Dos colonizaciones

La conquista de México y del imperio Azteca, en 1519, por Hernán Cortés, la del Perú y del imperio Inca, en 1531, por Pizarro, y la de Argentina, Uruguay y Paraguay y los imperios de los Charruas, los Querandíes y los Guaraníes por Mendoza, en 1540, tiene una base común. Se encarcela al príncipe del pueblo colonizado, Moctezuma, Atahualpa…, se le obliga a pagar tributo, a trabajar para pagarlo y se asegura así el sometimiento del pueblo, evitando la revuelta. La represión era dura y pública para ser ejemplar. Lo sistemático eran las encomiendas y los repartimientos. El interés de los conquistadores era el oro y la plata de los pueblos colonizados porque era éste el único valor que en la época podía ser transportado a la metrópoli y porque el sistema financiero y el instrumento de pago estaba basado en el oro.

La colonización se ejercía en territorios ricos y poblados en los que la mano de obra permitía el trabajo forzado para obtener el beneficio rápido que estaba en el origen de la conquista. La conversión de los pueblos colonizados a la fe católica era un objetivo que pretendía sustituir una religión, cultura y hábitos que eran considerados sujetos de idolatría, opuestos al orden social que correspondía e inferiores en todos los hábitos propios. Para los conquistadores, la autoridad religiosa, la Iglesia, y la política, el rey, máxima autoridad que venía directamente de Dios, eran dos valores que debían ser obligatoriamente respetados. En este entorno de leyes y principios, la primera prioridad era conseguir fondos para un Estado siempre endeudado en exceso por la guerra en Europa.

Los religiosos que acompañaban a los conquistadores, Bernardino de Sahagún a Cortés, describen la crueldad de estos hechos: «[…] Los españoles cogieron a Moctezuma… antes de anochecer, el terror se había extendido por todas partes, el miedo de la gente… y los españoles tomaron todo lo que consideraron que era bueno, tenía valor…» Bartolomé de las Casas describe en ‘La historia de la destrucción de las Indias’, publicado en 1542, la conquista de Nueva Granada, ahora Colombia. «El colonizador trataba a la población nativa, dignatarios, ancianos, mujeres, niños como si fueran suyos y les hacía trabajar día y noche para sus intereses sin descanso…», o cuando habla del Perú «…En 1531, otro gran villano, Pizarro, invadió el reino del Perú con la intención de repetir la estrategia de destrucción, robo y sometimiento utilizada por otros antes en estos territorios…»

La explotación de las minas reúne en 1650, en Cerro Rico, Potosi, a 160.000 personas, una población superior en la época a la de Lisboa o Venecia. El sistema de explotación de las minas, de carácter público porque era directamente explotado por el Estado, fue ideado y establecido por Francisco de Toledo al 1569 para Perú y Bolivia. La población era desplazada y agrupada cerca de los centros mineros y trabajaba en un régimen prácticamente de esclavitud. El sistema que se mantiene hasta el 1825 apenas permitía subsistir a la población local, pero era eficaz para la producción de metales preciosos que era transportada a España en convoyes marítimos una vez al año. Esta organización económica y social enriqueció a los conquistadores y generó muchos recursos para la corona; todavía el 30% de PIB español en la segunda mitad del siglo XVIII provenía de América, pero convirtió a Sudamérica en el continente con mayores desigualdades.

La base de la colonización española y también portuguesa descansaba en gran parte en explotar el trabajo de terceros. El trabajo, según la tradición católica, es una maldición divina y no una manera de dignificar al hombre: cuando Adán es expulsado del Paraíso, es condenado a trabajar para subsistir… Estos principios no entraron en crisis en España hasta finales del siglo XIX. La riqueza generada por la colonización es fruto de la convergencia de intereses políticos y económicos de un estado aristocrático, y de una pequeña élite que saca beneficios generosos en una época en que la frontera entre lo público y privado era borrosa. El mestizaje dio, a partir del siglo XVIII, una nueva clase social basada en los mismos privilegios y tradiciones del antiguo régimen, privilegios que se mantienen hasta después de la independencia, y que constituyeron la base económica y social de las nuevas repúblicas americanas.

EL PUNT – AVUI