Hannah Arendt, en el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961, puso el énfasis en la banalidad del mal. Dos años más tarde publica en forma de libro sus crónicas con un subtítulo provocativo, ‘Eichmann in Jerusalén: A Report on the Banality of Evil’. Para Arendt, el criminal nazi se limitaba a cumplir órdenes, sin ningún tipo de reflexión o consideración ética o moral sobre sus actos puesto que forman parte del engranaje burocrático de un régimen que, como muchos alemanes, no cuestionaba y se limitaba a hacer normal lo que se desprendía de la deshumanización previa de los judíos. Es un comportamiento que no nos sorprende porque es lo que estamos viendo ahora en Gaza o, hace treinta años, en Srebrenica, y que también observamos en otros muchos conflictos: primero se procede a deshumanizar al enemigo, y después ya se le puede matar sin remordimientos ni contradicciones éticas respecto a los valores que se dice defender; incluso, a veces, se ejecuta en nombre de la democracia o la patria ante los infrahumanos que la asedian (migrantes, palestinos, tutsis, rohingyes…).
El fascismo, escribe Claudio Magris (‘Danubio’, 1986), “también es esa actitud de quien sabe ser un buen amigo de su compañero de mesa, pero no se da cuenta de que otros hombres también pueden ser igual de amigos de sus compañeros de mesa… [Y por eso Eichmann] se horrorizó al enterarse de que el padre del capitán Less, el oficial israelí que le había interrogado durante meses y que le inspiraba un profundo respeto, había muerto en Auschwitz. Se horrorizó porque su carencia de fantasía le había impedido descubrir, en las cifras de las víctimas, caras, rasgos, miradas, hombres concretos”.
Esta falta de empatía por el “otro” parece ser una especie de maldición del ‘Homo sapiens’, ya que su aparición en África hace ahora 200.000 años y su expansión por el continente euroasiático, y más tarde por América y Australia, comportó la desaparición de las grandes faunas y de otras especies de ‘homos’, neandertales, denisovanos y floresiensis. Sin menospreciar el efecto de los cambios medioambientales, la llegada de nuevas enfermedades y de modificaciones en las comunidades bióticas parece evidente que el ‘Homo sapiens’ fue un depredador más eficiente que otras especies de ‘homos’ con los que coexistió y que han dejado rastro en nuestro ADN. No es fácil encontrar ejemplos de otros depredadores mamíferos capaces de acabar en masa con miembros de su propia especie, no por necesidades de supervivencia sino por marcar territorio y demostrar poder. En forma de guerras, ésta ha sido una constante de la historia de la humanidad.
Y, hete aquí, poder, guerra y destrucción, el verdadero “pecado original” de nuestra especie por mucho que las religiones hayan construido un discurso misógino para explicarlo de tal forma que han hecho de la mujer –una derivada del hombre a través de una costilla suya, y no como éste, que es fruto del aliento de Dios– por la prohibición de caer en la tentación del árbol del conocimiento del bien y del mal, que después da a probar a Adán. No, lo cierto es que el supuesto “pecado original” es la historia de horror, de muertes de la humanidad, como alegóricamente la describe Walter Benjamin (‘Sobre el concepto de historia’, 1940) inspirándose en la pintura de Paul Klee, Angelus Novus (1920), en la que el ángel «tiene la cara dirigida hacia el pasado. Allí donde delante de nosotros aparece una cadena de eventos, él ve una única catástrofe que apila incesantemente escombros sobre escombros y los lanza delante de los pies. Bien querría detenerse, despertar a los muertos y reparar la destrucción. Pero desde el paraíso viene un viento de tormenta que le ha enganchado por las alas con tanta fuerza que ya no puede volver a cerrarlas. Esta tormenta le empuja de manera imparable hacia el futuro, al que da la espalda, mientras ante sí el montón de escombros sube al cielo”. Europa, el continente de la ilustración y la revolución francesa, ha sido al mismo tiempo donde los sueños de la razón se han hecho monstruos: los fascismos y las dos guerras más mortíferas de la humanidad. Y el ángel mira atrás, porque sólo el Mesías puede volver a la vida los escombros, pero Benjamin sabe que el Mesías no existe. Y el miedo, alimentado por ciertos medios de comunicación, y la pérdida de referentes culturales son, desde mediados del siglo XX, los nuevos mecanismos de control social para impedir que «el Ángel de la Historia» se vuelva. La guerra, las interminables guerras, están, pues, en el origen de la expansión del ‘Homo sapiens’ y, si no ponemos remedio, serán también la causa de su final.
EL PUNT-AVUI










