El territorio, como la lengua y la cultura, es un elemento constituyente de toda nación que es necesario recuperar en unos momentos en los que parecería que incluso el espacio geográfico se ha vuelto líquido. Lo resaltó el geógrafo Joan Nogué, catedrático de la Universidad Girona, en el discurso conmemorativo del Onze de Setembre pronunciado hoy hace doce días en la sede del Institut d’Estudis Catalans (IEC), de cuya academia nacional es un miembro adscrito a la Sección de Filosofía y Ciencias. Argumentó Nogué –siguiendo, dijo, Zygmunt Bauman– que “en un contexto de virtualidad y de ficción en el que la representación se impone sobre la realidad, quizás nos conviene volver a lo material, palpable, tangible…, en definitiva, al territorio”.
El territorio nos nacionaliza y también nos vertebra. La articulación de las tierras catalanas a partir de las comarcas fue uno de los propósitos prioritarios en el comportamiento racionalista de los intelectuales y científicos novecentistas espoleados por la política ambiciosa que impulsaba el presidente Enric Prat de la Riba con el ideal de fundar estructuras de estado, como el propio IEC y unas grandes escuelas. Los geógrafos Pau Vila y Josep Iglésies se pusieron manos a la obra elaborando el proyecto de división comarcal. No todo era tan sencillo, sin embargo. Algunos alcaldes de grandes ciudades, como Pere Lloret, de Tarragona, desconfiaban del afán “comarcalista” que ponía el énfasis en el territorio menguando el peso, decían, de las antiguas capitales provinciales. Lo explica con detalle el periodista y profesor Joan Safont en una obra que le becó la Fundación Irla hace un par de años.
El geógrafo Pau Vila con su obra ‘Resumen de Geografía de Cataluña’, basada en nueve fascículos publicados por Editorial Barcino desde 1928, aportaba una esmerada interpretación sobre el protagonismo de las personas en la configuración del territorio. Con otros propósitos perlocutivos también lo hacía en el diario La Publicitat entre los años 1926 y 1928 el periodista y abogado Joan Santamaria con el ciclo de crónicas que iba reuniendo en tres volúmenes titulados ‘Visions de Catalunya’. Dos dedicados a la ‘Catalunya Vella’ (distinguía entre la montaña y el llano y la costa) y uno a la ‘Catalunya Nova’, dicotomía conceptual que obedece a criterios históricos y no tanto geográficos. Josep Pla recuperaba esta perspectiva erudita en ‘Viatge a la Catalunya Vella’ (volumen 9 de su obra completa editada por Destino), recopilación de escritos sobre espacios septentrionales del país descritos de una manera sencilla –muy planiana– que le llevaba a afirmar que “los paisajes los hacen los campesinos cada año, labrando la tierra y plantando».
El imaginario de los paisajes refuerza sentimientos de pertenencia nacional pero también la identificación exterior de un país que atrae a forasteros interesados por un territorio que aunaba –hasta ahora– climas diversos. Dice el profesor Joan Nogué que en el último siglo y medio han convivido dos arquetipos paisajísticos: «El de la Cataluña verde, húmeda, pirenaica, montañosa, impulsado por el Renacimiento y recogido en buena parte por el Modernismo, y el de la Cataluña mediterránea, marítima, soleada e intensamente humanizada, generada por el Noucentismo». El movimiento cultural noucentista, gestado desde el amanecer del siglo XX, promovió iniciativas inspiradas en el espíritu ordenador de Prat de la Riba, como la del libro “Organización turística de Cataluña”, que Antoni Muntanyola presentó al gobierno de la Generalitat en 1932, “a modo de contribución patriótica”.
El historiador Vicens Vives, en ‘Notícia de Catalunya’ (1954), y el filósofo Josep Ferrater Mora, en ‘Les formas de vida catalana’ (1944), definían rasgos relevantes de la constitución y la proyección exterior de la catalanidad desplegados hasta su tiempo. El territorio, tal y como lo ve Joan Nogué, era para ellos un elemento primordial, junto con la lengua, la historia, la cultura, el derecho, la economía y las tradiciones. Ambos autores compartían una idea: mantenernos sólo y siempre en estos valores restaría nuevas voluntades de integración a un vigoroso proyecto de renovación de las perspectivas de progreso de Cataluña. Hay que aunar rasgos tradicionales o convencionales del catalanismo con otros valores de una sólida catalanidad integradora: iniciativa emprendedora, tenacidad en el trabajo, moral de eficacia, ética solidaria, sensibilidad cultural abierta, pluralismo enriquecedor, acogimiento atento y activo.
*Catedrático honorario de la UPF y miembro del IEC
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