En el vasallaje portugués de Ormuz se demuestra que todos los imperios son formas organizadas de piratería (“EE.UU., Ormuz y Portugal”, Gabriel Magalhães)
Este verano, aparte del eclipse, los terremotos, los incendios brutales, las guerras del mundo, las olas de calor…, dos angustias (con final feliz) han tenido en vilo a los sensibles ciudadanos del reino español: el asalto africano a la ciudad europea de Ceuta, y los vaivenes, zozobras y glorias del Mundial de fútbol. Aunque los dos fenómenos se han cocinado en escenarios ajenos a nuestra geografía, los hemos sufrido como si ocurrieran en casa. Ventajas de gozar de un sistema mediático controlado por España.
Más allá de ironías, si los consideramos cronológicamente, el Mundial ha venido precedido por la polémica de la prohibición de selecciones de otras naciones que no fueran la legal, la oficial, la única: la española. Con el triunfo de esta, trufada con jugadores de procedencias no reconocidas, ya nos advierte Inma Tubella de la majadería de que no hay que mezclar deporte y política: “La victoria de España en el mundial ha vuelto a demostrar que el fútbol nunca es sólo fútbol. Cuando gana una selección estatal, no se aclama únicamente a un grupo de jugadores. Se exhiben banderas, se proclama una identidad colectiva y se refuerza el relato de una nación” (Inma Tubella).
Es decir, cuando se prohíbe una selección nacional (vasca, catalana…), se pliegan banderas, se niega una identidad colectiva y se silencia el relato de una nación. De manual. Baskonia no existe, luego no le corresponde una selección nacional. La evidencia colonial de nuestra colectividad viene definida por/desde España.
El caso de Ceuta, el asalto de los jóvenes africanos, unas 70.000 personas en pocos días, con el añadido poco destacado de la friolera de un centenar y medio de muertos en el intento, pone de relieve asimismo esa naturaleza colonial del Estado, desde otro ángulo geográfico. Ceuta y Melilla. Cualquiera con dos dedos de frente se preguntará: ¿qué interés tiene España en mantener el dominio sobre dos plazas militares en África? No tienen vínculo territorial, ni industria, nada que defender, salvo a sí mismas, no producen nada, no están en ninguna ruta de la seda, del cacao o de la mandanga (bueno, quizás esta sí)… Su población se compone de militares, funcionarios o nativos del entorno marroquí. La única razón para conservar estas colonias es la tradición —o sueño— de seguir siendo un imperio.
El debate de la estructura colonial de los estados que nos rodean ya se suscitó en el franquismo, de la mano de Joxe Azurmendi o Manex Goihenetxe, en línea con las reflexiones de Frantz Fanon. En la actualidad uno de los referentes mundiales de esta corriente es Ramón Grosfoguel, catedrático de Berkeley, que formula la teoría decolonial a partir de parámetros del presente. Su pensamiento nos remite a los orígenes del colonialismo europeo, y explica que el imperialismo que arrasó el mundo no se limitó a controlar y expoliar un sistema económico, sino que se hizo acompañar de un sistema “civilizatorio”. En él, los ejes de opresión, más allá de la rapiña, se complementaban: cultura, género, lengua, epistemología, etnias… Las colonias terminaban pensando como el conquistador. Para escapar a este modelo, lo que propone Grosfoguel es, en primer lugar, una descolonización epistemológica y mental.
En efecto, la epistemología con que funcionamos encubre un pensamiento de legitimación implícita, de naturalización, de ese “pasado” imperialista que nos construye. Hoy hablas del imperio para referirte a situaciones como las citadas, la selección nacional vasca o las ciudades africanas de Ceuta y Melilla, y te miran como las vacas al tren. España, ¿imperio? Ni que llevaras cinco siglos de despiste. Y, sin embargo, ¿cómo se explican esos resabios de poder? La colonización mental nos impone un cuadro epistemológico a la medida de un Estado cavernario (según Platón), muy europeo, muy democrático, muy liberal, que sin embargo no asume los derechos de los territorios nacionales que domina.
El 22 de octubre el sociólogo Ramón Grosfoguel acudirá a una jornada organizada por la EHU y Nabarralde, en Donostia, acompañado de académicos y pensadores como Eguzki Urteaga, Joseba Sarrionandia, Cira Crespo, Ekai Txapartegi, etc. Merecerá la pena escuchar.









