Diversas son las estratagemas modernas comparables al engaño del caballo de Troya. La más espectacular, al menos por sus dimensiones, es la venta de la torre Eiffel. El conde Lustig, austriaco, convenció a unos comerciantes de chatarra de que el gobierno quería vender la famosa torre de hierro, harto de los problemas de mantenimiento. El más ávido de los chatarreros se dejó timar. Al percatarse del ridículo, se dejó desplumar de nuevo, para evitar el regocijo público. Meses después, Lustig repitió la venta, con menor éxito. Previamente había desplumado a millonarios en los cruceros. Después, timó a un banquero en Texas, inventó una máquina de copiar dinero e hizo circular billetes falsos. Engañó incluso a Al Capone. Ambos compartieron agradables tertulias en el penal de Alcatraz, en el que nuestro héroe falleció.
Lustig parece insuperable, pero en los apretados anales de la corrupción española encontramos a un tipo que no le va a la zaga. Ahora que la corrupción ha vuelto por sus fueros con Ábalos (del ministerio a la cárcel), se ha recordado el caso de Luis Roldán, director de la Guardia Civil que saqueó miles de millones de los fondos reservados destinados a la lucha antiterrorista, además de cobrar comisiones de las obras públicas. Descubierto el pastel en 1994, Roldán huyó.
En este punto comparece el inefable Fernando Paesa, que capturó a Roldán en Bangkok en 1995 haciendo creer a todo el mundo que representaba al gobierno de Laos.
Paesa estafó al estafador: se quedó con el dinero de Roldán; y simuló su propia muerte con una esquela falsa (en la que se anunció un funeral con cantos gregorianos). Descubierto en París, los delitos estaban prescritos. Resucitó con los papeles de Panamá. Colocaba los millones en los paraísos en los que los grandes vampiros juegan con los ahorros del mundo. También se supo que había organizado un ejército mercenario en África, donde el oro brota del caos y la muerte. Murió plácidamente cerca de París, a los 87 años.
Sólo la mordacidad de Oscar Wilde está a la altura de Lustig y Paesa: “Hoy en día, la gente tiene una especie de miedo reverencial a los ladrones de guante blanco. Son los únicos que conservan un auténtico sentido de la propiedad privada”.
LA VANGUARDIA










