El valor del territorio rural

La valoración del paisaje rural es bastante antigua. Del siglo XVI al XX, la representación del paisaje rural adquirió protagonismo como imagen de contenidos estéticos y emotivos. A lo largo del siglo XX, la mejora de los medios de transporte, en especial del automóvil, facilitó la percepción directa del paisaje rural por parte de la sociedad.

 

La valoración como factor de equilibrio ambiental es más reciente: evolucionó desde la consideración de las singularidades como objeto de protección hasta la comprensión como conjunto de sistemas relacionados entre sí. Se llegó a la conclusión de que la supervivencia de lo que era más atractivo del territorio dependía directamente del mantenimiento del conjunto.

 

Actualmente, el espacio rural se entiende como componente imprescindible del equilibrio ambiental de un territorio complejo: las áreas urbanizadas y densamente pobladas conviven en contacto más o menos directo con áreas naturales. La preservación de un amplio espacio no urbanizado es actualmente imprescindible para facilitar procesos tan fundamentales para la supervivencia de las áreas urbanas como la filtración del agua de la lluvia o la neutralización del CO2 y otros residuos. De hecho, la conservación de los sistemas naturales se entiende como una exigencia de previsión estratégica hacia un futuro desconocido, pero también como un factor que contribuye eficazmente al reequilibrio de los efectos negativos de nuestras ciudades. Y es así, las ciudades y aglomeraciones metropolitanas son como unas grandes máquinas que necesitan muchos recursos -que hay que hacer llegar, que generan muchos residuos- que hay que eliminar y, sobre todo, que disipan gran cantidad de energía.

 

Pero no siempre ha sido así. Los primeros asentamientos humanos partían de una racionalidad ecológica absoluta: el ahorro de energía para desarrollar actividades en un mismo lugar sin tener que desplazarse. La evolución hasta hoy ha sido compleja. Se puede hablar de los cambios por la especialización de sus miembros, el intercambio de materias y productos, la protección de los habitantes… Pero es innegable que con la Revolución Industrial nuestros asentamientos se especializaron. Y crecieron. Entonces, las nuevas energías eran baratas e inagotables, el transporte de materias primas y productos elaborados no era un problema. Los residuos se vertían en el patio trasero y hacia abajo, que está inclinado: había otras necesidades y prioridades.

 

Y de hecho el actual modelo urbano es el mismo que hace ciento cincuenta años. Y cada vez somos más y más exigentes en nuestras demandas. No deja de ser una obviedad que nuestras ciudades no han sido capaces de evolucionar en paralelo a los cambios de la sociedad: modelos productivos, necesidades creadas, derechos que creemos adquiridos… Y todo esto se ha hecho sin mirar el medio que nos rodea, sin ser realmente conscientes de que es imprescindible para sobrevivir.

 

Pero hay que tomar realmente conciencia de que es un espejismo; que el equilibrio puede romperse. De hecho, o somos capaces de garantizar la sostenibilidad del intercambio de energías que nuestros sistemas urbanos consumen y generan, o asfixiar el mismo sistema. Y, en esta línea, tanto el modelo territorial como la forma urbana se han de poner en crisis para adaptarlos a este nuevo paradigma: las ciudades son unos sistemas abiertos que, a diferencia del sistema global, importan excesivos recursos, exportan demasiado contaminantes y disipan unas cantidades ingentes de energía.

 

Y hay buenos ejemplos para aprender. Incluso la misma naturaleza los proporciona. Pero de eso hablaremos otro día.

 

El Punt/Avui