo se crea el Estado más pequeño del mundo, el Vaticano. Su extensión es de 43 hectáreas alrededor de la basílica de San Pedro e incluye las otras tres basílicas mayores: San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor, así como la residencia estival de Castel Gandolfo y diversas instituciones vinculadas a la formación doctrinal.
El tratado de Letrán también incluye una compensación económica cifrada en 1.750 millones de liras, más de la mitad de las cuales se abonan con deuda del propio Estado italiano. Cincuenta y nueve años después de que Pío IX se sintiera prisionero en Roma, su sucesor, Pío XI, estableció el acuerdo definitivo sobre el que se ha construido el Vaticano que hoy conocemos.
5.- Los protagonistas
De Pío IX a Pío XI pasando por Víctor Manuel II y Napoleón III
Antoni Sella (texto) / Jaime Fernández (asesoramiento)
Pío IX
El cardenal Giovanni Maria Mastai Ferretti (Senigallia, 1792 – Roma, 1878) había formado parte de la curia vaticana y era distinguido por un talante moderadamente abierto. Comprensivo con el nacionalismo italiano y proclive a introducir reformas en los Estados Pontificios, fue elegido papa con el nombre de Pío IX el 16 de junio de 1846. Cambió radicalmente de postura cuando, en 1848, se vio obligado a huir de Roma disfrazado de simple cura. Como padre de la Iglesia, estableció el dogma de la inmaculada (la Virgen nació sin pecado original) y el de la infalibilidad papal (el Papa no se equivoca). En 2000, Juan Pablo II le beatificó.
Víctor Manuel II
El último rey de Cerdeña y primero de Italia nació en Turín en 1820 y murió en Roma en 1878. Hombre de talante conservador y tradicionalista, se avino a jugar las cartas de la unidad italiana y el constitucionalismo debido a su buen olfato para la política. Destacó por su valentía militar y por saber adaptarse a los designios de su primer ministro, el conde de Cavour. Defensor de su pasado familiar, al ser nombrado rey de Italia no quiso pasar a la historia como Víctor Manuel I y mantuvo la cronología del reino de Cerdeña, lo que desagradó a muchos unionistas.
Napoleón III
El sobrino de Napoleón Bonaparte transitó entre el republicanismo revolucionario y la grandeza del imperio. Nacido en París en 1808, en la década de los treinta del siglo XIX participó en las revueltas de los Estados Pontificios. Se hizo conservador, y consiguió la presidencia de la República Francesa en 1850 y fue nombrado emperador de los franceses en 1852. Casado con la española Eugenia de Montijo, se convirtió en el último protector militar del papado. Murió en el exilio en Inglaterra, en 1873, después de haber abdicado como consecuencia de la derrota francesa en la guerra con Prusia que dio lugar al nacimiento del imperio Alemán.
Pío XI
El cardenal Achille Ratti (Desio, 1857 – Roma, 1939) fue elegido papa en 1922, en una elección difícil y calificada de sorprendente. Hombre de personalidad compleja, es recordado tanto por su afabilidad como por sus iracundos ataques de ira con que respondía a aquellos que le contradecían. Alejado de la política vaticana, nada más ser elegido adoptó actitudes tendentes a la reconciliación y impuso, pese a la oposición de buena parte de la curia vaticana, el tratado de Letrán por el que se creó el Vaticano.
6.- Cronología
24 de noviembre de 1848.
Una revuelta obliga a Pío IX a huir de Roma disfrazado de simple sacerdote. (Si es una consecuencia, mejor «Por este motivo, el Papa…» El papa siempre se negará a reconocer a los nacionalistas italianos.
18 de junio de 1959.
Una encíclica papal condena a los católicos que quieran convertirse en súbditos de la nación italiana, después de haber excomulgado al rey Víctor Manuel II.
16 de septiembre de 1860.
En su última batalla, el Ejército papal es derrotado en Castelfidardo. Los Estados Pontificios quedan reducidos a Roma y su región.
1861.
Víctor Manuel II de Saboya es proclamado rey de Italia.
20 de noviembre de 1870.
El Ejército piamontés entra en Roma y el papa Pío IX se declara prisionero en su ciudad.
1918.
Al terminar la Primera Guerra Mundial y con Italia en el bando de los vencedores, el papado se encuentra aislado internacionalmente.
1919.
Desde el Vaticano se promueve la creación de un partido católico en Italia, después de levantarse la prohibición de participar en la vida política del país.
Febrero de 1922.
El nuevo papa Pío XI es el primero en volver a dar la bendición ‘urbi et orbe’ a los fieles, desde la ocupación de Roma en 1870.
11 de febrero de 1920.
El Gobierno de Mussolini y el papado firman el tratado de Letrán por el que se crea el actual Vaticano.








