Imagínese la plaza de Cataluña de Barcelona llena de tiendas. Imagínese todas las calles que conducen a ella (la Rambla, Pelai, Bergara, Ronda Universidad, Rambla de Catalunya, Paseo de Gracia, Ronda de San Pere y Portal del Ángel) cortados completamente con altas barricadas. En cada una, un paso estrecho para entrar y salir, vigilado por activistas armados con bastones y bates de béisbol. La circulación es libre. Todo el mundo entra y sale cuando quiere. La vigilancia es para evitar que entre ningún policía.
Dentro de este perímetro, varias sedes de instituciones públicas son ocupadas por los activistas, que las han convertido en centros logísticos. Imagínese que al final del Portal del Ángel, la barricada es más alta. Y que al otro lado está la policía (por la proximidad de la sede de la presidencia del gobierno). Y en esta barricada, la que separa a los sublevados del poder, es donde hay enfrentamientos entre unos y otros.
Este es el paisaje urbano de Kiev ahora mismo. La plaza de Cataluña es la de la Independencia, la Maidan. Y la calle del Portal del Ángel, con la barricada más problemática, llena de vehículos calcinados y ruedas ardiendo, es la calle Gruxevski de Kiev. La comparación con Barcelona no tiene otro objetivo que ayudar a visualizar lo que se encuentra cualquier persona que se acerca. Hago esta introducción porque son muchos los que piensan que Kiev es una ciudad en guerra. No es así. Kiev es una ciudad sublevada con una parte de su territorio (tan escasa como representativa) tomada por opositores al gobierno. ¿Quién está en la plaza? Los medios oficialistas hablan de terroristas y alborotadores casi profesionalizados. De ninguna manera. En Maidan hay liberales, nacionalistas moderados, gente tendente a la derecha xenófoba, asociaciones de estudiantes, partidos con representación en el Parlamento, grupos como los cosacos. Incluso los veteranos de la guerra de Afganistán, sacerdotes católicos y los ortodoxos del patriarcado de Kiev.
Y toda esta gente hace casi dos meses y medio que conviven, organizados, y bajo unas condiciones muy duras. No ha habido, hasta ahora, fisuras en un movimiento tan heterogéneo. Un profesor de la Universidad de Kiev nos decía que el golpe de timón europeo ha sido, sólo, la gota que ha colmado el vaso. Muchos jóvenes han descubierto la capacidad y la impunidad represora del gobierno cuando, en los primeros días de revuelta, lanzó todo el aparato policial contra los pocos estudiantes que había en Maidan. Y la gente de más edad ha visto resucitar la ‘gestión’ soviética de los conflictos. Y la idea de ‘ahora o nunca’ se ha apoderado de mucha gente. Lo que se pide no es sólo bascular hacia Europa, o la dimisión del presidente. Los ciudadanos quieren refundar el sistema de convivencia que tienen, ahora lastrado por la corrupción y el nepotismo de una clase política forjada en los años en que el concepto de ciudadanía era una extravagancia.
¿Quién dirige la revuelta?
El rasgo principal de esta revuelta, lo que la hace, a su vez, sólida y frágil, es que nadie la controla. Los tres líderes que se han erigido en enlaces representativos entre Maidan y el gobierno -el exboxeador y jefe del partido UDAR, Vitali Klitschko , el exministro de Exteriores del gobierno de la encarcelada Iulia Timoshenko, y el dirigente del partido Batkívshina, Arseny Yatseniuk, y el ultranacionalista Oleg Tiagnibok, de la formación ultranacionalista Svoboda- son incapaces de dirigir la protesta. Maidan les ha dibujado la hoja de ruta: retirada del presidente y de su gobierno, convocatoria inmediata de elecciones, amnistía para los presos de la revuelta y para Iulia Timoshenko, y firma del acuerdo de asociación con Europa.
Los tres líderes -sin ascendencia efectiva sobre la plaza- no tienen margen de maniobra en la negociación. Quizás alguien se preguntará cómo este ente que se llama Maidan hace escuchar su voz. Pues, a través de una asamblea permanente que da voz a la revuelta. Durante las 24 horas del día hay gente charlando en el gran escenario de la plaza. De allí sale la filosofía del movimiento que, hoy por hoy, es: ni un paso atrás.
¿Qué hace Yanukovich?
El presidente del país está tocado. Probablemente tocado y hundido… La dimisión del gobierno en pleno, más que como una concesión se ha vivido como un síntoma de extrema debilidad. Ha probado a dejar pasar tiempo, pero la revuelta ya hace dos meses que aguanta en el centro de la ciudad con temperaturas de 20 grados bajo cero. Pensar que el calendario le resolverá la crisis es ingenuo. Ha intentado enviar la policía y sólo ha conseguido llamar a más gente hacia Maidan.
La salida menos lesiva para el presidente Víctor Yanukóvich es convocar unas elecciones y renunciar a concurrir. Sin embargo, el presidente resiste, pensando que Kiev no es Ucrania y que su feudo electoral e ideológico del Este del país le dará oxígeno. Pero en el Este la revuelta también se extiende a pesar del ‘Black out’ informativo sostenido por la televisión pública y privada de los oligarcas próximos al presidente y su partido. El reloj corre en su contra.
Maidan, que ya fue apartado del poder con la Revolución Naranja de 2004, volverá a ser apartado del mismo, 10 años después, con una nueva revuelta en la plaza de la Independencia. He pensado a menudo que entre Maidan y Yanukovich hay algo personal…
¿Hacia donde va la revuelta?
A corto plazo, mientras no haya resoluciones políticas de gran alcance, la volatilidad del conflicto es altísima. Cualquier chispa puede volver a incendiar unas barricadas que, desde la dimisión del gobierno, están relativamente calmadas. Los manifestantes dicen que hay opositores desaparecidos. En las últimas horas ha aparecido uno, Dmytro Bulatov. Presenta heridas por todo el cuerpo y asegura que ha sido torturado y agredido. Nuevas manifestaciones de violencia institucional pueden ser un fósforo arrojado al bidón de gasolina. A más largo plazo, si se celebran elecciones, la actual oposición -presumiblemente en el gobierno- debería de librar una guerra con frentes diversos y duros.
El primero es la gestión de la retirada del ‘ejército popular de Maidan’. El segundo es el frente ruso. Putin ya ha dejado caer que el talonario de Moscú y las rebajas del precio del gas son reversibles… en función de quien gobierne. Y las sanciones aduaneras para paralizar buena parte de la economía ucraniana están preparadas. El país va hacia la quiebra sin los rublos de Putin.
Y el tercero es el europeo. Maidan es pro-Europa. Pero hay una herida abierta con Bruselas. La Unión nunca ha dicho públicamente que Ucrania podría ser miembro. Quizás no basta con un acuerdo de asociación. Quizás hay que dar más esperanza a los ucranianos, que aprecian los valores de la Unión Europea, frente a los principios rusos, pero que no sólo saldrán del pozo con valores.
De los días pasados en Kiev, saco una idea que, a menudo, se nos queda dormida en algún lugar confortable de la mente. La realidad, sin embargo, terca, la despierta y le da vida: el poder lo tienen las personas. Allí, aquí y en todas partes. En Maidan, miles de ciudadanos, se han reunido porque no les gusta el país que les están construyendo. Van a hacer acto de presencia, llevar comida o ropa, a hacer de voluntarios de lo necesario, buscar periodistas extranjeros para explicarles qué hacen, a golpear con los bastones en el suelo, a cantar el himno…
Han hecho caer el gobierno. Ahora hace falta que levanten el país.
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