La hipótesis sobre la existencia de un cuarto fugado que alcanzó la frontera se inició con el encuentro casual con Gaspar Linzoain, vecino del pueblo de Iragi, en la montaña navarra. A este encuentro sucedieron otros en la zona, que conforman una sólida base acerca de la existencia de un cuarto fugado. Se trascribe el relato que hizo Gaspar y un resumen de los otros relatos (*) e indagaciones que contrastan la narración.
Relato de Gaspar Linzoain, testigo de la evasión de 1938 y de su encuentro, sesenta años, con uno de los fugados. Iragi, 2011.
Gaspar Linzoain, entonces un niño de seis años que acudía a la escuela de Eugi desde la borda Arago, fue testigo directo del fusilamiento de uno de los escapados. En ese pueblo había entonces dos puestos de vigilancia: en el camino a los Aldudes, el cuartel de Carabineros, responsable del control de fronteras y en el centro del pueblo, junto a la escuela de niños –las niñas estaban segregadas en otro local-, el cuartel de la Guardia Civil. Estando en el tiempo de recreo en la escuela, dos guardias sacaron del cuartel a una persona maniatada, tomando el camino hacia el puente viejo., Al percatarse de la chiquillería, los ahuyentaron, pero ellos, al ir arropados por otros niños hijos de los guardias, se quedaron expectantes en el puente, siendo testigos del fusilamiento en Iroxo.
Hace unos años, hacia 1998, en Iragi -21 habitantes-, entabló conversación con un forastero. Piensa que fue hacia la primavera, un día lluvioso. Llevaba un todoterreno grande y oscuro. Residente en los Estados Unidos, había regresado para recordar los lugares donde había salvado la vida. Le contó que su padre, de familia pobre en Azagra, entró a trabajar para el Ayuntamiento, afiliándose a la UGT. Llegó la insurrección franquista y fueron a buscarlo y como no lo encontraron se llevaron a su hijo, el relator de la historia, a quien trasladaron al Fuerte de Ezkaba, pues la cárcel local estaba llena. Comentó que entonces tenía 18 años y que hacía de monaguillo en el Fuerte, pues era tiempo que no permanecía en la celda.
En entrevista posterior, con miembros de Txinparta y de la Sociedad Aranzadi presentes, completa el relato, del encuentro con el cuarto fugado, como que su padre se había escapado y él le llevaba comida. También añade que al padre lo acabaron cogiendo y fusilando y que a su madre y hermana les causaron agravios y que más adelante fueron a vivir a Pamplona, mostrando reticencia en volver de visita a su pueblo, Azagra, por los recuerdos de necesidad y sufrimiento asociados.
La vida en el Fuerte era muy penosa, muriendo gente por las malas condiciones. Se sumó a la fuga y en un grupo de seis escapados, alguno también de Azagra, Encontraron dos personas de Etsain, que estaban segando forraje. Les dieron pan y vino y les indicaron la referencia del río Arga. Remontandolo, se encontraba Francia. Pero el fugado observó que el más joven, se alejaba ligero hacia el pueblo y temieron que avisase a los militares. Denunciar a los fugados era una obligación y se había difundido que eran unos peligrosos criminales. Salieron de los pueblos en persecución de los fugados, pero en algún caso, como el de Miguel G., su activa colaboración, lo achaca al mal carácter de esa persona y fama de mal trabajas. Originario de la Basaburua, casado en Banka, por lo que le llamaban el francés y asentado en Egozkue.
En el término de Bardegi, cerca del Alto de Egozkue, fueron interceptados. Uno de los fugados, de Azagra, descrito como alto y fuerte, que cita como uno de los fusilados en Urtasun, llegó a pelear por el arma del militar y quedó con un golpe en la cara. El forastero le contó sobre ése, su compañero de Azagra, que eran siete hermanos, todos altos; uno de ellos, fue voluntario requeté, que acudió a Iragi a enfrentarse a los militares por haber conocido que allí habían matado a su hermano; militares hospedados en la misma casa de Gaspar Linzoain, que hacía las veces de posada del pueblo.
Con el tiroteo se dispersaron. A un par que detuvieron los bajaron a Iragi. Como no estaba el cura, fueron a Urtasun. Allí el párroco trató de evitar su muerte, exponiendo que de la confesión se desprendía que eran buenos cristianos. Uno de los armados, apartándole, se llevó a los detenidos. Del grupo, uno de los fugados, el forastero que regresa a Iragi, contaba que logró ocultarse en la maleza, siguiendo la máxima que repite Gaspar: “de día catalogar y de noche andar”, y comiendo habas de una huerta de Eugi a la luz de la luna. Recordaba haber pasado por una zona de peñascales en su huída –que Gaspar relaciona ahora con la zona de Leate-.
De allí, tuvo que eludir nuevamente a los militares en la zona de Quinto, hasta llegar a Banka, todavía en la duda de si había pasado la frontera. Se atrevió a preguntar a un joven que andaba con ovejas, pensando en que si no estaba militarizado, era porque ya no estaba en España. Este lo acogió en su caserío. El médico local le sacó una posta de escopeta del brazo, lo que indica que no eran sólo militares los perseguidores, que llevaban fusiles mauser. Se recuperó de la herida y del agotamiento. El pastor tenía dos hermanos en EEUU, pero el fugado no tenía documentación para entrar allí, por lo que de Francia pasó a Méjico, de donde lo reclamaron los hermanos del pastor, con los que estuvo trabajando. Al estallar la Segunda Guerra Mundial fue movilizado en el ejército norteamericano, ya que la alternativa que le plantearon era la repatriación a España. Hizo un curso de tanquista y estuvo en Europa, donde tenía paga de suboficial. Al regresar, con los conocimientos de mecánica, puso un camión y sus hijos, que siguen en EEUU, completaron una flotilla de transporte.
Gaspar le dijo al forastero que él tenía un hermano en las Américas, trabajando para uno que le llamaban “el italiano”, a quien el fugado reconoció en la conversación: era llamado así, por ser hijo de italianos, si bien él ya era nacido en América. Sobre la población en la que pudo estar el fugado, a Gaspar le sonaba algo así como la población de Chino, cita que hay que tomar con prudencia, pues puede mezclarlo con el lugar de residencia de su hermano Abdón, residente hasta su fallecimiento en Ontario, a 7 km de esa población de Chino, del mismo modo que citó que los hermanos Zudaire eran siete, cuando eran cinco.
La entrevista termina con un sabroso amarretako que Gaspar y su familia ofrecen a los visitantes, costumbre arraigada en esa cultura poco mercantilizada y la conversación se abre a otros campos, como los portillos utilizados en la gaulana, donde vuelve a destacar la notable memoria de Gaspar para nombres y hechos.







