EN el mundo de Internet y de las redes sociales, la identidad virtual tiene una especial significación sobre la identidad real. En la vida real las personas nos presentamos y nos comportamos de manera diferente, según el contexto en el que nos relacionamos. Tenemos identidades «yos» diferentes para cada ambiente en el que nos movemos, pareja, familia, amigos, conocidos o compañeros.
En las redes sociales, por el contrario, existe una única ventana a través de la cual mostrar todos esos «yo», sin distinguir destinatarios. Esto hace que intentemos, con poca eficacia, segmentar la escucha, prohibiendo que padres, empleadores, compañeros de trabajo o personas determinadas accedan a nuestro perfil. Se plantea, por tanto, un problema fundamental para la gestión de la identidad pues, aun presentándonos en diferentes redes sociales con diferentes perfiles -por ejemplo Linkedin para el trabajo, Facebook para los amigos y Twitter para manifestar gustos y opiniones en general-, al final todo reaparece en ese territorio ignoto que es Internet, en el que, como si del gorro de un mago se tratara, toda la información permanece en la web y resulta accesible.
Consecuentemente, es necesario un nuevo aprendizaje de la gestión de la identidad. Es habitual dar información en opiniones, hechos vividos o experiencias compartidas, a lo largo de toda nuestra vida. Pero con el tiempo las personas cambiamos, se modifica nuestro estatus social, familiar y laboral, varían nuestros intereses y opiniones o modificamos el lugar de residencia. Y, hasta hace poco, el transcurso del tiempo, el espacio y las dificultades de tratamiento de la información eran aliados en la protección de la intimidad y de la privacidad.
Esto ha cambiado. Aunque no siempre actuemos en consecuencia, sabemos que la globalización ha dejado de ser un eslogan para ser la realidad en términos económicos, tecnológicos y sociales. Técnicamente es ya incuestionable que la información que depositamos en internet permanece en internet. Y, sin embargo, la práctica habitual nos indica que el usuario no tiene una conciencia clara de sus actos en las redes sociales y que al interactuar desde la distancia se percibe una falsa sensación de seguridad.
Nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta información sobre las personas. Nunca en la historia de la humanidad han sido las propias personas las que han dado tanta información sobre ellas mismas. El control sobre las personas ya no tiene sólo una dirección vertical de arriba abajo, del poder sobre los ciudadanos; ahora el control es horizontal todo el mundo controla a todo el mundo. Hemos pasado, como dicen algunos autores, del Big Brother al Big Other.
Hoy el fenómeno del prestigio y posicionamiento en la web 2.0. se convierte en una cuestión estratégica para el futuro social y profesional de las personas; de ahí que sea tan importante aprender a gestionar nuestra propia identidad digital y a ser respetuosos con los demás, pues los comentarios que sobre ellos hagamos, también formarán parte de su identidad digital.
¿Y cómo se configura la identidad virtual? La identidad se configura con toda la información que sobre una persona está disponible en la Web, no sólo procedente de redes sociales, sino de cualquier fuente, prensa, boletines oficiales, blogs, páginas web, foros… Es decir, la identidad en línea se conforma con perfiles queridos, o construidos voluntariamente por las personas afectadas y con perfiles en los que se publica información sin el consentimiento de la persona afectada. Muchas veces, sin su conocimiento.
Por eso resulta preciso hacer una llamada a la prudencia. No se trata de teorizar. Todos los días las redes nos informan de un sinfín de casos, aparentemente triviales, con consecuencias no deseadas. Habitualmente leemos noticias que en el cine nos parecerían muy imaginativas y que en la vida real resultan inquietantes. Pensemos en el caso que hizo transparente al futuro jefe de los espías candidato a director del M16, o en el sin fin de noticias de empleados que cuelgan información en redes sociales y a las que acceden sus empleadores, con efectos, evidentemente, no queridos. Y qué decir de la información aportada por la geolocalización, que da información sobre dónde estás, pero sobre todo dónde no estás.
Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que se haya prohibido a los miembros de fuerzas armadas destinados en guerras o lugares comprometidos, así como a sus familias, poner información en redes sociales, puesto que esos datos virtuales son susceptibles de provocar consecuencias graves en su vida real.
De ahí que sea imprescindible, junto con nuestro aprendizaje y cautela, un compromiso global para una sociedad globalizada, en la que el respeto al derecho fundamental a la protección de datos sea una realidad. Las Autoridades de Control dirigimos todos nuestros esfuerzos en esta dirección, en la certeza de que la aceptación de unos principios básicos asumidos por todos, son garantía de respeto a los derechos de las personas y de su seguridad. Unos principios que requieren que los usuarios utilicemos las redes de manera mas reflexiva y que los proveedores de redes sociales cumplan rigurosamente sus obligaciones como entidades que tratan datos de carácter personal.
Las redes sociales han venido para quedarse, son un excelente medio para relacionarnos, traen increíbles ventajas. Aprendamos, reflexionemos sobre como actuar en la vida virtual y nos irá mucho mejor en la vida real.







