La herida del genocidio armenio cometido por el imperio otomano a principios del siglo XX separa a los dos estados
Las rápidas transformaciones en curso en el Cáucaso Sur y en Oriente Medio propician un acercamiento bilateral
Yerevan busca desprenderse de la dependencia de Rusia y Ankara quiere extender su influencia en la región
En el conflicto del Alto Karabaj y la expulsión de armenios, Azerbaiyán ha contado con el apoyo fáctico ruso
Desde las elevaciones del terreno que rodean el centro de la ciudad de Ereván, la capital de Armenia, se divisa inmutable el mítico monte Ararat. Montaña sagrada de los armenios, el Tratado de Kars firmado entre turcos y soviéticos en 1921 hizo que quedara dentro de los límites de la República de Turquía. A su pie está el municipio de provincias de Igdir, junto a la frontera hoy turco-armenia, delimitada por el río Aras. Tiene el dudoso honor de ser el lugar donde, desde 1999, se ha instalado un desmedido monumento de 50 metros de altura con forma de tres sables, erigido en homenaje al “genocidio cometido por los armenios contra los turcos” durante la Primera Guerra Mundial. Su existencia es uno de los ejemplos más sórdidos del revisionismo histórico promovido durante décadas por las autoridades turcas en relación con el exterminio de 1,5 millones de armenios a manos de un imperio otomano en su ocaso, iniciado en 1915.
A menos de 10 kilómetros de Igdir, la frontera que marca el río Aras lleva décadas cerrada. Armenia y Turquía rompieron relaciones diplomáticas en 1993, a raíz del apoyo turco a Azerbaiyán durante la primera guerra del Alto Karabaj, y por la ocupación de fuerzas armenias de la región azerí de Kalbajar, a principios de aquel año. Sin embargo, la herida que separa ambos países tiene raíces más profundas, y se remonta a los trágicos acontecimientos de hace cien años.
De vez en cuando, la historia da giros inesperados. En un mundo más inestable a cada año que pasa, donde los conflictos bélicos se multiplican, las autoridades turcas y armenias avanzan ahora hacia un proceso de normalización de sus relaciones bilaterales, iniciado en 2021. A diferencia del intento fallido puesto en marcha en 2009 con la firma de los Protocolos de Zúrich han abonado el terreno para un proceso que, en caso de tener éxito, podría poner punto final a uno de los litigios diplomáticos más antiguos y enquistados del planeta.
El acercamiento que protagonizan Ankara y Ereván está motivado por una necesidad compartida. Armenia necesita liberarse de una tutela rusa que se ha demostrado nefasta para su interés nacional. Desde los años noventa, sus relaciones hostiles con Azerbaiyán y Turquía hicieron que el país se convirtiera en casi un protectorado de Rusia como garantía para su seguridad. A pesar de mantener un acuerdo de defensa mutua, y ser miembro de la Unión Económica Eurasiática y de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva impulsadas por Moscú, durante la segunda guerra del Alto Karabaj de 2020, y especialmente con la ofensiva relámpago que permitió a Bakú conquistar la totalidad de este territorio y expulsar a su población local armenia en septiembre de 2023, Moscú no sólo miró hacia otro lado, sino que dio soporte fáctico a los intereses de Azerbaiyán.
Conjunción de necesidades
Desde 2021 las fuerzas armadas azeríes han llevado a cabo frecuentes ofensivas limitadas contra el territorio armenio, pero la posición rusa ha sido de no intervención, a fin de no erosionar unos lazos con Bakú que Moscú considera estratégicos. La apuesta armenia de someterse al patronaje geopolítico ruso como pilar de su independencia se ha desmontado como un castillo de naipes. Sus fronteras están amenazadas, y su soberanía, condicionada por su dependencia hacia Rusia, en ámbitos como el energético, las exportaciones de minerales, los ferrocarriles o el suministro de armamento. Con 3.000 militares rusos presentes en la base de las fuerzas armadas rusas ubicada en la ciudad armenia de Gyumri, y guardias del FSB ruso hasta hace poco vigilando sus fronteras con Turquía e Irán.
Mediante un giro geopolítico histórico impulsado por el primer ministro Pashinian, Armenia busca ahora superar esa dependencia, una estrategia que implica maximizar sus vínculos con otros países. En primer lugar, en materia de defensa y suministro de armamento, con países como Francia, India o la vecina Irán. También, acercándose a la UE, en la que su integración fue fijada por el Parlamento armenio en marzo como objetivo en política exterior. Y en EE.UU., con quien Armenia firmó un acuerdo de asociación en enero para la intensificación de relaciones.
Con un Azerbaiyán cada vez más agresivo y que ha entendido que el recurso a la fuerza le puede permitir avanzar en sus objetivos políticos, las actuales autoridades armenias han asumido que el mantenimiento de su independencia pasa, por encima de todo, por normalizar las relaciones con los vecinos, una vez el litigio histórico por el Alto Karabaj ha quedado definitivamente resuelto en favor de Bakú. Dada la amenaza existencial que para Armenia representan las ambiciones expansionistas azeríes hacia la región armenia de Syunik, en el sur del país, y pese al estado avanzado de las negociaciones para delimitar las fronteras entre ambos países y normalizar las relaciones, Ereván ve en el acercamiento a Turquía un factor que puede tener un efecto positivo en su litigio con Azerbaiyán, dada la gran influencia turca sobre éste.
Por último, Yerevan aspira también a superar su aislamiento regional. Con las fronteras cerradas con Turquía por el oeste y con Azerbaiyán al este, desde principios de los noventa su acceso al exterior por vía terrestre se ha visto limitado a su frontera con Georgia en el norte, de unos 200 km, y la que comparte con Irán en el sur, de 44 km. Esta condición ha lastrado su desarrollo económico e industrial, y la reapertura de fronteras podría permitir a los productos armenios acceder a los mercados turco y de la UE con mayor facilidad, y participar de proyectos de integración en infraestructuras.
La normalización de las relaciones con Armenia también responde al interés de Turquía. Erdogan aspira a extender la influencia turca en el Cáucaso Sur, donde ya tiene unas excelentes relaciones con Georgia y especialmente con Azerbaiyán. Junto con Asia Central, se trata de la otra región del espacio postsoviético —considerado por Rusia como su “extranjero cercano”— donde Turquía busca incrementar presencia, aprovechando el debilitamiento de Rusia y la disminución de su capacidad de proyectar su poder a raíz del gran desgaste geopolítico que le ha generado la agresión militar a gran escala contra Ucrania iniciada en 2022.
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Armenia y la reapertura de fronteras puede permitir abrir nuevas vías para la conectividad regional, en las que Turquía también está interesada. La principal, la que podría pasar por la región del sur de Armenia de Syunik, uniendo Turquía y el territorio azerí de Nakhchivan, con la parte principal de Azerbaiyán. Mediante una visión compartida con la UE, Ankara ve al Cáucaso Sur como una puerta de acceso a Asia Central ya la región del Caspio, y potencialmente a China, a través del proyecto del ‘Middle Corridor’, una ruta logística y comercial que evita cruzar territorio ruso e iraní. La consolidación de esta ruta incrementaría el valor geoestratégico de Turquía como centro neurálgico de la placa eurasiática.
La estrategia diplomática aplicada es paulatina. Desde finales de 2021, Turquía y Armenia han mantenido un canal formal de comunicación a través de enviados especiales, encargados de explorar vías para la normalización, y se han producido diversas reuniones bilaterales, especialmente en Viena. En 2022, se restablecieron los vuelos directos entre Estambul y Yerevan, y en febrero de 2023, algunos puntos fronterizos cerrados desde hacía más de tres décadas fueron abiertos para permitir primero que ayuda humanitaria enviada desde Armenia pudiera llegar a los territorios turcos afectados por el terremoto que segó la vida de 55.000 personas. En marzo de este año, el punto fronterizo de Margara-Alican fue abierto durante diez días, para que ayuda humanitaria armenia pudiera llegar hasta Siria cruzando territorio turco.
Se espera que la profundización gradual de la cooperación técnica permita progresar a nivel diplomático, y una reapertura parcial de fronteras. Aún así, los avances no son sencillos. En julio de 2022 se acordó la reapertura de algunos puntos fronterizos terrestres para ciudadanos de terceros países, una medida que todavía no se ha aplicado, ya que Turquía la supedita al avance de las negociaciones que Armenia mantiene con Azerbaiyán.
El 13 de marzo de este año la televisión pública armenia retransmitió un evento sin precedentes: la entrevista que el primer ministro Pashinyan dio a un grupo de periodistas de medios turcos. En el marco de ésta, afianzó la idea de que, a diferencia de lo ocurrido hasta entonces, el reconocimiento del genocidio armenio por parte de Turquía ya no es una condición para la normalización de las relaciones. Esta difícil renuncia le ha traído consigo numerosas críticas internas, especialmente de organizaciones de la diáspora. Sin embargo, son cada vez más los armenios que defienden que, para poder garantizar su supervivencia en el mundo del presente, hay que dejar atrás el pasado.
A un centenar de kilómetros al norte de Igdir están los escombros de Ani. Capital esplendorosa del reino medieval armenio de los Bagratuni, hoy tan sólo perviven de pie los restos de algunos de sus antiguos templos y parte de sus muros antaño imponentes. Durante décadas han sido descuidadas por las autoridades turcas, pero hace unos años se han iniciado algunas intervenciones de mantenimiento para evitar que el deterioro vaya a más. Tan sólo las aguas del río Akhuryan separan este lugar ancestral del territorio de la actual República de Armenia, bien visible en la otra orilla. El puente de piedra que hace siglos lo atravesaba también está en escombros. Armenia y Turquía han acordado reconstruirlo como parte del restablecimiento de las relaciones, pero la realización de este proyecto parece estar lejos, tan lejos como la propia reconciliación definitiva entre ambos países. Ahora, sin embargo, hay un camino trazado por el que poder avanzar.
Unos datos:
– 1,5 millones de armenios fueron víctimas del genocidio perpetrado por el imperio otomano a partir de 1915.
– Armenia durante 69 años formó parte de la URSS, desde 1922 hasta 1991, año en el que declaró su independencia.
EL PUNT-AVUI










