Corea fue un reino autónomo vasallo de China más de 500 años, entre el siglo XIV y finales del XIX, durante la dinastía Joseon. Bajo esta estirpe, la más larga y la última del país, se gestionaban internamente con total libertad. A cambio de tributos y sumisión simbólica, recibían de China protección de invasiones exteriores –sobre todo las japonesas, muy agresivas–. Para desgracia suya, en el cambio de siglo Corea se convirtió en el punto de choque entre los imperialismos ruso, chino y japonés. Aún paga su precio.
Japón se le anexionó en 1910, sometiéndola a una brutal ocupación colonial hasta la rendición nipona en la II Guerra Mundial en 1945. Estados Unidos propuso a la URSS dividirse las zonas de ocupación a lo largo del paralelo 38, y Stalin, que ya había empezado a invadir la península desde el norte, aceptó detenerse a medio camino. Provisionalmente, porque en 1950 Moscú aprobó la invasión del sur por parte del dictador norcoreano Kim Il Sung. China apoyó al norte, y el sur consiguió frenarlos, con la ayuda sobre todo de los soldados estadounidenses bajo la égida de la ONU. La guerra de Corea acabó en 1953 en alto el fuego con un saldo de unos 4 millones de vidas perdidas y la nación devastada y dividida. Como Alemania del Este, Corea del Norte se convirtió en un satélite soviético. Alemania aprovechó el descalabro de la URSS y se reunificó en 1990 después de más de cuatro décadas, afrontando un enorme distanciamiento económico y sociopolítico.
La brecha sería mucho más grande en Corea. Si en 1945 los 9 millones del norte eran más ricos de media que los 16 millones del sur, hoy el milagro económico capitalista ha hecho de los 51 millones de habitantes del sur una de las democracias más opulentas del mundo, mientras que en el norte permanece una de las dictaduras más brutales, pobres y aisladas. Corea lo tiene cuesta arriba porque, después de 80 años, tanto China como Rusia siguen sacando provecho del demencial sistema dinástico comunista en el norte. Veintiséis millones de personas malviven sin suficiente comida ni la menor libertad de acción ni de pensamiento. Quizás más de un millón murieron de hambre en los años noventa en la crisis causada por la desaparición de la URSS, su Estado patrón. Es una potencia nuclear donde el hambre es una herramienta más de control político sobre los súbditos, que de media miden 5 centímetros menos que en el sur. Hay unos 120.000 presos políticos.
El dictador norcoreano Kim Jong-un ha concluido una lucrativa alianza militar con Rusia en Ucrania, pero China se mantiene hoy como su principal garante. A Pekín le conviene el ‘statu quo’. Mientras dure la dictadura china nominalmente comunista que ha reinstaurado un moderno vasallaje sobre media península, los coreanos no podrán ejercer su derecho a decidir. Con Rusia pinta mejor, porque tendrá otro trabajo después de quedar exangüe en Ucrania.
Corea del Sur se compromete por su Constitución a la unificación libre, pacífica y democrática. Nunca ha reconocido el Estado del norte y considera a sus ciudadanos como propios. Sin embargo, en 2025, por primera vez y según los sondeos, una mayoría de surcoreanos considera la reunificación “innecesaria”. En las familias, se va perdiendo el recuerdo de las separaciones. Las nuevas generaciones se han acostumbrado a una próspera cotidianidad sin el norte, aunque el vecino Kim mantiene las amenazas nucleares que le ayudan a legitimarse. El lastre financiero para los surcoreanos de reflotar el norte resultaría estratosférico. Tienen la mitad de la población, pero una economía entre 40 y 50 veces menor. Se calcula que deberían invertir entre 500.000 millones y 3 billones de dólares, o más. Y cada año que pasa, Corea del Norte queda más atrás.
Los jóvenes del Sur quizá prefieran ignorar la tragedia nacional que sufren como coreanos, los riesgos existenciales que el sonado de Kim Jong Il les supone –mientras Trump hace el gesto de abandonarlos– y cómo costará reponerse de todo esto. Si los norcoreanos fueran libres, irían en masa hacia el sur como los alemanes del este corrieron hacia el oeste. Cuando ocurra, al igual que hizo el canciller Helmut Kohl, Seúl tendrá que volcar recursos y asistencia para dar a los norcoreanos un futuro de bienestar y libertad ‘in situ’, o lo “invadirán” millones de compatriotas hambrientos. Ah, y habrá que prever una perspectiva digna para más de un millón de militares activos del ejército norcoreano, el cuarto más numeroso del mundo. La unificación parece ahora muy lejana, pero llegará. Corea es un solo pueblo.
EL PUNT-AVUI








