Hace mucho tiempo que el mundo no vivía una situación parecida a la actual, en la que varias naciones expresan su voluntad de autodeterminarse, mientras que otras reclaman la soberanía de regiones en manos de terceros.
Tras la fundación de la ONU, a consecuencia del fin de la Segunda Guerra Mundial, y con el fin de evitar nuevos conflictos, principalmente armados, la organización impulsó la descolonización de gran parte de los territorios del planeta. En esa época, un tercio de la población del mundo vivía en territorios bajo dominio colonial, eran aproximadamente 750 millones de personas.
Para llevar a esta empresa tremenda a buen puerto, se estableció el Principio de Autodeterminación de los Pueblos y se creó el ‘Consejo de Tutela’. Desde la creación de la ONU, 80 excolonias conquistaron su independencia, pero no logró solucionar todos los conflictos, durante décadas las reivindicaciones de independencia o descolonización continuaron, muchas en forma violenta, algunas de estas situaciones perduran hasta la fecha pero no tan violentamente como antes.
El 17 de febrero de ese año, el secretario general de la ONU, Antonio Guterrez, pidió reforzar el compromiso de poner fin definitivamente a los dominios coloniales. Si bien la situación de cada uno no es la misma, la ONU prefiere llamarlos «territorios no autónomos».
La mayoría se encuentran en América y Asia, uno en África y sólo uno de Europa. Pero no están todos; a la ONU se le escapan otros conflictos en los que aparentemente prefiere no interceder.
Pese al llamamiento del secretario general a principios de año muchos de los conflictos, la mayoría no atendidos por la ONU, han brotado en los últimos meses.
Esta semana los líderes nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se han reunido para promover sus proyectos independentistas, situaciones no contempladas por la ONU, y con total legitimidad. Hoy es Reino Unido quien más conflictos acumula, sumado a estos tres está el de las Islas Malvinas, situación sí contemplada por la ONU, identificado como territorio colonial y que Londres sucesivamente se niega a reconocer, Gibraltar es otra situación también contemplada por la ONU clasificado como territorio no autónomo pendiente de descolonización, y Jamaica que reclama reparaciones.
No sólo Inglaterra tiene conflictos, no reconocidos por la ONU, en los que varios países reclaman legítimamente su independencia, España también atraviesa situaciones similares, pero nunca son iguales unas y otras, y cada una tiene sus particularidades, pero sí hay algo en común entre todas: el deseo de autodeterminación; un sentimiento que desde 1886, en Cataluña se expresa públicamente. Cataluña es otro ejemplo de reclamación legítima de independencia no contemplada por la ONU.
Hay hoy intereses de terceros que avivan el fuego de algunos de estos conflictos sólo para crear discordia, y así presionar a una de las partes para sacar algún provecho o forzarle a tomar alguna decisión. Esto es lo que ocurre desde hace varios meses con algunos de estos conflictos.
Trump quiere un Reino Unido involucrado en la guerra contra Irán, principalmente como apoyo logístico en los ataques, también un aumento del gasto militar y un cambio en la política exterior en relación a Israel con quien está en conflicto y le ha puesto sanciones por lo que considera violaciones a los derechos humanos. Históricamente, Londres y Washington siempre han ido juntos, y hoy van en direcciones opuestas. Para presionar al gobierno del Reino Unido, Trump utiliza el conflicto de las Islas Malvinas. Dice que ha pasado mucho tiempo y que hoy Estados Unidos debe rehacer su posición sobre el tema y apoyar las reclamaciones argentinas. A Trump se le ha sumado un aliado; sorprendentemente el ministro de Seguridad Interior israelí, Itamar Ben Gvir, exigió este lunes que Israel reconozca la soberanía argentina sobre las islas Malvinas. El duro mensaje de Ben Gvir, líder del partido ultraderechista Llar Jueu, no es un gesto de solidaridad con un gobierno aliado como el de Javier Milei, sino al igual que Trump, parte de la disputa israelí con el Reino Unido. El gobierno de Andy Burnham tiene previsto anunciar la prohibición del comercio de bienes y servicios procedentes de los asentamientos israelíes en Cisjordania, prometiendo adoptar una postura aún más firme en apoyo de Gaza.
Hace sólo unas semanas vivimos una situación similar a otro continente, un Trump aliado de Marruecos aprovecha la crisis de Ceuta para golpear a España, con quien mantiene una relación tensa de hace tiempo, y así como con Inglaterra, presiona al gobierno español para aumentar los gastos militares.
La intención de Trump y la de su aliado Israel es simple; desestabilizar los gobiernos actuales de estos dos países para reemplazarlos por futuros gobiernos afines a sus intereses, no importa si por eso aviva antiguos conflictos apoyando a una de las partes, la que enfrenta el gobierno en cuestión. Mientras el rey Mohammed VI de Marruecos pone el nombre del presidente Trump a la autopista que une Tiznit con Dakhla, en territorio ocupado del Sáhara, y el presidente de Argentina, en agradecimiento, se apresura a construir un base militar estadounidense en la Isla de Tierra del Fuego.
Para quien reclama su independencia, para quien hace mucho intenta recuperar territorios ocupados, para cualquier país que tenga un conflicto con otro, tener el apoyo de la principal potencia militar, Estados Unidos, es casi decisivo, es una carta única, pero perecedera, no perdura en el tiempo, de ahí la tentación de jugarla apresuradamente. Otros todavía no premiados con el apoyo de los de Trump y sus aliados corren a llamarle a la puerta para recibir la bendición.
La interferencia de terceros que ante un conflicto, originado en una reclamación legítima y sensible, donde nada tienen que perder no es nada recomendable, debe ser evitada, porque la demanda pierde legitimidad… Legitimidad que como vemos no es la ONU quien la da, sino una reivindicación anterior a la organización.
RACÓ CATALÀ









