Del Imperio al comunismo: China a través de las frases de Confucio

Un pensamiento milenario

A ojos de un occidental, la convulsa historia de China puede resultar críptica. Para comprenderla mejor tenemos a Confucio, cuyo pensamiento impregna dos milenios de la vida del país

A principios del siglo XX, China cerraba un capítulo de más de dos mil años de su historia. Con el levantamiento de Wuchang (1911) se inició una revolución que acabó con el reinado de Puyi, el último emperador. Atrás quedó el feudalismo tradicional, que se había demostrado incapaz de modernizar el país, y ahora los ideales en boga eran el nacionalismo y el republicanismo de corte occidental.

Tras un breve periodo nacionalista, que estuvo marcado por una cruenta guerra civil, en 1949 un Mao Zedong victorioso fundó la República Popular China. En apenas unos años, el país había viajado del nacionalismo al socialismo, y siempre de manera brusca para con la tradición anterior. Primero, de la mano de unos liberales que decían querer acabar con “la tienda de Confucio”, y luego de la mano de unos comunistas que pretendieron aniquilar todo lo relacionado con el Imperio y la filosofía tradicional confuciana.

Pero ¿puede una nación tan antigua olvidar su pasado de un día para otro? Según la historiadora Mariola Moncada Durruti, autora de una investigación sobre el confucianismo y su impacto en la política de China, no. De hecho, según ella, entender el confucianismo es clave para comprender la historia política del país asiático.

Moncada forma parte de un extenso grupo de historiadores que han visto el maoísmo como una adaptación del marxismo a la tradición China. Lo mismo podría decirse del capitalismo de Estado que inauguró Deng Xiaoping. Si, a pesar de la economía de mercado, el Partido Comunista de China (PCCh) ha logrado mantener su poder indiscutido, sería gracias a la cosmovisión confuciana de sus gentes.

En su niñez, nada indicaba que Confucio (c. 551 a. C.-c. 479 d. C.) sería algo más que un cuidador de ovejas. Había venido al mundo en las tierras del señorío de Lu, un territorio por entonces sumido en luchas intestinas por el poder. Además, su padre murió cuando él contaba apenas tres años, dejando a su madre casi en la indigencia. Educado en una escuela de plebeyos, si Confucio logró formarse fue gracias a sus dotes naturales.

 

Exprimió como nadie el escaso conocimiento que recibió sobre las Seis Artes, un conjunto de disciplinas que abarcaban por entonces desde la música hasta las matemáticas. Merced a esto, siendo aún joven ya había sido maestro y acaparado importantes puestos funcionariales dentro de la jerarquía de gobierno de Lu.

De esa experiencia el joven extrajo sus doctrinas políticas. De eso, y de una relectura de la tradición china. Como dijo él mismo, su pensamiento no era más que una recuperación de los valores heredados. Los revisó y dejó escritos en las Analectas, el único texto que, aun con algunas tergiversaciones, se considera una fuente primaria. Escritas no por él, sino por sus discípulos, recogen lo que el sabio pensaba sobre las relaciones humanas.

Para él, los vínculos principales eran los que florecen dentro de la familia, entre el dueño y el esclavo y entre el rey y sus ministros. Aunque su esquema era jerárquico, y se construía de arriba a abajo, también funcionaba en la dirección opuesta. Igual que un padre protegía a un hijo, un esclavo debía respetar a su dueño. Así sucesivamente hasta llegar al gobernante, que debía ser el culmen de todas las virtudes.

En esta línea, teniendo como máximas las virtudes de la tolerancia, la bondad, la benevolencia, el amor al prójimo y el respeto a los antepasados, también trazó cuáles debían ser los deberes de un dirigente. Hombre virtuoso y esforzado en perfeccionarse a sí mismo, el buen líder también debía amar a su pueblo.

¿Qué significaba eso, en términos menos simples? Por ejemplo, había que entender las que, según Confucio, eran las dos realidades que coexistían en cualquier hombre. Una, su naturaleza inclinada a los placeres de la carne, siempre peligrosos; la otra, su capacidad de guiarse por la razón, una virtud deseable, aunque fácil de perder.

¿Por qué esa obsesión por las cualidades unipersonales del gobernante? Un hecho central en la doctrina política de Confucio es el concepto de la armonía. Una especie de estado de gracia que no se obtiene sin un liderazgo bondadoso. Al fin y al cabo, el pensador creía que los súbditos siempre tenderían a imitar todo lo que de bueno vieran en su príncipe.

Para que este estado de armonía se mantuviera, sin embargo, también debía operar dentro de la familia. Los padres esperaban de sus hijos el mismo respeto que el pueblo sentía por su gobernante.

Tras su muerte, la doctrina filosófica de Confucio se instauró hasta el punto de ser determinante en los siguientes dos mil años de historia de China. Y, a pesar de los intentos de nacionalistas y comunistas por hacer tabla rasa, al ocaso del siglo XX seguía en vigor.

De hecho, en el culto a Mao se advertía parte del viejo ideal jerárquico confuciano. ¿Acaso no esperaba el líder comunista el mismo nivel de amor y respeto que Confucio había pedido para el emperador?

Esa sugerente lectura es la de muchos historiadores. Como explica la profesora Moncada, el comunismo maoísta bebió no poco del viejo concepto de la armonía confuciana, eso sí, disfrazado de marxismo. Igualmente, en el modo de actuar del PCCh actual se vislumbra mucho de la ética tradicional. Entre constantes llamadas a la armonía, la propaganda ensalza a menudo la exquisita formación y virtuosismo de sus líderes.

Para comprender la historia de China, nada mejor que verla con ojos de halcón, con los de Confucio.

Citas de Confucio sobre la política:

1

“Uno que no sepa gobernarse a sí mismo, ¿cómo sabrá gobernar a los demás?”.

2

“En un país bien gobernado, la pobreza es algo que avergüenza. En un país mal gobernado, la riqueza es algo que avergüenza”.

3

“Gobernar es rectificar”.

4

“Donde hay educación no hay distinción de clases”.

5

“Una casa será fuerte e indestructible cuando esté sostenida por estas cuatro columnas: padre valiente, madre prudente, hijo obediente, hermano complaciente”.

6

“Cinco son las condiciones necesarias para el bienestar del pueblo: seriedad, honestidad, generosidad, sinceridad y delicadeza”.

7

“Estudia el pasado si quieres pronosticar el futuro”.

8

“No importa si se avanza poco; lo importante es no parar”.

9

“La virtud debe ser común al labrador y al monarca”.

10

“Arréglese al Estado como se conduce a la familia, con autoridad, competencia y buen ejemplo”.

11

“Aquel que gobierna por medio de su excelencia moral puede compararse a la estrella polar, que permanece en su sitio en tanto todas las demás estrellas se inclinan ante ella”.

12

“Trabaja en impedir delitos para no necesitar castigos”.

13

“El que persigue dos conejos, no atrapa ninguno”.

LA VANGUARDIA

 

El banquete de Xi Jinping

Carles Sirera

EL MÓN

Justo cuando empiezo a escribir estas líneas, la visita oficial de Donald Trump a China concluye con un tono festivo y alegre. Sin embargo, las impresiones son muy negativas para los halcones que soñaban con un reforzamiento de los Estatutos Unidos que hiciera retroceder las ambiciones de Beijing. Las imágenes difundidas transmiten una administración americana desorientada con un presidente dócil y sin iniciativa. El juego del protocolo, pese a sus sutilezas, puede concluirse que ha finalizado en una ceremoniosa humillación de la delegación americana. Probablemente, los libros de historia de los próximos siglos ilustrarán el fin de la hegemonía americana con fotografías de este encuentro.

En primer lugar, el tumultuoso y tempestivo Donald Trump ha sido extraordinariamente educado, cortés y amable con su anfitrión. Un gesto desconocido con él que se explica por la fragilidad internacional provocada por su guerra contra Irán. Los meses de amenazas e intimidación contra sus socios han desembocado en la soledad y el aislamiento en el momento de enfrentar una crisis militar de verdad. Como escribía Robert Kagan, uno de los padres intelectuales del neoconservadurismo, en un artículo publicado hace unos días, el conflicto sólo puede considerarse como una derrota sin paliativos para Washington porque el resultado ha sido justo lo que predijimos en su inicio.

Esta conducta de buen muchacho, tan poco habitual en él, contrasta con un Xi Jinping que ha sido fríamente apacible. La exagerada efusividad típica de la diplomacia china, que pudimos ver en el reciente viaje de Pedro Sánchez, ha sido sustituida por una alegría protocolaria sin demasiado entusiasmo. Los enfáticos elogios y deseos de Trump no recibían correspondencia por parte del mandatario chino , pero, sin embargo, el ego del americano no parecía afectado ni transmitía sensación alguna de haber sido humillado. Esta falta de conciencia de la situación sólo puede interpretarse como una total desesperación que le obliga a un servilismo impuesto o, sencillamente, que su declive cognitivo le incapacita para comprender la escenografía del poder.

En segundo lugar, sin atender a gestos o la semiótica del lenguaje corporal, los comunicados emitidos por cada país ponen de manifiesto que la batuta del encuentro la ha llevado Beijing sin demasiada resistencia. En su resumen, se menciona nuevamente Taiwán como una línea roja, mientras que Washington ha optado por el silencio en este asunto. El punto más caliente sobre la mesa es cuánto tiempo puede sostenerse la llamada ambigüedad estratégica de los americanos hacia Taiwán; es decir, su reconocimiento oficial como parte integral de China, al tiempo que, en la práctica, se mantienen relaciones diplomáticas y comerciales con Taipei como un país independiente y soberano.

El silencio, normalmente, se entiende como un consenso tácito y, por tanto, la principal conclusión que se puede extraer de esta reunión bilateral es la falta de voluntad de los americanos de apoyar a Taiwán en caso de un conflicto que, previsiblemente, se iniciará como una especie de bloqueo marítimo a la isla. Todo esto significa una nueva derrota del principal experto en política exterior de esta administración, Elbridge Colby, quien tenía como principal objetivo fortalecer los lazos militares con los socios asiáticos por contener la expansión china.

Probablemente, la ostensible claudicación americana se debe a la inmediata debilidad producida por el error de la guerra de Irán, que ha comprometido en serio su capacidad de asistencia y defensa de sus aliados por culpa del consumo acelerado de recursos estratégicos. No pueden proyectar fortaleza en Asia porque, simplemente, un rival de tamaño medio como Irán ha provocado un desbarajuste en toda su arquitectura militar que no pueden reconstruir de inmediato. Por tanto, la sensatez dicta que es un momento de retirada de muchos escenarios internacionales para mejorar la efectividad de su acción exterior.

Este cambio son malas noticias por América Latina y, en especial, para Cuba. Como explicamos en otra ocasión, la hegemonía mundial derivará en hegemonía regional y la Casa Blanca concentrará sus esfuerzos en su patio trasero. Por otra parte, la China nunca ha tenido una amistad especial con La Habana y siempre han estado deseosos de intercambiar Cuba por Taiwán. Nada habría hecho más feliz en Xi Jinping que una acción militar exitosa de Trump sobre la isla para fijar un precedente internacional que justificaría una anexión armada de Taipei. 

Sin embargo, otro factor que explica la docilidad de Trump es el fracaso de su política económica fundamentada en los arancele. Los tribunales han tumbado en repetidas ocasiones sus políticas proteccionistas, que tampoco han podido convertirse en un instrumento práctico ni para las negociaciones por no ser una amenaza creíble, ni para reactivar la economía por ser inviables o inaplicables sin provocar una recesión en el país. De nuevo, las contradicciones de su política económica han llevado a Trump a un callejón sin salida del que sólo puede salirse haciendo concesiones a China.

Por último, era obvio que la delegación americana estaba condenada al fracaso por su composición y coreografía. El nutrido grupo de empresarios evidenciaba el poco peso político que Washington concedía a la cumbre en favor de beneficiar a los intereses comerciales. Los principales aliados de Beijing en Estados Unidos han sido siempre los dirigentes de las grandes multinacionales, porque ellos y sus accionistas han sido los principales beneficiados de la globalización. No hay ningún sector más reacio a una escalada de las tensiones. La opinión pública, el ejército y la administración están más preocupados y alarmados por el ascenso chino y son partidarios mayoritariamente de medidas de contención; pero los empresarios siempre priorizan sus intereses, porque es su trabajo, y optarán por vías pacíficas de resolución de los conflictos que no afectan a su actividad comercial.

Es cierto que estas empresas empiezan a toparse con el problema de que las empresas chinas pueden convertirse en competidores de primer nivel. En un principio, eran socios con fábricas que permitían la deslocalización del tejido productivo y reducir costes. Después, los proveedores se transformaron en competidores que se especializaron en la gama baja de productos para ampliar el mercado gracias a precios más competitivos que favorecían la expansión entre la población con menor poder de compra. En estos momentos, son marcas reconocidas internacionalmente que, en algunos casos, son punteras en su sector y comienzan a crecer en los segmentos de gama alta.

De hecho, el protocolo chino simbolizó la basculación de estas relaciones poniendo a los directores de todas estas compañías cara a cara en la misma mesa; pero, a pesar de todas las suspicacias, la complementariedad en el mundo de los negocios es más factible que la confrontación. En la actualidad, sólo los fabricantes de coches diésel pueden sentirse amenazados por la industria china del automóvil y, tras la crisis de 2008, los americanos perdieron totalmente el dominio de ese campo en favor de los europeos. Es decir, el músculo industrial chino sólo puede ser una hecatombe inmediata para nosotros. La industria tecnológica de Estados Unidos está demasiado integrada en el sector servicios para que sus homólogos chinos puedan ser un peligro real. Es más, un aumento del militarismo y el proteccionismo les beneficiaría porque favorecería su situación de monopolio y, mejor aún, podría suponer una barrera para otros competidores asiáticos por razones de seguridad.

Por tanto, parece que se está produciendo un reequilibrio en las relaciones internacionales de donde China emerge claramente y con el beneplácito de Washington como el poder hegemónico en Asia y donde Japón, Corea del Sur y Taiwán tendrán que reconducir sus relaciones con su poderoso vecino, porque los americanos no tienen ni la voluntad ni los recursos necesarios para prestarlos. Las esferas de influencia vuelven de nuevo a la mesa del juego geoestratégico con límites más marcados y sin ningún jugador con una voluntad de hegemonía mundial. Las cuestiones por resolver son puramente económicas: cómo redefinir la globalización ultraliberal en una globalización mercantilista que no lleve a una expansión militar por el control de recursos estratégicos que acabe por producir un enfrentamiento entre imperios. Ya nadie sueña con sembrar la democracia y el libre mercado por todo el planeta.

 

El banquete de Xi Jinping

Carles Sirera

EL MÓN

Justo cuando empiezo a escribir estas líneas, la visita oficial de Donald Trump a China concluye con un tono festivo y alegre. Sin embargo, las impresiones son muy negativas para los halcones que soñaban con un reforzamiento de los Estatutos Unidos que hiciera retroceder las ambiciones de Beijing. Las imágenes difundidas transmiten una administración americana desorientada con un presidente dócil y sin iniciativa. El juego del protocolo, pese a sus sutilezas, puede concluirse que ha finalizado en una ceremoniosa humillación de la delegación americana. Probablemente, los libros de historia de los próximos siglos ilustrarán el fin de la hegemonía americana con fotografías de este encuentro.

En primer lugar, el tumultuoso y tempestivo Donald Trump ha sido extraordinariamente educado, cortés y amable con su anfitrión. Un gesto desconocido con él que se explica por la fragilidad internacional provocada por su guerra contra Irán. Los meses de amenazas e intimidación contra sus socios han desembocado en la soledad y el aislamiento en el momento de enfrentar una crisis militar de verdad. Como escribía Robert Kagan, uno de los padres intelectuales del neoconservadurismo, en un artículo publicado hace unos días, el conflicto sólo puede considerarse como una derrota sin paliativos para Washington porque el resultado ha sido justo lo que predijimos en su inicio.

Esta conducta de buen muchacho, tan poco habitual en él, contrasta con un Xi Jinping que ha sido fríamente apacible. La exagerada efusividad típica de la diplomacia china, que pudimos ver en el reciente viaje de Pedro Sánchez, ha sido sustituida por una alegría protocolaria sin demasiado entusiasmo. Los enfáticos elogios y deseos de Trump no recibían correspondencia por parte del mandatario chino , pero, sin embargo, el ego del americano no parecía afectado ni transmitía sensación alguna de haber sido humillado. Esta falta de conciencia de la situación sólo puede interpretarse como una total desesperación que le obliga a un servilismo impuesto o, sencillamente, que su declive cognitivo le incapacita para comprender la escenografía del poder.

En segundo lugar, sin atender a gestos o la semiótica del lenguaje corporal, los comunicados emitidos por cada país ponen de manifiesto que la batuta del encuentro la ha llevado Beijing sin demasiada resistencia. En su resumen, se menciona nuevamente Taiwán como una línea roja, mientras que Washington ha optado por el silencio en este asunto. El punto más caliente sobre la mesa es cuánto tiempo puede sostenerse la llamada ambigüedad estratégica de los americanos hacia Taiwán; es decir, su reconocimiento oficial como parte integral de China, al tiempo que, en la práctica, se mantienen relaciones diplomáticas y comerciales con Taipei como un país independiente y soberano.

El silencio, normalmente, se entiende como un consenso tácito y, por tanto, la principal conclusión que se puede extraer de esta reunión bilateral es la falta de voluntad de los americanos de apoyar a Taiwán en caso de un conflicto que, previsiblemente, se iniciará como una especie de bloqueo marítimo a la isla. Todo esto significa una nueva derrota del principal experto en política exterior de esta administración, Elbridge Colby, quien tenía como principal objetivo fortalecer los lazos militares con los socios asiáticos por contener la expansión china.

Probablemente, la ostensible claudicación americana se debe a la inmediata debilidad producida por el error de la guerra de Irán, que ha comprometido en serio su capacidad de asistencia y defensa de sus aliados por culpa del consumo acelerado de recursos estratégicos. No pueden proyectar fortaleza en Asia porque, simplemente, un rival de tamaño medio como Irán ha provocado un desbarajuste en toda su arquitectura militar que no pueden reconstruir de inmediato. Por tanto, la sensatez dicta que es un momento de retirada de muchos escenarios internacionales para mejorar la efectividad de su acción exterior.

Este cambio son malas noticias por América Latina y, en especial, para Cuba. Como explicamos en otra ocasión, la hegemonía mundial derivará en hegemonía regional y la Casa Blanca concentrará sus esfuerzos en su patio trasero. Por otra parte, la China nunca ha tenido una amistad especial con La Habana y siempre han estado deseosos de intercambiar Cuba por Taiwán. Nada habría hecho más feliz en Xi Jinping que una acción militar exitosa de Trump sobre la isla para fijar un precedente internacional que justificaría una anexión armada de Taipei.

Sin embargo, otro factor que explica la docilidad de Trump es el fracaso de su política económica fundamentada en los arancele. Los tribunales han tumbado en repetidas ocasiones sus políticas proteccionistas, que tampoco han podido convertirse en un instrumento práctico ni para las negociaciones por no ser una amenaza creíble, ni para reactivar la economía por ser inviables o inaplicables sin provocar una recesión en el país. De nuevo, las contradicciones de su política económica han llevado a Trump a un callejón sin salida del que sólo puede salirse haciendo concesiones a China.

Por último, era obvio que la delegación americana estaba condenada al fracaso por su composición y coreografía. El nutrido grupo de empresarios evidenciaba el poco peso político que Washington concedía a la cumbre en favor de beneficiar a los intereses comerciales. Los principales aliados de Beijing en Estados Unidos han sido siempre los dirigentes de las grandes multinacionales, porque ellos y sus accionistas han sido los principales beneficiados de la globalización. No hay ningún sector más reacio a una escalada de las tensiones. La opinión pública, el ejército y la administración están más preocupados y alarmados por el ascenso chino y son partidarios mayoritariamente de medidas de contención; pero los empresarios siempre priorizan sus intereses, porque es su trabajo, y optarán por vías pacíficas de resolución de los conflictos que no afectan a su actividad comercial.

Es cierto que estas empresas empiezan a toparse con el problema de que las empresas chinas pueden convertirse en competidores de primer nivel. En un principio, eran socios con fábricas que permitían la deslocalización del tejido productivo y reducir costes. Después, los proveedores se transformaron en competidores que se especializaron en la gama baja de productos para ampliar el mercado gracias a precios más competitivos que favorecían la expansión entre la población con menor poder de compra. En estos momentos, son marcas reconocidas internacionalmente que, en algunos casos, son punteras en su sector y comienzan a crecer en los segmentos de gama alta.

De hecho, el protocolo chino simbolizó la basculación de estas relaciones poniendo a los directores de todas estas compañías cara a cara en la misma mesa; pero, a pesar de todas las suspicacias, la complementariedad en el mundo de los negocios es más factible que la confrontación. En la actualidad, sólo los fabricantes de coches diésel pueden sentirse amenazados por la industria china del automóvil y, tras la crisis de 2008, los americanos perdieron totalmente el dominio de ese campo en favor de los europeos. Es decir, el músculo industrial chino sólo puede ser una hecatombe inmediata para nosotros. La industria tecnológica de Estados Unidos está demasiado integrada en el sector servicios para que sus homólogos chinos puedan ser un peligro real. Es más, un aumento del militarismo y el proteccionismo les beneficiaría porque favorecería su situación de monopolio y, mejor aún, podría suponer una barrera para otros competidores asiáticos por razones de seguridad.

Por tanto, parece que se está produciendo un reequilibrio en las relaciones internacionales de donde China emerge claramente y con el beneplácito de Washington como el poder hegemónico en Asia y donde Japón, Corea del Sur y Taiwán tendrán que reconducir sus relaciones con su poderoso vecino, porque los americanos no tienen ni la voluntad ni los recursos necesarios para prestarlos. Las esferas de influencia vuelven de nuevo a la mesa del juego geoestratégico con límites más marcados y sin ningún jugador con una voluntad de hegemonía mundial. Las cuestiones por resolver son puramente económicas: cómo redefinir la globalización ultraliberal en una globalización mercantilista que no lleve a una expansión militar por el control de recursos estratégicos que acabe por producir un enfrentamiento entre imperios. Ya nadie sueña con sembrar la democracia y el libre mercado por todo el planeta.

LA VANGUARDIA