Cada 12 de octubre España pretende celebrar una continuidad. El desfile, los discursos y las banderas están pensados para contar una historia en línea recta: una nación antigua salió a descubrir el mundo y todavía está ahí. Sin embargo, el mapa que publicamos hoy –que sigue año tras año los dominios de la corona española desde 1492– explica otra cosa. Muestra una mancha que se extiende, se rompe, se recompone y que, sobre todo, no deja de mermar. Más de sesenta países y territorios han pasado por esa corona y se han ido. Casi ninguna ha vuelto.
La primera lección que ustedes mismos pueden comprobar jugando con el mapa es la más sencilla: lo que hoy parece permanente ha sido casi siempre provisional. Madrid gobernó Flandes durante más de un siglo y medio; Nápoles y Sicilia, cerca de dos siglos; y Filipinas, más de tres. Otros casos tuvieron vidas tan cortas que ni los propios españoles se acuerdan, porque Taiwán fue española dieciséis años y Macao y Goa, sesenta.
La cosa es que, mientras duró aquella dominación, ninguno de esos dominios lo vivió como algo pasajero ni provisional. Ni mucho menos lo vivieron así en Madrid. Siempre, y en todo momento, todos eran indiscutiblemente españoles; tanto como Bétera pueda serlo hoy en día.
La famosa constitución de Cádiz –que tiene más pan que queso– se abre hablando de los españoles de los dos hemisferios, sin distinción alguna entre uno de Palafrugell o uno de Viña del Mar. Y, de hecho, no deja de ser gracioso que en 1812 Buenos Aires ya se hubiera levantado contra el poder español, pero a las “provincias del Río de la Plata” ese papelote tan enaltecido hoy las consideraba españolas ‘a tope’. Más recientemente, en 1956 los territorios coloniales de África tropical pasaban a ser provincias españolas: Fernando Poo y Río Muni. Y también hace gracia leer hoy los periódicos de la época explicando que, gracias a ello, los habitantes de esos territorios quedarían para siempre atados a España, porque ahora tenían los mismos derechos que cualquier ciudadano de Maó. Doce años después se proclamaba su independencia –por cierto, el día de la hispanidad…
La segunda lección es más complicada de contar, pero también importante. Tiene que ver con la forma de mirarlo desde hoy en día. Tendemos –incluso los independentistas catalanes– a proyectar la España actual hacia atrás, como si siempre hubiera existido, y eso desdibuja aquellos hechos que no encajan en el relato.
En 1492 se explica con Colón, pero olvidan que ese mismo enero Castilla conquistó el reino nazarí de Granada, un Estado teóricamente tan español como Castilla que había durado más de dos siglos y medio. Por eso nuestro mapa empieza precisamente ahí, con Granada a punto de cambiar de color.
Otro caso: entre 1580 y 1640, Felipe II y sus sucesores fueron reyes de Portugal. Todo el mundo lo llama unión dinástica, y con razón: Portugal mantuvo sus leyes, las cortes y las instituciones. Pero, cómo no, la Corona de Aragón –ya sé que el nombre es inventado y poco afortunado, pero no nos liemos ahora– vivió en la misma situación desde la boda de los Reyes Católicos hasta los decretos de Nueva Planta: un rey compartido y unos estados propios. Sin embargo, el relato escolar nos trata, a nosotros, como si ya hubiéramos sido España desde entonces, algo que no éramos. La diferencia, por supuesto, no es jurídica, sino militar. Nosotros perdimos la guerra de Sucesión y, de esta forma, el desenlace es el que clasifica el pasado.
Cerdeña lo hace aún más evidente. Era un reino de la Corona de Aragón, como València o Mallorca, con cortes e instituciones propias, y Felipe V le hizo un decreto de Nueva Planta como al resto. No era un pueblo catalán, pero claramente era un Estado catalán y, sin embargo, hoy nadie la cuenta entre las tierras que España ha perdido. Y, si Cerdeña no era España –sabiendo la realidad de la Corona de Aragón–, habría que preguntarse cómo es que sí creen que lo eran los demás reinos de la misma corona.
Y está el caso –de tanta actualidad– de Ceuta. Ceuta era portuguesa desde 1415. Pasó a manos de Felipe II con la unión dinástica. En 1640 no se sumó a la restauración portuguesa y el tratado de Lisboa (1668) la reconoció como española. Por eso su bandera todavía es la de Lisboa, y el escudo, el de Portugal. Y, sin embargo, hoy –cuando es, con Melilla y Cataluña, la candidata más clara a ser la siguiente en salir de la lista– nos quieren presentarla como una ciudad española “de toda la vida”.
La tercera y última lección es la fragilidad. La forma de lo que hoy llamamos España no es un diseño pensado. Solo es el resultado de una serie de decisiones contingentes: una guerra ganada, una revuelta que triunfa y otra que fracasa, un tratado firmado lejos de los territorios perjudicados. El mapa que les presentamos hoy termina –provisionalmente– en 1976 con el abandono de la República Árabe Saharaui Democrática. Lo que queda es la península sin Portugal ni Andorra ni Gibraltar, dos archipiélagos cercanos –nuestras islas y la parte aún española de la Macaronesia– y dos ciudades africanas.
Veremos en unos años qué más queda, si es que todavía queda algo. Porque este mapa no dice qué pasará –no podemos saberlo. Pero dice algo que, a pesar de ser más modesto, es más incómodo para un 12 de octubre: que nada de todo esto era inevitable y que España, al fin y al cabo, solo ha sido históricamente lo que queda todavía, lo que todavía no se ha ido.
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