El ‘buenismo’ mata

Esto que muchos llaman ‘buenismo’ por falta de una palabra más precisa se explica mejor como un efecto del relativismo que se ha apoderado de la cultura occidental y de forma muy profunda de la Cataluña contemporánea. Existe una concepción sesgada del universalismo consistente en suspender los juicios de valor y proclamar la igualdad de todas las culturas. Está claro que esta igualdad, que algunos quieren hacer pasar por «justicia cultural», abarca los aspectos irracionales de cada cultura. Sin olvidar el exclusivismo y la intolerancia que unas practican contra otras, porque todas ellas son exclusivas en algún grado, y lo son necesariamente o no serían la expresión colectiva de grupo alguno. Pues una cultura que lo incluyera todo y lo tolerara todo se desharía en poco tiempo.

Sin embargo, aceptando que cultura y exclusión son correlativas, puede distinguirse entre una cultura capaz de generar un punto de vista exterior, un observatorio crítico con implicaciones normativas, y una cultura absorta en sí misma e incapaz de cuestionarse. La figura ejemplar de esa aptitud para descentrar el punto de vista cultural es Copérnico, el creador del heliocentrismo. Las consecuencias de darle la vuelta al sistema solar fueron inmensas, y afectaron mucho más que a la astronomía. Pero Copérnico no fue el único ni el primero en cuestionar los fundamentos de la cultura heredada. En la Cataluña medieval está la figura del franciscano mallorquín Anselm Turmeda, convertido al islam por exceso interpretativo o heterodoxo del Evangelio, que le llevó a dudar de la superioridad de la fe cristiana. Está claro que, inclinando la balanza a favor de la conversión de Turmeda, existía la pujanza política y económica del islam durante la segunda mitad del siglo XIV y la idea de una espiritualidad subsiguiente a la resurrección de Cristo en la enigmática mención del Paraclito en los textos de san Juan. Transitando, pues, de una referencia evangélica a otro sistema religioso, Turmeda aceptó la idea musulmana del Corán como revelación perfeccionada y definitiva de las contenidas en la Torá y el Evangelio. Excediéndose, o sobresaliendo, si se quiere ver así, en la capacidad de escrutar críticamente la cultura propia, Turmeda abrazó una variante alternativa del exclusivismo. Transformado en Abd-Allah at-Tarjuman y elevado al cargo de visir de Túnez, empleó su conocimiento de la doctrina cristiana para escribir un libro de polémica religiosa titulado «Tuhfat al-Arib fi al-Radd ‘ala ahl al-Salib» (‘Regalo a los inteligentes para refutar los argumentos de los cristianos’). Fue un ‘botifler’ (traidor) de la fe ‘avant la lettre’.

La tradición europea ha sido atípica proponiéndose reiteradamente como objeto de crítica y mirándose con ojos extraños, en el sentido de externos o alienados y a la vez de sorprendidos o admirados. Pues históricamente es muy raro que una cultura tome distancia intelectual y moral de sí misma y se estudie con actitud antropológica. Es radicalmente falso que la antropología se haya dedicado exclusivamente a estudiar exóticas tribus. Desde las primeras descripciones de las culturas indígenas americanas, en Europa proliferaron escritos de supuestos extranjeros que miraban a los europeos con visión crítica. Algunas descripciones no sólo relativizaban las costumbres e ironizaban sobre los prejuicios, sino que señalaban la caducidad de la civilización europea, entonces considerada la civilización por antonomasia. Mucho antes de Oswald Spengler, Giambattista Vico teorizó sobre la extinción de las civilizaciones con la irrupción de pueblos bárbaros y un cambio de ciclo. Durante la Ilustración se puso de moda prever la decadencia europea, por ejemplo en las reflexiones melancólicas del conde de Volney en ‘Las ruinas de Palmira’ o las de Horace Walpole sobre el viajero peruano que en un futuro visitara Londres y contemplara las ruinas de la catedral de San Paul, o bien con el tópico, del tópico popularizado por el historiador Thomas Babington Macaulay, del neozelandés que en siglos por venir encontraría las capitales de Europa en un estado de regresión causada no por hordas bárbaras sino por un mal incubado en el seno de la propia civilización.

Esta moda de pesimismo profético proliferó paralelamente al interés de los europeos por otras culturas, en muchos casos con voluntad epistemológica y desplegando un gran esfuerzo por excavar, descifrar y conservar los monumentos y textos de culturas ajenas. Un esfuerzo inédito en cualquier otra civilización, que el crítico literario palestino-americano Edward Said tildó injustamente de herramienta de opresión colonial. Basta con recordar las ‘Cartas persas’ de Montesquieu y las diversas imitaciones –en España, concretamente, las ‘Cartas marruecas’ de José Cadalso– para hacerse cargo de que, mientras Europa consolidaba su identidad moderna con la Ilustración, ponía en su alma la pasión autocrítica que ha sido la fuerza de su dinamismo, pero al mismo tiempo una debilidad potencialmente fatal.

La actitud de considerar las otras culturas sin prejuicios y ni siquiera juicios, limitando el alcance normativo de las propias tradiciones, está en la base del multiculturalismo, doctrina que sólo ha hecho mella en Occidente en un ejercicio de autocrítica intensificada por la conciencia universal que Europa impulsó con el humanismo y que después le ha sido imputada como pecado original de su cultura. El cosmopolitismo promovido en la filosofía de Kant habría terminado paradójicamente en un guirigay multicultural. Pero está claro que poner todas las culturas en un mismo plano sin asignar juicios de valor es un juicio de valor y no observación empírica alguna, pues en el momento que intentamos poner esta teoría en la práctica saltan a la vista las incompatibilidades, a veces con violencia. Y no por accidente o descuido sino porque el buenismo es una forma de negacionismo, concretamente de que los valores que adoptamos no siempre armonizan entre ellos y la vida nos aboca a la necesidad de priorizarlos de acuerdo con la convicción, el entendimiento y las circunstancias de cada uno.

El fanatismo del nazismo y del comunismo han enseñado a los europeos a desconfiar de sus propias raíces culturales y a menudo a intentar arrancarlas de la conciencia contemporánea. En Cataluña esto se traduce en estigmatizar la cultura propia como “burguesa”, o alternativamente “pagesa” (‘aldeana’), presentando como provincianos, carcas y retrógrados, y a la vez también racistas, los elementos que históricamente han hecho el país y han sido la levadura de la cultura positiva que se haya podido hacer, de la que todavía vive o malvive el enfermo. El miedo a ser asimilados por los fanatismos surgidos de la autocrítica ilustrada –pues nazismo y comunismo fueron hijos bastardos de la ilustración y del romanticismo– no debería llevar a la contradicción de franquiciar el fanatismo de otros para evitar dar calor al propio.

Sustraerse completamente a los juicios de valor es imposible y pretender lo contrario es irresponsable. El universalismo, en el sentido moral que le dio Kant, implica extender el imperativo categórico a todo el mundo, pues si debemos actuar de tal modo que nuestra acción sea universal, significa que todo el mundo está obligado a validarla. Está claro que esto está en la esfera de la moral absoluta y no en la esfera de los hechos históricos; pero sirve como estrella polar y guía para navegantes. En términos de política concreta, debería inspirar la voluntad de defender la cultura europea, y por lo mismo la catalana, en toda su extensión temporal ante el fanatismo que le presiona de fuera y la indiferencia que le desarma de dentro. Pues el fanatismo es más fuerte que la indiferencia y parece más sólido que el universalismo relativo (si me aceptan la paradoja, a fin de distinguir el universalismo del absolutismo) por desconocer la autocrítica.

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