Entre los cenáculos conspiranoicos una expresión se ha puesto de moda: el globalismo. No es un neologismo, se trata de un término que, pasadas las catástrofes del siglo XX, tenía buena prensa. Estrechar los lazos de los diversos pueblos y culturas a nivel planetario estaba asociado a la idea de progreso y fraternidad. Sin embargo, entre una parte sustancial de unos movimientos reaccionarios en expansión comienza a ser presentado como una perversa ideología que, envuelta en una retórica progresista, desde una sofisticada estrategia ideológica, persigue la destrucción de las sociedades occidentales.
Desde el relato establecido por sus críticos, el globalismo sería una ideología que promovería la multiculturalidad, una agenda ecológica, una perspectiva de sostenibilidad, una apuesta clara por principios como la inclusión, el relativismo cultural, el cosmopolitismo, y la tolerancia y fomento de cambios sociales en los modelos de relación interpersonal –con una aceptación/fomento de las prácticas LGTBIQ+. Todo ellos cambios que, quienes disponemos de cierta perspectiva, se han normalizado en las últimas décadas.
Este conjunto de ideas y valores, que podrían ser claramente identificados con la Agenda 2030 de Objetivos de Desarrollo Sostenible, promovida por la ONU, en un momento de percepción de declive de las sociedades occidentales, es crecientemente contemplado como una conspiración por parte de un grupo cerrado de élites controlando los hilos del mundo con oscuros objetivos. En el fondo, esta teoría funciona como los temores manipulados por los totalitarismos de la «conspiración judeomasónica». Sin embargo, en una era de crisis global, del profundo malestar arrastrado muy especialmente a raíz de la no resolución de la crisis de 2008-2012 y potenciado por la pandemia, que todo resulte inverosímil no quiere decir que sectores cada vez más amplios sean seducidos por el mismo. La gente tiende a creer lo que quiere o le interesa creer. Y se está tejiendo un relato sobre el que se sustenta un nuevo reaccionarismo contra ese desorden mundial causado por la globalización neoliberal.
Así, el cosmopolitismo se vería como una herramienta de destrucción de soberanías estatales; la multiculturalidad, como una estrategia para disolver las identidades nacionales; la agenda ecológica, como un mecanismo de restricción de derechos y libertades y un empobrecimiento material de la mayoría; el movimiento LGTBIQ+, como fórmula efectiva de destruir la familia, el orden y la reproducción social, y así ser reemplazados demográficamente por otras culturas cerradas a este tipo de axiomas –y, por cierto, ofensivamente patriarcales.
Hace algunos años, cualquier manifestación de este pensamiento podía inspirar befa y condescendencia. Sin embargo, algo ha cambiado profundamente y lo que hoy podría ser inverosímil empieza a tomar centralidad en el discurso. Por un lado, la indignación por la no resolución de las crisis sucesivas desde el inicio del siglo que empeoraron la vida de la mayoría, combate en el que la izquierda fracasó y decepcionó, y que sustituyó reivindicaciones materiales y morales por discursos etéreos y doctrinarios alejados del interés de lo común de la gente. Por otra parte, la lógica neoliberal, que hasta finales del siglo se limitaba a elementos económicos, laborales y administrativos, se ha difundido también en la vida privada. La desregulación económica se ha ampliado a la desregulación social (los modelos familiares, relacionales, sexuales, por ejemplo). Por último, la destrucción de los consensos políticos y la proliferación de las redes sociales y la comunicación han tendido a que la gente se reúna según burbujas autorreferenciales y estancas. Mucha gente se acaba relacionando exclusivamente con quien piensa como ellos, y esta endogamia ideológica acaba generando monstruos (las teorías conspirativas o la cultura ‘woke’). En cualquier caso, medio siglo de neoliberalismo ha convertido los individuos en “empresarios de sí mismos” en competencia con el mundo, inseguros, frágiles y resentidos (da igual el color político).
Cualquier teoría, por verosímil que parezca, no deja de ser una construcción intelectual imposible de demostrar en la vida práctica. La nuestra es una especie sustentada en las ficciones, que dice Yuval Noah Harari. Parte de las izquierdas ha comprado el producto globalista. Otra la ve como representación del mal. Y la polarización no deja de ser el síntoma del resentimiento con este mundo que nos ha tocado.
EL PUNT-AVUI










