Ardor guerrero vibre en nuestras voces

“¿Cuánta gente de la infantería urbana española está dispuesta a ‘caer en lucha fiera’ en tierra africana?”

Las guerras de España contra Marruecos en tierra africana venían de muy lejos y fueron una constante sangrienta durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Se contaron hasta cuatro, que los historiadores, escrupulosos en el oficio, incluso han bautizado: la de África, la Primera del Rif, la de Melilla y la Segunda del Rif. Treinta y cinco años de disparos y muertes. Contra el ‘rifeño’ o el “moro traidor”.

Durante la primera guerra africana fue la intervención del general Joan Prim y la batalla de Tetuán. Liderando -con audacia y todas las demás virtudes castrenses que le identificaron- una tropa compuesta de 466 voluntarios catalanes con barretina, Prim fue determinante para la victoria española.

Hoy en día, heroicidades aparte, pasa por ser una guerra colonial. No hace falta buscar otro nombre. Los partidarios de desbrozar monumentos incorrectos deberían pensar qué hacemos con los conjuntos ecuestres de Prim de Reus y Barcelona, ​​con la plaza de Tetuán y con las calles que llevan el nombre de nuestro general asesinado, e incluso con la cárcel de Wad-Ras, que fue el nombre del tratado que la cerró. Por si quieren algo más para saco. Cataluña es generosa con el pasado colonial español. El compartido y el de los demás.

Un pasado, por cierto, que a menudo se ignora demasiado, porque, por ejemplo, como consecuencia de una de las derrotas más ásperas de la Guerra de Melilla, la matanza de Barranco del Lobo, las protestas en Barcelona condujeron a la Semana Trágica de Barcelona, ​​que se saldó con el fusilamiento injusto del pedagogo anarquista Francesc Ferrer i Guàrdia. Y con ‘La ciudad del perdón’, de Joan Maragall. De oca a oca podríamos llegar al final de un tablero que todavía no se ha cerrado. 

Como uno de los orígenes de tanta trifulca se mantiene -las denominadas antes plazas españolas en África-, el conflicto con Marruecos es permanente. Para España, Ceuta y Melilla son la segunda columna de Hércules y piedras irrenunciables e incuestionables, baluarte de la sagrada unidad de la patria. Para Marruecos, más marroquíes que Rabat.

Esta disputa territorial explica que una y otra se hayan acabado convirtiendo en el talón de Aquiles español. Intentar evitar una ‘Marchilla Verde’ que las ocupe del todo es exactamente un trabajo de Hércules. Todos aquellos que tienen dos dedos de frente en las jerarquías españolas son muy conscientes de ello y saben también que este eslabón débil acabará rompiéndose. Pero, como suele ocurrir, los dos dedos de frente siempre ceden en España ante los ‘corazones henchidos de orgullo patrio’.

En la última batalla de Ceuta –la del siglo XXI– España había pisado el corazón henchido marroquí con una serie de decisiones que, encadenadas, hicieron saltar el polvorín: el acuerdo con Argelia, la hospitalización secreta en España del líder del Frente Polisario Brahim Gali, la devolución de la nacionalidad española a los saharauis nacidos en el territorio cuando todavía estaba bajo administración peninsular y a sus herederos directos… 

Tanto va el cántaro a la fuente, que al final lo rompen. Es ingenuo por completo considerar que detrás de la avalancha de las 70.000 personas que entraron en Ceuta no estaba el impulso o la complicidad de las autoridades marroquíes. De arriba abajo. Si tú me das una, yo te devuelvo dos.

La invasión ha sumido a España y su gobierno en una de las crisis territoriales más ásperas de los últimos años. Una invasión que tuvo un momento crítico que sólo ahora ha trascendido cuando el gobierno de Marruecos envió su buque insignia, la fragata Mohamed VI, a aguas territoriales españolas. ¿Cómo se debía llamar, si no, el buque insignia marroquí? Como respuesta inmediata el gobierno español envió a su fragata ‘Santa María’, que se averió –ay, la catenaria– y fue sustituida por la ‘Navarra’. Los navarros lo aguantan todo.

El gobierno de Pedro Sánchez ha considerado este intercambio fragatil como «puntual». Anecdótico, pues. Pero hoy en día más aún, los juegos de guerra a menudo terminan en dramas.

Con un gesto de cinismo calculado, el rey de Marruecos cargó en el único discurso que ha dedicado a la cuestión contra «la instrumentalización política por parte de los ciertos círculos políticos y mediáticos españoles». “Ciertos”, sólo. Y echó más leña al asunto: «Esta cooperación [la de España y Marruecos] se enfrenta a retos importantes, vinculados a disposiciones legales obsoletas y decisiones judiciales alejadas de la realidad. Lamentablemente, esta alianza dificulta la repatriación de menores y de quienes solicitan falsamente el estatuto de refugiado».

Quien dice esto obviamente no considera refugiados a los presos políticos saharauis ni a los periodistas, abogados y políticos opositores que han ido a la cárcel por criticar al régimen o a la monarquía. En España hay unos cuantos, pero no tantos.

El discurso del rey de Marruecos fue replicado por el discurso del rey de España. Los discursos de los reyes. Felipe VI –que sabe mucho de crisis territoriales– calificó la invasión de “violación de la frontera” –no era necesario chuparse el dedo– y luego no sorprendió al respetable o irrespetuoso público con la divisa habitual: “la soberanía y la integridad territorial no son negociables, son indiscutibles”. ¿Pero no habíamos quedado que la Constitución, que habla del asunto, es reformable con las condiciones draconianas que establece ella misma? ¡No! España no se negocia, señora.

La sentencia del rey español –vieja divisa– se ha visto reforzada con las extensas declaraciones radiofónicas, televisivas o digitales que han enardecido estos días a los patriotas de las ondas analógicas o de las otas. Y de la llamarada visigótica que ha ocupado a todos los políticos. Desde quienes piden la intervención del ejército perpetua en la frontera ceutí hasta los que envían fragatas averiadas. Patriotas de la radio se hincharon tanto como sus corazones cuando exigieron la derrota fulminante del “moro cruel e infame”. Resuena, perenne, el estilo de Adolfo de Moncada, hijo del conde de Roca, sobrenombre El Guerrero del Antifaz: “Atrás, moros de Satanás”.

No se lo saben, pero toda esta tropa de cuartel civil lleva en el corazón el himno de la infantería española: «Ardor Guerrero vibre en nuestras voces. Y de amor patrio henchido el corazón. Entonemos el Himno Sacrosanto. Del deber, de la Patria y del Honor. ¡Honor!». Un himno que añora imperios: «Nuestro anhelo es tú grandeza que sea noble y fuerte. Y por verte temida y honrada contentos a tus hijos irán a la muerte. Si al caer en lucha fiera ves flotar victoriosa la Bandera, ante esa visión postrera orgullosos morirán».

Ojo, pues, la “épica nobleza castellana” que reivindica el himno y que se encomendó a Prim y sus voluntarios vuelve a bramar. La pregunta es: ¿cuánta gente de a pie, de la infantería urbana, en España está dispuesta a “caer en lucha fiera” en tierra africana? No hace falta recordar El Álamo, ¡recuerden la Semana Trágica!

EL MÓN